girl_walks_home_alone_at_night_xlg15. Maidan, de Sergei Loznitsa. Por Marcos Rodríguez. Acá el texto. 

16. A Girls Walks Home Alone at Night, de Ana Lily Amirpour. A Girl Walks Home Alone at Night, ópera prima de la iraní-americana Ana Lily Amirpour (una producción estadounidense filmada en persa), se desarrolla dentro de una amalgama de géneros muy particular con la que varios ya jugaron, incluido John Carpenter, pero de una forma distinta: un western con vampiros. En esta película los códigos del western están procesados y regurgitados con suma sutileza para adaptarse a un Irán contemporáneo representado en la ciudad apócrifa de Bad City. Los vampiros, más que una referencia al terror como género, operan como metáfora de las relaciones humanas en los submundos olvidados de un conurbano corrupto que hoy en día es universal. La verdadera referencia al cine de terror clásico viene desde la estética que, desde el blanco y negro y sus contrastes, recuerda al así llamado expresionismo alemán de principios del siglo veinte.

Los protagonistas son anónimos, residuos de una sociedad industrial negligente que obliga a sus asalariados a volverse adictos para poder soportar la realidad, negocio que también es siempre funcional al sistema y sus titiriteros, como bien enseña Vicio propio de Paul Thomas Anderson. Amirpour se vale sabiamente del género como discurso político y el medio es un cuento de hadas que acontece en la sordidez de la cotidianidad suburbana, por lo que se suma junto a Marjane Satrapi a la lista de realizadoras iraníes que juegan y reinventan el clasicismo y sus estereotipos. Su próxima película, según sus propias palabras, va a ser una mezcla entre El topo de Jodorowsky y Dirty Dancing, protagonizada por Jim Carrey y Keanu Reeves, entre otros. Veremos qué sucede. Por Santiago Martínez Cartier.

17. Creep, de Patrick Brice. Por Marcos Vieytes. Acá el texto. 

18. Hungry Hearts, de Severino Constanzo. Por Romina Quevedo. Acá el texto. 

19. The Final Girls, de Todd Strauss-Schulson. Esta no es una película de terror. Es una película que ama el género, que lo evoca y lo parodia para no llorarlo (tanto). La violencia y la sangre son vehículos que posibilitan la catarsis y la cicatrización de heridas emocionales. La orfandad de The Final Girls encuentra un interesante recorrido que nos traslada hasta una de las obras maestras indiscutidas del género: El exorcista. Esta novela le permitió a William Peter Blatty exorcizar –valga la redundancia- la muerte de su madre, sanación que fuera también posible para William Friedkin al adaptarla a cine. En Les diré que te recuerdo, novela autobiográfica de Blatty que se concentra en sus recuerdos de infancia y adolescencia junto a su madre, el autor cuenta: “Sentía una especial afinidad con Friedkin. Él había querido mucho a su madre y había tomado muy mal su muerte tres años antes. Vi una foto de ella que tenía en su oficina, y puedo afirmar que la mujer que eligió para interpretar el papel de la madre de Karras era una mezcla de su propia madre y de la mía”. Jason Miller fue el actor encargado de interpretar al huérfano Karras de  la película de Friedkin. Miller era el padre de Joshua John Miller, guionista de The Final Girls, escritura que encaró para poder lidiar mejor con su muerte. Por esto mismo lo más importante de la película es su historia o dramática, a contramano del slasher, subgénero que directamente se evoca. La protagonista -y por qué no alter ego femenino de Miller-, Max (Taissa Farmiga), pierde a su madre, Amanda (Malin Akerman), en un accidente automovilístico tras otra fallida audición. Amanda es una actriz cuya carrera se vio catapultada a causa del exitoso slasher ochentero Camp Bloodbath, que la tuvo como virginal víctima. Max es invitada a participar de una proyección aniversario organizada por cultores de la película, que termina siendo bruscamente interrumpida a causa de un incendio. Al mejor estilo El último gran héroe, aunque con menos presupuesto y complejidad narrativa, la pantalla del cine se convierte en un umbral que le permitirá a Max y sus amigos salvarse del incendio, a costa de quedar atrapados (o tal vez refugiados) dentro la película (o del género) que les permitirá enfrentar miedos y asumir la muerte –propia y ajena- como destino inevitable. Por Nuria Silva.

