Perdimos.

La certeza, que antes era una sensación a la que uno no quería resignarse y que ahora es un hecho concreto, comprobable, es esa. Hace rato que perdimos. Mejor dicho, siempre perdimos. Y si quedaban dudas, João Moreira Salles se encargó de despejarlas definitivamente hace cuatro años con ese manifiesto derrotista e inconmensurablemente bello que es No intenso agora (2017). Desde el primer plano hasta el último, desde esa mirada lateral que descubre la relación de clases y la consecuente dominación de una sobre la otra en una escena familiar, filmada de manera amateur en el Brasil de fines de los sesenta, hasta el corto primigenio de los hermanos Lumière con los obreros saliendo de la fábrica -de su fábrica-, el tono de amargura y desesperanza que recorre a la película es desolador. Pero lo más terrible, lo que confirma la derrota, es el carácter invariable que el director le adjudica a esa relación de clases. Puede que cada tanto aparezca por ahí un Cohn-Bendit para decir lo que nadie quiere decir; puede que de vez en cuando haya por ahí un estudiante que se crea un atleta olímpico y se disponga a lanzar piedras contra la policía, pero para cada uno de esos arrebatos habrá siempre un sistema preparado para ofrecer un camino más cómodo, falsamente auspicioso. La intensidad, tarde o temprano, encontrará un molde que la contenga. La eternidad tendrá su límite, y el cine, al menos hasta hoy, ha estado siempre ahí para registrar esa tragedia.

Es probable que Moreira Salles tenga razón y que la verdad de su película sea irrefutable. Sin embargo, a mí me gusta pensar la vida y la relación con las cosas de otra manera. Será mi ingenuidad, mi romanticismo suburbano o como quiera que se llame eso que tiene que ver con la fe, con la ilusión, pero ante la aparente invariabilidad del sistema y sus relaciones de fuerzas, la bandera que yo elijo levantar es la misma que levanta el personaje de Federico Luppi en Un lugar en el mundo: “Yo no digo eso de que se perdió una batalla pero no la guerra. Lo que yo digo es que si la guerra está perdida, por lo menos me quiero dar el lujo de ganar una batalla”. Y ganar una batalla, esta vez (y cuándo no), tiene que ver con moverse, con volver, con ir hacia las películas. Una suerte de elevación aun cuando no haya promesas de trascendencia. Una épica pequeña pequeña. Por eso, y más allá de que el propio festival lo permitía, me propuse no ver una sola película online del Bafici e ir a cuanta sede pudiera, que al fin y al cabo, y como dice su director en un reportaje que le hicieron por ahí, nadie se hizo cinéfilo por ver películas online. Y porque ver películas online es algo que se puede hacer en cualquier momento, en cualquier lugar; es algo que excede a la experiencia de un festival y es algo que debiera exceder a la propia realización de las películas. Pero el camino parece inevitable y la virtualidad, más allá de pestes y pandemias, ha llegado para quedarse.

Por eso me pareció que esta vez, y como no sentía desde hace mucho, el Bafici representaba un lugar de resistencia verdadero; que no era un slogan ni una banalización pensarlo así. Está claro que el festival ya no es lo que supo ser, que el encanto se ha ido perdiendo con los años, y acá habría que preguntarse si fuimos nosotros, espectadores y críticos, los que cambiamos, si fueron ellos, los que lo organizan, o si fueron los que hacen que el festival tenga su razón de ser, es decir, los directores y directoras que participan con sus películas. Acá es cuando yo me pregunto si perdimos o si en realidad nos dejamos ganar, porque más allá de la languidez general y el aire a cosa improvisada en más de una función, de la endogamia ya instalada y al parecer irreversible (directores hablando de programadores como sus amigos, sitios de crítica participando en la edición del libro publicado por el festival. Conozco a José Luis De Lorenzo, responsable de A sala llena, y me constan su generosidad como persona, su pasión y su interés por el cine, pero no puedo dejar de preguntarme cómo harán si alguna vez les toca comentar algún aspecto negativo del festival, así como tampoco puedo dejar de preguntarme cómo hará el equipo de programación, al que ya me he referido dando cuenta de lo que saben en una nota anterior, cuando tenga que rechazar una película hecha por alguno esos amigos a los que convocan una y otra vez. A Prividera y a Fontán es fácil decirles que no, pero andá a hacer lo mismo con Llinás o Filipelli), lo preocupante es haberme encontrado con películas cerradas y encerradas, chiquitas, ocupando un lugar central en la programación y generando un debate mayor que lo que ellas mismas proponen desde su estructura formal. Lo preocupante es comprobar que Godard tenía razón cuando hace no sé cuánto dijo eso de que antes eran las personas las que iban hacia las películas porque las películas eran más grandes que ellas, pero que, de un tiempo hasta esta parte, son las películas las que vienen a nosotros. Son las películas las que se volvieron chiquitas. No en sus pretensiones, sino en sus formatos. Por más que se las infle, por más que se les dé la pantalla y la sala más grande (Gaumont), No va más y Concierto para la batalla de El Tala son dos películas que vienen a reconfirmar la derrota señalada por Moreira Salles. No por lo que se dice en ellas, que también tiene que ver con derrotas, con vencedores y vencidos, sino por el tipo de cine que validan. La de Filipelli –nunca mejor puesto el título de “película de clausura”-, tiene al director como único protagonista interpretando a una suerte de Don Porfirio vencido y alejado de todo contacto con el exterior. Ya no hay caballeros valientes enfrentándose a la muerte ni jóvenes organizando la resistencia. Ya no hay viajes ni miradas febriles. Ya no hay caminatas, ni música, ni noche. Ya no hay afuera. Solo quedan una serie de sonidos en fuera de campo similares a los que anunciaban la inminencia del peligro en Invasión; solo quedan un par de afiches, uno de Secuestro y muerte (otra película cerrada, que paradójicamente, y por si quedaban dudas de la endogamia señalada, fue la película de “apertura” del Bafici 2010) y otro de Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg encerrados en una habitación en Sin aliento; nunca en la calle, por supuesto; queda un gato como única y silenciosa compañía , que aunque no se parece hace pensar, por transición, en Wenceslao L, y reflexiones acerca de cómo los jugadores de rugby lanzan hoy la pelota. No va más es una película que pide que la dejen olvidar y que a la vez pide que la olviden. Es una película hecha para nadie, o para muy pocos; para el alumnado de la FUC, tal vez, que solo asiste a festivales y para ver las películas que hacen sus profesores, pero al que después no te cruzás en ningún otro momento del año en ninguna otra sala. No va más es una película que merece el destino que reclama.

