Por Nuria Silva

La estructura del rape and revenge, como la de cualquier género, es esencialmente la misma cada vez: una joven es violada de manera atroz por uno o más hombres que luego serán carne de cañón para saciar la sed de venganza de la víctima, devenida en despiadada victimaria. Este subgénero nació de la mano de Ingmar Bergman y su película El manantial de la doncella(¿qué sentiría el viejo, sus defensores y detractores si fueran conscientes de esto?), cuya remake La última casa a la izquierda, dirigida por Wes Craven, terminó por convertirse en la película de culto más representativa del género. Sin embargo, la relectura de Craven se concentró en los aspectos mundanos de la historia antes que en los sagrados y metafísicos de la original, aunque algunos detalles de puesta en escena vuelven la mirada al folclore medieval propuesto por Bergman: cuadros iconográficos que pueden verse en el living de la casa de la protagonista y el leit motiv musical Wait for the Rain / The Road Leads to Nowhere, interpretado por David Hess. Por esto mismo, y aunque muchos puedan creer que es una salvajada, resulta pertinente retomar aquella primera interpretación del cuerpo violado a propósito de Savaged, dirigida por Michael S. Ojeda, y proyectada en la 14° edición del BARS. En ésta el cuerpo vuelve a entrañar un alegato que trasciende la individualidad de la víctima para presentar uno de orden comunitario, político, social y sagrado.

Zoe (Amanda Adrienne) es una joven sordomuda que emprende un viaje por las desérticas rutas del sur estadounidense para ir al encuentro de su novio, con quién decidieron dar el gran paso de vivir juntos y casarse. Lo hace a bordo del viejo GTO de su padre (referencia a la década del 70, época de mayor auge del subgénero) que su hermana mayor le regala apenas iniciada la película, previo intranquilo discurso sobre la cantidad de locos que andan sueltos por ahí. Luego sigue una secuencia de imágenes turísticas del trayecto, y ella exhibiendo su hermosura mientras se saca fotos cual modelo publicitaria. El cuerpo de un animal mutilado en medio del desierto preanuncia la bestialidad por venir. Siguiendo camino a bordo de su auto, se cruza inesperadamente con un hombre originario y malherido que en medio de la ruta solicita su ayuda. En cámara lenta, y desde la mirada subjetiva de Zoe, vemos a un grupo de salvajes sureños que arrollan con su camioneta a otro miembro de la comunidad apache. En su afán por ayudar al joven herido, termina siendo secuestrada por los racistas cazadores, que se valen de ella para satisfacer sus placeres más elementales.

Respondiendo a uno de los trazos habituales de las rape and revenge, la protagonista de Savaged cumple con el physique du rôle frecuente de las heroínas de este tipo de películas: un cuerpo extremadamente delgado, factible de ser quebrado sin esfuerzo, que convierte a la violencia ejercida sobre ellas en un suceso brutal e inhumano. Pero Ojeda nos resguarda de los detalles escabrosos dejando la violación fuera de cuadro, sin caer en el regodeo truculento del acto. La profanación física se condensa en los primeros minutos de la película, para luego explayarse en una vendetta que satura la pantalla de sangre y carne lacerada, descubriendo tras la mencionada fragilidad corporal una fuerza espiritual inexorable. Pero la revancha no responde a una operación de carácter individualista, sino colectivo. Dada por muerta, Zoe es rescatada de su entierro por Grey Wolf (Joseph Runningfox), que por medio de un ritual la regresa del más allá, aunque no exactamente a la vida. En ese preciso instante la película comienza a combinarse con otras vertientes del terror: la de zombies y la de posesiones. Zoe vuelve al mundo como muerta viva y en compañía del espíritu del último Gran Jefe Apache, Mangas Colorads (sobrenombre real del histórico Gerónimo), que fuera asesinado por un antepasado de uno de los captores/violadores. Lo que se lleva a cabo es, entonces, un resarcimiento ancestral y racial. Las limitaciones físicas de la protagonista parecieran simbolizar las cortapisas de una comunidad históricamente sometida, perseguida y masacrada.
Es cierto que el elemento místico por momentos se vuelve irrisorio, y el gore exacerbado puede restarle seriedad al discurso antirracista -que para colmo cuenta con la presencia del novio afroamericano de la protagonista, Dane (Marc Anthony Samuel), subrayando aún más el asunto-, pero tratándose de una obra independiente y mínima, Savaged cumple con todo lo que debe en el contexto que se presenta: indignar, entretener y repugnar. Sin poder considerarla una obra maestra, tampoco es una película fallida, y es plausible de ser eximida de cualquier error, porque al menos evidencia una intención argumental reflexiva y una búsqueda formal poco habituales en este tipo de cine.


Savaged (Estado Unidos, 2013), de Michael S. Ojeda, c/Amanda Adrienne, Tom Ardavany, Ronnie Gene Blevins, Brionne Davis, Marc Anthony Samuel, Joseph Runningfox, 95’.