Por Paula Vazquez Prieto.

Eric Rohmer recordaba Strómbolicomo un punto de inflexión no sólo en su vida de crítico sino, fundamentalmente, en la de creyente. El inicio de su obra escrita se nutría abiertamente del existencialismo de moda en la Francia de Jean-Paul Sartre y su encuentro con el cine de Rossellini lo desviaba de ese camino hasta entonces transitado. Strómboli era más que una revelación para los críticos de la futura Cahiers du cinema, era más que la evidente conciencia de que el cine daba un paso hacia adelante, hacia el enigma del misterio y el desconcierto que supondría el cine moderno; Strómboliera una película clave, una declaración de principios para un cineasta que confiaba en el poder de las imágenes para conocer el mundo opaco y enigmático que lo rodeaba.
Como Rohmer en aquella primera mirada, la experiencia de ver Strómboli en el festival fue más mística que racional. De pronto, la nitidez de esos paisajes desolados del sur italiano, que sumergían a Ingrid Bergman en una desazón espiritual asfixiante, se hacían palpables en la pantalla, en la textura de esos espacios tan áridos como concretos. De a poco despertaba el recuerdo de aquel primer descubrimiento, como el que había tenido Ingrid al llegar del Hollywood suntuoso y de producciones clase A a esa pequeña islita perdida en la geografía italiana todavía en plena reconstrucción de posguerra. “¡Qué belleza! ¡Qué misterio!” fueron sus famosas palabras en lo alto del volcán Etna, en plena erupción, cuando la intuición del milagro anticipaba un cambio, no definido, pero certero del destino labrado hasta ese momento. El rodaje se había convertido en el proceso de gestación de una nueva vida para la actriz y de un nuevo cine para la posteridad.
¿Qué hacer? ¿Hacia dónde seguir?, nos preguntábamos los espectadores hoy como entonces, embriagados por esa sensación de que al otro lado –de la isla, de la imagen- se encuentra tan solo el enigma, la ausencia de las certezas clásicas, la conciencia del final de una forma de hacer cine. El riesgo de Rossellini en su aventura se corona con la celebración, más de 60 años después, de su permanente vigencia: ver los trazos de ese sueño que ha contagiado a cineastas como Glauber Rocha, Kiarostami o los hermanos Dardenne nos hace evidente la proyección de su lúcido imaginario despojado de tradiciones y artificios, y heredero tan solo del nutrido esplendor de la realidad.

Potente y emotiva también resultó la historia personal y política de Mika Etchebehere y su guerra en España. Allí por los años posteriores a la Semana Trágica, Mika e Hipólito, su marido y compañero de militancia, partieron hacia la Europa de entreguerras para ponerse al servicio de una revolución que se gestaba tanto en el día a día de las clases obreras como en la mente de una intelectualidad consciente de su futuro rol histórico. La película de Fito Pochat y Javier Olivera, Mika, mi guerra de España, utiliza de manera extraordinaria el texto original de las memorias de la capitana del PUOM, al mando de las milicias republicanas, y lo combina con un poderoso material de archivo que nos trae al presente aquellos hechos tan trágicos como inspiradores.

Siguiendo sus mismos pasos, viajamos a Berlín, a París, a Madrid, a aquellas ciudades que atravesaron en su periplo libertador, y nos internamos en la intimidad de una guerra durante muchos años silenciada. Las matanzas del franquismo, la sumisión de un país entero en la oscuridad de la negación y el secreto, la fatiga de un sentimiento de justicia y solidaridad que terminaría estrellado contra la realidad de la rendición, el olvido y la desesperanza, se hicieron presentes anoche en una evocación vital aunque no exenta de congoja e inquietud. La muerte que sorprende en pleno campo de batalla, la toma de la Catedral, la construcción del valor, y la castidad de la autoridad, aparecen como los pilares de un relato paciente pero sin titubeos, que escapa al facilismo e instala una vitalidad inusual para cierta tendencia del documental argentino.

Strómboli (Italia, 1950), de Roberto Rossellini, 107′. 
Mika, mi guerra de España (Argentina, 2012), de Fito Pochat y Javier Olivera, 78′.