Por Nuria Silva

Cuando uno asiste al BARS, el primer impacto que recibe es el del espíritu festivo que desborda cada espacio. Lo que se ve en el hall de entrada y adentro de cada sala son grupos de amigos que celebran, ríen, comentan las películas vistas (de producción súper independiente) sin el ánimo crítico analítico que abunda en otro tipo de festivales de cine. Podría decirse que las películas son la excusa para juntarse y, simplemente, divertirse. Sin embargo, siempre hay espacio para la proyección de grandes clásicos del género que distan bastante de la esencia trash, bizarra y barata de la mayor parte de las películas que conforman la programación del festival, y que suelen carecer de una densidad dramática intensa que trascienda el espectáculo morboso.
En la actual edición del festival, y en el marco de la sección “Filmoteca presenta”, se proyectó la producción británica Peeping Tom, de Michael Powell, clásico que es más un drama psicológico profundo que una de terror pasatista. La expectativa, al menos de mi parte, era enorme. En parte por la película per se y en parte por el formato en que iba a ser proyectada (en fílmico y bajo la curaduría de Fernando Martín Peña). Por eso mismo debo reconocer que, y a título absolutamente personal, me sentí algo molesta cuando al llegar, agitada por haber corrido temiendo llegar tarde, me encontré con la sorpresa de que la función estaba retrasada. En principio, nos hablaron de unos treinta minutos que finalmente se convirtieron en sesenta. “Pero Peeping Tom vale la pena cualquier espera”, pensé resistiendo mi fastidio por el agotamiento acumulado tras un largo día de trabajo. Sin embargo, esa mínima molestia inicial se incrementó cuando arribamos a la presentación de la película. En un tono burlón de índole adolescente, sólo hicieron mención al título que la película recibió cuando la estrenaron en nuestro país (Tres rostros para el miedo) y a la derrota que había significado para la carrera del director. Pero de la película en sí, nada. De Powell como realizador, mucho menos. Mayor fue mi sorpresa cuando, iniciada la proyección, descubrí que a la copia le faltaban varios planos o fotogramas. ¿Cómo no se comentó nada al respecto? ¿Qué diferencia esencial existía entre la versión que estábamos viendo y la que circula en DVD? Nadie dijo nada. Para poder despejar mis dudas al respecto, me puse en contacto con Peña, quien me refirió que la copia proyectada fue la que se estrenó en nuestro país, que difiere claramente de la versión original.


Una película como Peeping Tom merecía mayor respeto por parte de los organizadores y presentadores en cada uno de los aspectos mencionados. No debería confundirse el espíritu juguetón del evento con la banalización de una obra maestra como la que nos convocaba. Banalización que terminó por desplazarse al público presente, que se reía frente a las escenas más acongojantes, como si la mayoría no pudiera desprenderse del ánimo jocoso para interpretar el trasfondo de un relato que reflexiona acerca de las consecuencias del abuso infantil, a la vez que discurre sobre el arte de hacer cine. 

“El asesinato, en casos comunes donde la simpatía está enteramente dirigida al caso de la persona asesinada, es un incidente de horror tosco y vulgar; y por esta razón, que arroja el interés exclusivamente sobre el natural pero innoble instinto por el cual nos aferramos a la vida; un instinto que, indispensable a la primera ley de auto-preservación, es el mismo en tipo (aunque diferente en grado), entre todas las criaturas vivientes; este instinto, por tanto, a causa de que aniquila todas las distinciones y degrada la grandeza de los hombres al nivel del ‘pobre escarabajo que pisamos’, exhibe la naturaleza humana en su más abyecta y humillante actitud. Tal actitud sería poco conveniente a los propósitos del poeta. ¿Qué debe hacer entonces? Debe dirigir el interés sobre el asesino. Nuestra simpatía debe estar con él (por supuesto, quiero decir una simpatía de comprensión, una simpatía por la cual penetramos dentro de sus sentimientos y los entendemos, no una simpatía de piedad o aprobación). En la persona asesinada, toda pelea del pensamiento, todo flujo y reflujo de la pasión y de intención, están sometidos por un pánico irresistible; el miedo al instante de la muerte lo aplasta con su mazo petrificado. Pero en el asesino, un asesino que un poeta admitiría, debe estar latente una gran tormenta de pasión -celos, ambición, venganza, odio- que creará un infierno en él; y dentro de este infierno nosotros miraremos.”El asesinato considerado como una de las bellas artes – Thomas De Quincey.

Si bien su título refiere a la práctica voyeurista (“peeping Tom”, en el slang inglés, podría ser traducido como “el mirón”), la película no presenta la subjetiva de un asesino psicópata, sino la de una víctima cuyo accionar deriva de los graves efectos de la crianza de un niño bajo la tutela de un padre sádico que lo utilizaba como conejillo de indias para experimentar las formas del miedo, filmándolo para registrar cada impacto. No hay que tener un ojo demasiado entrenado para percibir la inmensa complejidad de su estructura formal y narrativa -que además alude a la conducta del espectador de cine, ávido de violencia y perversión- mediante una puesta en abismo que se trasluce en las filmaciones realizadas por Mark (Karlheinz Bohm), luego visionadas por él mismo en la sala privada de su departamento, y en la revisión patológica de los registro fílmicos de su perverso tutor.

Si nuestra identificación primaria está depositada en la cámara misma -vale decir en la mirada directa de Mark-, extensión de nuestro órgano visual, la segunda no reposa tanto en el protagonista sino en la heroína -Vivian (Moira Shearer)- aparentemente espantada por el contenido, que no puede dejar de espiar con mórbida curiosidad las imágenes que ante ella se suscitan. Ningún aspecto del film podría jamás dar pie a una observación chabacana. La puesta en escena es deliciosamente trágica, los personajes se desarrollan de manera portentosa, y la trama despliega un retrato psicológico inclemente.

Peeping Tom no sólo ha sido de gran influencia para un realizador como Martin Scorsese, que mantuvo una estrecha amistad con Powell, sino que además ha sido fuente de inspiración para el músico y confeso cinéfilo Mike Patton (más conocido por ser el líder de Faith No More), que en el año 2000 formó una banda homónima cuyo estilo musical (que oscila entre lo experimental, el trip hopy el hip hop), produce un efecto tan inquietante, oscuro e hipnotizador como el espíritu mismo del film. Miren si no había cosas para decir sobre esta pieza fundamental en la historia del cine.