Por Santiago Martínez Cartier

“¡La almohada me estaba bombeando!” – Raúl.

Vale la pena ver Adormecidos.

Raúl tiene insomnio; hace varios días que no duerme y está cada vez peor. Ya probó todas las almohadas posibles y ninguna funcionó. En un último intento, compra una por internet a un tipo medio psicótico. Una almohada que, según el vendedor, fue fabricada por la NASA. Raúl empieza a poder dormir, pero las pesadillas que lo esperan del otro lado resultan peores que el insomnio. Y no sólo eso, sino que cuando Raúl no está presente, pareciera como si a la almohada le gustara mirar televisión…

La película toma la estructura de El club de la pelea y El maquinista(películas a las que hace referencia explícita y no tanto), sumando una pizca de El gabinete del Dr. Caligari, para hacer un mash-up ultra cinéfilo, filmado con autoconsciencia de su propio amateurismo, disfrutando y a la vez burlándose de él. Adormecidos es un paseo por todas las obsesiones de celuloide del director, a las que no puede dejar de rendir culto en ningún momento. Se percibe como una obligación tácita.

La fuerza que pierde la película a nivel técnico la recupera en el hambre de cine que subyace. El registro actoral es amateur, la edición de sonido es defectuosa y las decisiones estéticas son cuestionables, pero de todas formas la película funciona. Es pura esencia, y esa pureza ya extraña tras años de cine industrial, resulta invaluable.

Al no tomarse demasiado en serio a sí misma, se termina volviendo una comedia. Así, veremos enloquecer gradualmente a Raúl, víctima de su almohada de la NASA. Ensu momento de máxima perversión psicótica, Raúl disfruta mirando Irreversible y La naranja mecánica. ¿Cuánto más sádico se puede ser? Luciendo las ojeras de Césare, Raúl recorrerá los mismos caminos narrativos que Tyler Durden, para terminar en la cámara de torturas de Leatherface y ser víctima del Dr. Frankenstein y los científicos americanos de Jacob’s Ladder. Y así el director nos grita: ¡Viva el cine, carajo!



A media película, citando a Planet Terror, la película tiene un intervalo psicodélico, fuera de la diégesis narrativa, en el cual las caras de Juan Domingo Perón y Peter Cushing se superponen, en el que la imagen de las tetas crecientes de Zulma Lobato cruzan por sobre una foto del Robert De Niro de Taxi Driver, para terminar con un fotograma fugaz, casi subliminal, de Lilita Carrió en primer plano. Un gag impecable y, de paso, una lección rápida sobre la globalización y la subcultura que heredamos de los yanquis.  
Adormecidos es un homenaje al cine que nos gusta, o por lo menos a una generación. Ese que nos voló el bocho de jóvenes y nunca nos recuperamos del todo, por eso somos cinéfilos. Es imposible no disfrutar al verla, y reírnos con ella mientras nos recordamos a nosotros mismos.
Adormecidos(Argentina, 2012), de Martín Meltikovec, c/ Christian Mendez, Alfredo Solari, Juan Manuel Barreiro, Carolina Porcel, Marcelo Mayer, Facundo Baygorria, Martin Dominguez Cicchetti y Andres Rousseaux, ’98.

Para Elisa es, básicamente, una remake española de Misery, a la que le suma esa necrofilia típicamente española. La película cuenta la historia de una joven que no tiene plata para irse de viaje de egresados con sus compañeros de la facultad, entonces toma el primer trabajo que encuentra, que es de niñera. Cuando llega a la casa donde debe trabajar, resulta que la niña no es una niña sino una mujer adulta psicótica y sumamente perturbada, y su madre, la señora que la contrata, tampoco está del todo bien de la cabeza. Entonces, como es de esperar, nuestra joven amiga es retenida en contra de su voluntad (hasta la atan a la cama y le parten las rodillas con un martillo; guiño, guiño), mientras su novio, que también es el dealer del barrio, la busca desesperadamente. Técnicamente la película es impecable. Está filmada con esa ambición, también típicamente española, de parecerse lo más posible al cine industrial estadounidense contemporáneo. Desde el título la película busca plantear una conceptualización (en base a Beethoven, claro) que termina molestando por falta de cohesión integradora. Narrativamente pierde efectividad con el correr de los minutos, y ese sentido de la estética que al principio era notorio pasa a resultar trillado y aburrido. El final resulta inesperado, lo que al principio sorprende, pero una vez racionalizado aburre por facilista. Sólo queda la sensación de que a la película le faltó alma.
Para Elisa(España, 2013), de Juanra Fernández, c/ Ana Turpin, Ona Casamiquela, Luisa Gavasa, Jesus Caba, Sheila Ponce, Pep Anton Munoz, Enrique Villen, ’74.