Esa es otra pregunta que habría que hacerse: ¿en qué momento los que hacen películas dejaron de ver películas? Pero también, ¿en qué momento los que escriben sobre películas dejaron de verlas para concentrarse en otra cosa? Porque de lo contrario no se entiende que la discusión generada por Concierto para la batalla de El Tala haya tenido que ver con el posicionamiento histórico-político de su director, con el bando con el que elige alinearse y no tanto con sus imágenes. Está claro: para Llinás los unitarios son mártires y los franceses son elegantes; para Llinás Quiroga es un salvaje y Lamadrid, un valiente; para Llinás los políticos actuales son ineficientes y los gobiernos hacen cualquier cosa menos gobernar, y como el germen de esta historia nació en 2019 como una obra teatral, podemos pensar que está hablando del macrismo, pero como la película se estrenó ahora, en 2021, no queda otra que identificar al Frente de todos como blanco de esas conclusiones. ¿Y? ¿Cuál es el problema? Lo que molesta de American Sniper, por traer un ejemplo similar, no es la ideología de Eastwood, sino la torpeza narrativa, nunca antes vista en su cine, como esa sucesión de planos en la que Bradley Cooper mira primero por televisión el atentado a las torres gemelas y luego, sin mediar reflexión o duda alguna, se va derechito a anotarse en el ejército para defender a su país de los terroristas. Lo que molesta es que se hable de cambio de registro y de liviandad como si eso fueran virtudes en sí mismas cuando en realidad lo único que hay en Concierto para la batalla de El Tala es una épica forzada, una invitación caprichosa a imaginar los avatares de una contienda histórica a través de placas, cuerdas y percusiones, pero nunca a través de las imágenes, nunca a través del cine. Lo que molesta es la ligereza formal que se le adjudica a la película ligándola a la comedia, como si Llinás alguna vez hubiese hecho otra cosa a lo largo de su carrera que no sea filmar comedias. Todas sus películas son comedias. Pero esta vez no alcanza. No alcanzan ni la prosa inobjetable ni las canciones que rescatan del olvido a las gestas militares para convertirlas en mito (esta vez no hay mito, solo palabras). No alcanzan ni el rostro de Laura Paredes durmiendo ni la máxima de Rohmer que dice que no hay que filmar los sueños sino a las personas soñando. No podemos celebrar todo lo bueno que hubo antes como si ahora también estuviera solo porque la firma es la misma. No podemos escribir en piloto automático y señalar como novedoso algo que no es tal. Concierto para la batalla de El tala no es más que lo que su título anuncia y que lo que propio Llinás dijo en la presentación: un concierto filmado y una serie de placas contando el duelo entre Quiroga y Lamadrid, además de las provocaciones habituales. Pero de cine tiene poco y nada. Y vaya que Llinás sabe hacer cine y películas que desbordan de cine, pero esta vez no hay nada de eso. Esta vez no hay tren ni ventanilla a través de la cual ver “la luz que ilumina los campos/y las ciudades pequeñas de provincia/los arrabales los galpones las taperas/las construcciones abandonadas/la parte de atrás de las cosas…”, tal como escribió el año pasado en el libro publicado por el Festival de Mar de Plata y que no casualmente se titula ¿Qué será del cine?. Yo solo sé que estamos perdiendo, como siempre, y tengo para mí que esta batalla trunca, que este ejercicio de imaginación fallido, correrá la misma suerte que la película de Filipelli anhela conseguir: el olvido.

