Ultimas conversasMientras el nuevo régimen de la alegría cerca la plaza de mayo y sus alrededores para que la “fiesta” de unos pocos no se salpique de verdades, en una pintoresca zona del conurbano sucede otro hecho histórico, infinitamente más amable: un nuevo festival internacional de cine llevado a cabo en una sala amplia, reciclada y con una calidad técnica impecable. EPA cine (El Palomar Cine Año 1) sale al ruedo y se encuentra con una importante cantidad de público que crece a medida que la tarde avanza y concluye a sala casi llena por la noche.

Que en una primera jornada puedan verse el primer largo de Jean Rouch y el último de Eduardo Coutinho pone a circular ese hilo visible (ni rojo ni oculto) en el que las películas dialogan y trazan mapas con asociaciones abiertas. Entre esa primera proyección y la última, que ofició de apertura oficial, dos experiencias que maceran diversidad y gusto por el riesgo: la enorme La maestra de jardín (Haganenet, 2014) de Nadav Lapid, y un foco de cine experimental, primera proyección de películas de este tipo en esta sala.

Si en Moi, un noir y en Últimas conversas se ponen en abismo estados del mundo urgentes y se ofrece la palabra a sus protagonistas con herramientas formales distintas (la voz desdoblada y una trama ficcional con sentido político en la de Rouch, la conversación directa mediada por la cámara y el montaje, sumada a su presencia determinante desde el fuera de campo en la de Coutinho), ambas películas también comparten un humanismo lúcido, nunca condescendiente, y de alguna manera traslucen un optimismo soterrado, Moi,_un_noir_(film_poster)una cierta amabilidad aún en la denuncia de un estado de injusticia que sabemos vigente aunque la película de Rouch sea de 1958, o en la rispidez desencantada de las preguntas que Coutinho lanza a sus entrevistados, adolescentes que desmienten o polemizan sin saberlo con las afirmaciones del cineasta que podemos ver al inicio de Últimas conversas.

Si de películas que abren interrogantes y desafían la percepción se trata, la del israelí Lapid es un prodigio que hace del desencanto un valor furiosamente estético, mientras construye una trama porosa, plagada de intersticios en los que caen como gajos los velos del patrioterismo, la violencia y el sentimiento de una nación contradictoria y beligerante (como tantas otras). Que dentro de ese panorama un niño de 5 años enuncie poesías que abren abismos insondables -frente a la perplejidad o indiferencia de quienes lo rodean- no conlleva ningún signo de esperanza y Lapid no lo utiliza como metáfora de nada aunque su película se deje impregnar de simbolismos y construya una sinuosa pirámide de soledades, paradojas y palabras alucinadas. Apelando a evidenciar siempre un punto de vista y la posición de la cámara como instrumento mediador entre la ficción y el ojo que ahora es el nuestro, La maestra de jardín se afirma como una película que juega en el terreno inestable de la autoconsciencia. Elegante y elusiva, instigación a cuestionarse el sentido del arte en un mundo de mierda, la película traza un meridiano ético y político que parece definir a este EPA Cine en su primera edición.

31KINDER-master1050Imágenes/Postales Ojo: los cuerpos negros ajados por camisas desgarradas, fragmentos de telas que ni cubren ni protegen (Moi, un noir); la furiosa apropiación de un cantito barrabrava (fascismo sionista de tablón) por parte del niño poeta y su amiguito quilombero o la mirada desolada de Nira al llegar tarde a uno de los repentinos estallidos del lenguaje en boca de Yoav (La maestra de jardín); la voz de Coutinho que se evapora para siempre en la habitación de la puerta azul y en el fundido a negro más triste de la noche (Últimas conversas); las partículas de luz y los ojos inquietantes de un búho en Movimientos surgidos de distintas relaciones y Maleza, dos de las experiencias sensitivas del foco experimental; la gente quedando atrapada detrás de una valla en la plaza; una murga que sale a la calle y convoca a todo el barrio hasta la puerta del cine Helios.