maxresdefault1. Bone Tomahawk, de S. Craig Zahler. Toda una sorpresa fue descubrir Bone Tomahawk navegando por un sitio de películas online. El afiche desplegaba una serie de motivos que indudablemente anunciaban un western. Mejor aún, la cara principal de los cuatro hombres en la portada era la del ya veterano, más barbudo e interesante que nunca, Kurt Russell, como anticipando la ansiada nueva película de Quentin Tarantino, The Hateful Eight. El enorme sol rojo detrás de él encuadra la cara de una bella mujer y debajo de ella, del sol y de los hombres, las siluetas de éstos montando a caballo junto unas figuras indefinibles. Estas figuras corresponden a integrantes de una tribu caníbal que secuestra a la muchacha en cuestión, dando pie al plan de rescate. El recorrido servirá también –y como corresponde- como viaje iniciático para el heterogéneo grupo de héroes conformado por el celoso marido de la cautiva, físicamente limitado a causa de un pie fracturado (Patrick Wilson), un intelectual con aires de dandy que alguna vez pretendió a la chica (Matthew Fox), el imprescindible Sheriff (Kurt Russell) y su ya viejo y solitario ayudante (Richard Jenkins). Dos héroes jóvenes y dos héroes viejos tras la hermosa Samantha (Lili Simmons), que encarna la fuerza y la inteligencia femenina.

Bone Tomahawk es el debut cinematográfico de S. Craig Zahler que se suma a la tanda de nuevos westerns híbridos como The Salvation (Kristian Levring, 2015), The Homesman (Tommy Lee Jones, 2014) e incluso la estrenada y popular Django (Quentin Tarantino, 2012). En este caso la mixtura es abiertamente con el terror de explotación, siendo el primer y más claro indicio la presencia de Sid Haig (actor de culto que durante los 60s y los 70s fue figura del blacksploitation, actor fetiche de Jack Hill luego resurgido gracias a las manos de Tarantino y de Zombie), y hacia el final con el gore caníbal, anticipado por David Arquette que ya había trabajado en otro maravilloso western caníbal: Voraz (Antonia Bird, 1999). La mitad western, en cambio, se desarrolla dentro de las formas clásicas y el terror no es excusa para introducir a la fuerza obvios sobresaltos ni cualquier otro recurso similar que alteren la armonía. Zahler maneja el tiempo de la narración, de los planos y de los diálogos con calma, permitiendo al espectador disfrutar de cada situación, de cada escenario, de los grandes personajes que los habitan, del trabajo de fotografía que sin pretensiones descubre la belleza en lo más simple y recrea una nocturnidad mítica. En esos tiempos calmos -pero no muertos- brota el sentido del humor, del amor y de la camaradería mediante diálogos repletos de ironías que habilitan un tercer campo para la comedia, incluyendo algunos gags físicos. La llegada del gore resulta llamativa para una producción de este tipo aunque la sorpresa no anula el verosímil; en virtud del contexto clásico que da al espectador un efecto de realidad, la carnicería final adquiere mayor crudeza a la vez que vuelve carne la lógica bipartita de la película. Por Nuria Silva.

2. Le Meraviglie, de Alice Rohrwacher. Por Eduardo Rojas. Acá el texto.

3. My Sweet Pepper Land, de Hiner Salem. Por Marcos Vieytes. Acá el texto.

4. Mr. Dynamite: The Rise of James Brown, de Alex Gibney. Mick Jagger es uno de los cinco mejores cantantes de la historia del rock. Mick tiene un interesante relación con el cine. Personajes ilustres como Godard y Scorsese han captado diferentes momentos de su larga y fructífera carrera. Allí está el protagónico perfecto en Performance (1970) y todo el Sweet London en clave abstracta, inconcreta. Y también el casi protagónico en Fitzcarraldo, que finalmente no pudo ser, aunque hay secuencias completas filmadas por él. Pero ahora me toca hablar de Jagger como productor de Mr. Dynamite. The Rise of James Brown. Una película rigurosa que transcribe y resignifica la carrera de James Brown, sus orígenes humildes, el prostíbulo en que lo criaron después de ser abandonado por sus padres, su salida de la cárcel y su ingreso al mundo de la música. Hasta convertirse en un multimillonario y el orgullo de la comunidad negra. Su legado musical se sigue rastreando hasta el día de hoy porque, como queda bien claro en la película, Brown inventó a Jackson, a Prince, el Rap, y el Hip Hop, entre otras cosas. Un tipo desconfiado, un tanto violento con las mujeres y tan admirado como por momentos detestado por buena parte de sus músicos y asistentes. Algunas anécdotas contadas por sus protagonistas dan una clara dimensión de sus formas. Una exploración cinematográfica sobre el músico intuitivo y rupturista, sobre el empresario implacable, casi inconmovible. El activista que inventó el Black Power y todas sus contradicciones, el apoyo inexplicable a Nixon y algunos audios reveladores. Potencia escénica, mucho groove, glamour y la lupa tanto en sus virtudes como en sus contradicciones. Un vida de película y una película robusta y exhaustiva. Por Hernán Gómez.

