18º Bafici #8: Hedi, de Mohamed Ben Attia, por Gabriel Orqueda

Nhebbek-HediEl encierro, la corbata que aprieta, la mano sobre la espalda que cae con todo el peso maternal de la tradición y la historia, la sofocación del espacio reducido. Del otro lado, la libertad y el futuro, que es mujer pero que también es la nada, es el abismo, el no lugar (no por nada la película termina en un aeropuerto, espacio de partidas y llegadas, pero nunca espacio de pertenencia).

Las tres mujeres que hay en Hedi, del tunecino Mohamed Ben Attia, representan el pasado, el presente y el futuro del protagonista, que lleva el mismo nombre de la película. En esa madre cordial, dispuesta a cumplir con todas las relaciones protocolares que supone una boda, se asientan las pesadas y polvorientas obligaciones de elegirle esposa a su hijo, ahora que su marido ya no está, de sostener y seguir reproduciendo, sin reproches ni autocríticas, de manera casi inconsciente, las convenciones sociales del pasado. En la prometida de Hedi, con quien éste se encuentra a escondidas y por la noche en su auto, siempre cerrado, siempre inmóvil, se cifra una obediencia velada como su cuerpo pero declamada en la certeza con la que acepta su lugar en la historia. La libertad, en cambio, está asociada al baile y al mar, a esa bailarina que Hedi se cruza en un hotel casi vacío y con la que inicia un romance tan intenso como irreal.

Madre y prometida, entonces, son representaciones contundentes de un pasado que sigue determinando los lazos sociales del presente (el de ellas mismas y del protagonista, pero también el del propio país), y la bailarina amante es todo el mundo de posibilidades desplegado ante sus ojos, pero signado por una errancia permanente tan difícil de sortear como las viejas tradiciones. En todo caso, esas tres mujeres son formas de la soledad y la tragedia con las que Hedi no compone, no puede amar a ninguna de ellas aunque por momentos crea que sí.

Los abrazos y lágrimas que hay a lo largo de la película tienen todos una significación distinta. El hermano mayor de Hedi, que se fue hace tiempo a París, y que no va a volver porque, según confiesa, ama a su esposa, abraza a su hermano luego de que éste les deje en claro que no se va a casar, que no quiere nada de todo lo que ellos (madre y hermano mayor) quieren para él. Ese gesto se carga de un doble sentido, porque nunca queda claro si el abrazo obedece al reconocimiento del valor para rechazar lo que parece estar decidido, aun cuando sea algo provisorio, como se verá después, o si se trata de un lamento que trasciende el lazo fraternal.

Las lágrimas de Hedi en el aeropuerto, esa mirada final, desencantada, ese abrazo final con su amante pasajera, no son por la partida de ella, por la pérdida de lo que pudo haber sido, son por la impotencia de sentir al alcance un tipo de felicidad posible y tener la certeza de que eso tampoco basta.

Esa transparencia que la película dispone a partir de los abrazos y las lágrimas, esa representación lisa y llana de los estereotipos, dejan fuera de campo justamente aquello que de tan gigante y concreto se vuelve inabarcable, innombrable, abstracto al tiempo que funciona como un polo de atracción infranqueable. Es la tierra la que retiene a Hedi, la necesidad de pertenencia, la comprensión, terrible y dolorosa, de que más allá no hay nada para él y que lo que acá le queda es esa sensación de asfixia y condena, intransferible por medio de la palabra, de una sociedad que se va descomponiendo, tanto en lo afectivo como en lo económico (cada vez hay menos autos, cada vez hay menos turismo).

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En la película de Mohamed Ben Attia sus personajes tratan de unir al interior lo que por fuera se deshace lentamente. El director construye su melodrama sobre la decadencia de un sistema social y económico que parece no tener salida. El límite para Hedi es el mar, una fiesta cerca de sus orillas, la oleada repentina de aire, tan fresca como efímera. Luego hay que volver, la tierra reclama, atrae como un imán. En ese sentido, Hedi establece relación con Los amantes, de James Gray, película donde Joaquin Phoenix comprendía, también con lágrimas y resignación, que su relación con Gwyneth Paltrow no iba más allá de un paseo por la ciudad o una conversación donde quedaba claro la pertenencia social de cada uno, y que su futuro, luego de arrojar el anillo de bodas al mar para después buscarlo desesperadamente hasta recogerlo de la arena, estaba signado por el mandato religioso y la presión social de la comunidad a la que pertenecía, que lo unían a Vinessa Shaw.

En este caso no hay mujer a la que aferrarse, el sino trágico del melodrama africano de Attia, lleno de viento y velos que se agitan, de aromas y brillos nocturnos, de luces fugaces y tenues fulgores, se esconde en la superficie ruinosa y decadente,  apenas perceptible, de los escenarios recorridos por esos seres desesperados, impotentes, presas conscientes de su destino.

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