20. Aguas tranquilas, de Naomi Kawase. Por Andrés del Pino. Acá el texto.

me-and-earl-and-the-dying-girl21. Me and Earl and the Dying Girl, de Alfonso Gomez-Rejon. Juegos estéticos que reflejan la psiquis de los personajes, con una noción del punto de vista que cambia con cada encuadre; reminiscencias de lo mejor de Stanley Kubrick pero sin el aire pretencioso. Un guión sólido construido sobre la voz en off del personaje principal, cuya ruptura de la cuarta pared recuerda, en primer lugar, a los monólogos internos de William Holden en Sunset Bulevard, y, en segundo, a la muy buena Kiss Kiss, Bang Bang de Shane Black, con la ironía como bandera y un intercambio de expectativas con el espectador muy particular. Una banda de sonido sarcástica y actuaciones jóvenes y refrescantes completan este combo disfrutablemente ecléctico que es Me and Earl and the Dying Girl, segunda película de Alfonso-Gomez Rejon, cuya opera prima fue el meta-slasher The Town That Dreaded Sundown y es mejor conocido por haber sido de director de segunda unidad de gente como Iñárritu, Ben Affleck y Nora Ephron. La historia sigue a un chico antisocial al que su madre encomienda una tarea para el verano: hacerle compañía a una chica a la que acaban de diagnosticar con cáncer. Al igual que 50/50, la película sale airosa esquivando una sordidez que pareciera advertirse inevitable, y la dinámica de la narración la vuelve un hermoso viaje a través de una de las situaciones más agridulces que la vida puede llegar a ofrecer. Por Santiago Martínez Cartier.

22. La sapienza, de Eugène Green. Por Marcos Vieytes. Acá el texto.

23. Saint Laurent, de Bertrand Bonello. Película sobre manías y obsesiones: la de Yves Saint Laurent con el Sr. Swan de Proust, con su pasado argelino, con sus recuerdos atávicos de una París de ensueño, sus colecciones excéntricas, sus amigos estelares, sus fiestas y adicciones; y la de Bonello consigo mismo, con ese afán de hacer una película personal, incandescente, que trascienda géneros y convenciones, que agite su propio fantasma aún antes de su extinción. Ya algo de su ego podía percibirse en su kitsch decimonónico, L’Apollonide (2011), denso y etéreo al mismo tiempo, al borde del precipicio de la pretensión que jugaba al y con un sexo profanado por la violencia y el desamor. En Saint Laurent acomete un desafío considerable: hacer un biopic del enfant terrible de la moda, del emblema de la indumentaria como materia artística, de esa figura trágica en vida y seriada por el merchandising en sus horas póstumas, distinto del «autorizado» por su viudo y heredero de su legado; una oda a ese onanismo que es propio y heredado, que es íntimo y expansivo. Lo mejor: las escenas en la discoteca, inmersas en un barroquismo ornamental de travellings y colores chillones, de miradas cruzadas y seducciones en ralenti; y la aparición de Helmut Berger, como salido de la Ludwig de Visconti, para decirnos cómo es y qué se siente haber tenido la gloria y la belleza, y haberse quedado llorando en la estación mientras se aleja el tren de la Historia. Por Paula Vazquez Prieto.

SaintLaurent

24. Torneranno i prati, de Ermanno Olmi. Por Eduardo Rojas. Acá el texto.

25. Atlas Shrugged III, de James Manera. Ni juntando al rabino Bergman, Ari Paluch y Sergio Lapegüe se podría lograr un panfleto tan tonto y ridículo del liberalismo como Atlas Shrugged III. Como las dos anteriores, la película está basada en una novela de 1957 de una tal Ayn Rand. Empieza cuando John Galt (Kristoffer Polaha), un empleado de una compañía, se rebela porque los nuevos patrones pretenden repartir «los salarios y las ganancias» según las necesidades de los obreros. Este hombre resultará luego el líder de una huelga de las mentes más brillantes de los Estados Unidos que a su vez resultan ser en su mayoría los dueños de grandes corporaciones. Es una rebelión contra la opresión del Estado que no deja que los individuos desarrollen sus capacidades. Ante el retiro de las compañías, el funcionamiento del país se deteriora: no hay trenes, no hay petróleo, no hay provisión de energía. De esta forma la película pretende demostrar como las corporaciones sostienen (como Atlas) al mundo y lo inútil que es el Estado. Es decir, esas corporaciones extorsionan al gobierno. Los funcionarios del Estado son presentados como magnates que fuman puros y toman coñac, mientras los empresarios son tipos comunes, amables, sonrientes, que saludan a los vecinos y “solo quieren desarrollar sus capacidades”. O sea, como Macri en su campaña electoral. Más allá de la ideología infantil y de imposible contraste con la realidad que se presenta, la forma de hacerlo es igualmente absurda, por no decir estúpida. Los principios liberales se insertan a presión en los diálogos y las situaciones se manipulan sin el menor intento por disimularlo. En resumen, de interesante visión para reforzar las propias convicciones. Por Ignacio Izaguirre.

26. La asesina, de Hou Hsiao-Hsien. Por Marcos Vieytes. Acá el texto.

27. Magical Girl, de Carlos Vermut. Por Paula Vazquez Prieto. Acá el texto. Por Marcos Vieytes. Acá el texto.

28. The Look of Silence, de Joshua Oppenheimer. Por Nuria Silva. Acá el texto.