30-slow-west.w1200.h6305. Citizenfour, de Laura Poitras. Por Esteban Valesi. Acá el texto.

6. A Deadly Adoption, de Rachel Goldenberg. Por Pablo Trochon. Acá el texto. 

7. Slow West, de John Maclean. Nada pero nada mal por tratarse de una ópera prima, Slow West, de John Maclean –quién, según informa Wikipedia, viene del palo de la música indie y de la dirección de videoclips–, es un western algo atípico en el que se destacan notas de una inusitada belleza visual, un sentido del humor algo retorcido, muy en la línea de los hermanos Coen, y buenas actuaciones. Kodi Smit-McPhee, cuyo semblante de ángel víctima quizás les suene de la siniestra The Road y de Dawn of the Planet of the Apes, interpreta a Jay Cavendish, un joven escocés que viaja al lejano oeste siguiendo los pasos de un amor no correspondido. ¿No es romántico? En términos actuales sería como si Topa o Violetta se internaran a hacer turismo aventura en Fuerte Apache. Que es exactamente lo que ocurre en la película. Por suerte para él, a los 5 minutos de película entra en escena Silas Selleck (Michael Fassbender), un caza recompensas que evita que se lo coman crudo unos cowboys mataindios y nos asegura la cuota necesaria de tiros y muertes gratuitas que los parámetros del género y la vida en la frontera solicitan. La inocencia de Jay es a prueba de balas y decide contratar a Silas como protección. Sin embargo, hay un problema. Sobre la cabeza de su amada, Rose Ross, y su padre –al principio, sólo la conocemos a través de sus flashbacks de adolescente enamorado– pesa una recompensa que Silas, al igual que otra banda de peligrosos (y coenianamente excéntricos) forajidos, persigue. Silas espera que Jay lo conduzca hacia el dinero, pero Jay cree que sus ojos grandes de ratón Mickey son todopoderosos y sacarán a la luz la bondad esencial de Silas. En su búsqueda, Jay y Silas, Silas y Jay, atravesarán los paisajes más deslumbrantes de los Estados Unidos –en realidad, Nueva Zelanda–: la nieve, el desierto, la montaña, los bosques y la pradera, todos filmados con una muñeca poética muy destacable y aderezados, como el resto de la película, con una banda sonora sutil y acorde, casi invisible, algo en lo que probablemente haya tenido que ver el background del director. Por Esteban Valesi.

8. Abus de faiblesse, de Catherine Breillat. Por Marcos Vieytes. Acá el texto. 

9. Cop Car, de Jon Watts. Dos chicos caminan por un campo abierto, soleado e infinito. Tienen aproximadamente 10 años. Caminan y dicen palabras obscenas; primero las dice uno, el otro es un eco tardío. En el paisaje abstracto lo concreto son estos chicos, su relación y el mundo que irán fabricando. La dupla clásica conformada por el líder esbelto y osado (James Freedson-Jackson) junto al seguidor gordito y temeroso (Hays Wellford), pronto encontrará al primer enemigo acorde a la aventura planteada y que surgirá como otro deseo liberado sobre este paisaje en blanco. Cop Car es sobre dos chicos jugando a policías y ladrones “de verdad”. Las comillas son para dejar abierta la posibilidad de que la película y todo lo que en ella sucede sean, en realidad, la traslación del campo imaginario de estos amiguitos, que a su vez responde a las emociones reprimidas y a la mirada que ellos tienen sobre el mundo adulto. Los tres personajes adultos, que van apareciendo según los nenes delinean la historia, resultan caricaturescas representaciones de la autoridad: el policía corrupto con acento marcadamente sureño, bigotes que recuerdan al Sam Bigotes de la Warner encarnado por el también productor de la película, Kevin Bacon, junto al delincuente (Shea Whigham) que va y viene con una bata de baño, unos enormes zapatos marrones y su cara cubierta de sangre, se perfilan como otra dupla cómica mucho más acentuada por la ridiculez propia de los años. Entre todos ellos, una mujer (Camryn Manheim) con profundo sentido de la responsabilidad, amargada y aburrida como ella sola, aparece para cortar el juego. Estos adultos pueden entenderse como desplazamientos catárquicos que los chicos hacen de los mayores que los rodean. Como decir “malas palabras” sin otro fin que el de escupirlas del organismo, corrompiendo el verde y el sol del espacio que los reúne; como la misma infancia es corrompida por la adultez.