Ojalá me equivoque y tenga que retractarme, como ya me pasó con La flor. Ojalá que lo que venga sea mejor que esto, porque el cine merece otra cosa, otra suerte, otras películas.

El cine merece películas como Responsabilidad empresarial, que acaso sin quererlo funciona como respuesta a Concierto para la batalla de El Tala. Porque allí donde Llinás se pregunta en el aire si el ocasional viajero que hoy transita por las rutas de la provincia para vacacionar en algún pueblo costero es capaz de detenerse a pensar que por esos caminos y tierras despobladas alguna vez tuvieron lugar las batallas que forjaron el destino de la nación, Jonathan Perel elige poner la cámara –y el cuerpo, y la voz- frente la terminal de La veloz del norte para relatar la complicidad de la empresa con la junta militar durante la última dictadura, mientras los micros entran y salen cargados de pasajeros. La respuesta, que Llinás sabe de antemano, es que no, que nadie se pregunta nada, pero la diferencia entre una película y otra es que lo que en Concierto… es una incógnita planteada deliberadamente para habilitar el relato histórico posterior, en Responsabilidad empresarial es un plano en tiempo presente que te demuele, que te pasa por arriba.

El cine merece películas como Bandido -la mejor apertura del festival en mucho tiempo-, que no apunta a la grandeza ni pretende entrar en la historia, que no se considera importante ni urgente, sino que se contenta con contar bien y de la manera más luminosa posible una historia de amistad y redención. Que está hecha en serio, pero con la seriedad de la pasión. La cantidad de gestos en la cara de Laport y la configuración matemática de la existencia que hace el personaje de El gringo (“la vida son veinte mundiales”), que a su vez conecta con la idea central del corto que acompañó su proyección, Teoría social numérica (una belleza total de siete minutos), bastan para que Bandido sea una película de esas donde se gana una batalla, que no es la que se da adentro de la historia, porque es muy probable que la antena 5G se termine colocando en el barrio, sino la que sigue después del final, la de la imagen perdurable que queda resonando durante días en el cuerpo y en la cabeza (la campera de cuero roja y con tachas, El gringo fumando frente a la comisaría, la canción que pide no más que “cinco centavitos de felicidad”) y se entremezcla con el recuerdo de los sonidos del afuera, con el jazz y el tango que se escuchaban a lo lejos en los galpones del Parque de la estación, en una noche amenazada por la intermitencia de la lluvia y amenizada con cerveza y empanadas.

Se trata de eso, de festejar hasta los laterales a favor, de no dejar que los jerarquizadores de la alegría nos digan cuándo tenemos que celebrar un gol o no según el equipo al que enfrentemos: Villa baila cuando le hace un gol a Claypole y cuando le hace un gol a River, y yo, que soy de River, me alegro por esa actitud igualadora de la catarsis. En el mundial de Rusia, Marcos Rojo sintió el llamado del destino y se mandó al área nigeriana para conectar el centro de Mercado y meter así el gol que le dio a la Argentina la clasificación a octavos. Después vino Francia y nos pasó por arriba, pero a esa altura el tipo ya estaba en la gloria, ya se había sacado una foto desayunando con su esposa unas tostadas quemadísimas y la había subido a Instagram. Quién podría decirle que lo que hizo no sirvió para nada.

Por eso me dije que sí, que aunque la película de João Rosas se proyectara un lunes a las once de la noche y el viaje en el 55 hasta Barrancas de Belgrano durara más que lo que duraba la película, tenía que ir igual. Y lo bien que hice, porque a Catavento le alcanzan apenas cuarenta minutos para que uno se quiera quedar a vivir en esa luz portuguesa que hace que el tiempo se dilate, en esa fotografía tan esplendida como melancólica y se olvide por un rato de las batallas prometidas y nunca concretadas y de los encierros voluntarios y prescindibles y se pierda, recostado sobre el césped sintético del Club Cultural Quetrén, cerveza y pizza en mano, en el laconismo de ese Antoine Doinel lisboeta que no sabe bien hacia dónde correr y  que busca refugio en el silencio y en las sonrisas tenues y tiernas y encantadoras de las posibles mujeres de su vida que, por supuesto, saben más que él y que nosotros.

Catavento también es una batalla ganada. Es mi batalla ganada de este Bafici. Es la película que me promete y asegura que el viaje tiene sentido. Es la película que me dice que hay que seguir yendo al cine hasta que ya no queden más cines por visitar, hasta que las películas ya no tengan nada que decir ni que mostrar, hasta que ya no haya lugar a donde ir, hasta que la derrota sea irreversible y ya no quede nada por hacer. Hasta que ya no importe nada, pienso, mientras vuelvo a casa en el 42 y Dolores Solá canta en mi auricular una canción que se llama Futuro vencido y que dice que “la lucha es para siempre, aunque muramos…”. Entonces me sonrío y me acuerdo de Un lugar en el mundo. Entonces me aferro mentalmente a esa bandera y festejo, secretamente y en silencio, el lujo de seguir participando de esta guerra interminable.