Aunque con algunas fallas del guión sobre el final –discutibles en un análisis pormenorizado de la película- y la evidente psicología clásica del cine industrial, Watts vuelve a trabajar sobre la infancia en contacto con la muerte y la perversión como ya lo había hecho en su corto The Invisible Dog (2005) y un año antes que Cop Car con El payaso del mal, producida por el sobreestimado Eli Roth. Pese a que Cop Car es mucho más cinematográfica, por sus planos, por la contemplación extendida de cada situación, por su belleza estética y referencias ligadas a géneros clásicos como el western, el policial y las road movies de los 70, la del payaso le permitió mayor apertura al mercado por su anclaje en el terror y por una forma narrativa y un ritmo de montaje más simple y pre digerido; vale decir, mainstream. Sin ir más lejos, ya se está anunciando su versión de El hombre araña para el 2017. Por Nuria Silva.

howl210. Wild Car, de Simon West. Por Andrés del Pino. Acá el texto. 

11. The End of the Tour, de James Ponsoldt. Por Esteban Valesi. Acá el texto. 

12. Dohee-ya, de July Chung. Por Marcos Vieytes. Acá el texto. 

13. Howl, de Paul Hyett. Con un primer plano de la luna llena arranca una película que se llama “aullido”. Para un votante de Cambiemos habría que esperar a ver qué pasa, pero para cualquier persona con un mínimo bagaje cultural y un poco de imaginación es clavado que se viene una de hombre lobo. Así su director, Paul Hyett, sin derramar ni un gramo de sangre, despelleja a la primera víctima: el suspenso. De este modo Howl deja de ser una clásica película de bichos para ser una clásica película de personajes atrapados que se debaten entre resistir y esperar o salir y jugarse la vida escapando.

Los chobis quedan en segundo plano y está bien usado el plural: para agrandar la amenaza que pesa sobre nuestros personajes, encerrados en un tren descompuesto en medio de la nada, Hyett dispone de varios aulladores. Cuando se tiene un buen Godzilla, o un hombre lobo de verdad, no hace falta que se venga con los amigos: en esos casos la película, como el monstruo, se la bancan bien solitos. Hay que reconocer que el director logra una buena atmósfera. Siempre de noche y con niebla, los pasajeros, el chancho y la azafata lentamente exponen sus personalidades, configurando la primera amenaza antes de que aparezcan los primeros colmillos. No estamos ante un grupo unido que resiste en equipo y son esas diferencias las que mantienen la tensión; a excepción del típico gordo que no puede controlar su apetito (de haber participado en Viven se morfaba el avión en dos días), resultan todos creíbles.

El resto de la película recorre algunos  lugares comunes del terror y los clásicos recursos narrativos para acentuar el peso de la acción, pero entretiene aunque no aporta demasiado nuevo. Cómo en todas estas películas, algunos detalles parecen coincidencias imposibles. Ya con varios fiambres despachados, incluso habiendo intentado escapar y todo, un pasajero recuerda que es mecánico y puede arreglar el tren descompuesto. El otro detalle, más gracioso todavía, es una pobre viejita, mordida por un lobito de la patota, que sobrevive al ataque. La nona queda junto al resto de los atrapados pero, a diferencia de todos ellos, con el tiempo se le va cambiando la cara, estirando la mandíbula, saliéndole pelos, afilando los colmillos y nadie se da cuenta de que se está convirtiendo en una vieja loba. Parece que ninguno de los personajes vio una película de hombres lobos ni leyó cuentos o novelas del tema, ni siquiera alguna de zombis que se contagian de igual modo. Casi casi que la viejita se pone campera, pantalones rojos, mocasines negros y empieza a cantar Thriller. Por Julián Mocoroa.

14. 50 to 1, de Jim Wilson. Por Marcos Vieytes. Acá el texto.