Por Emiliano Oviedo

Las analfabetas abre con el plano de un Buda sobre un santuario doméstico y ecléctico, acompañado, entre otros pequeños objetos, por dos cerditos, un crucifijo y un Topo Gigio que no fue quitado de su envoltorio. En ese santuario de devociones diarias, de un culto íntimo, el ícono recibe la bendición de la compañía de quien, habitando la casa, de algún modo también lo habita y merodea. Las manos de Ximena rozan con delicadeza a Buda. Fueron esas manos las que dejaron el tributo, esos pequeños presentes que antes que una ofrenda se asemejan más a aquellos regalitos espontáneos que se hacen al pasar, lo que se dice un pequeño gesto, un detalle mínimo, pero que esconden un profundo significado. Los regalos que se hacen al pasar, sin motivo, sin celebración, sin fecha conmemoratoria, llevan en sí mismos una marca, llevan inscriptos la mejor dedicatoria posible: quien te hace ese regalo te tuvo presente, incluso a pesar de sí mismo; quien te hace ese regalo te tuvo en cuenta en un momento de su día. Eso significa que contás para ese alguien, porque cuando pasó por un lugar, frente a un escaparate o la vidriera de un negocio, te hiciste presente, te manifestaste en la forma de un objeto que no tardará en comprar para llevártelo. Y querrá llevártelo cuanto antes porque ese objeto sensibilizó en su piel otra existencia. Entonces, no le pertenece. Esos regalos pequeños, esos detalles mínimos, esos cositos, se entregan al regalado lo antes posible. Tal vez en la urgencia de querer dar algo se consagre el sentido del verdadero regalo. En Las analfabetas es Buda quien recibe cerditos, papelitos, un Topo Gigio, una cruz, baratijas. Quién sabe quien cuida a quien.  
 
Después de la entrevista que me brindó gentilmente Moisés Sepúlveda, me quedó dando vueltas por la cabeza ese objeto, el Buda. Que no es cualquier objeto, es el depósito de fe, una pequeña efigie que contiene toda la amplitud de una religión entera. Pero después de la película ya no pude pensarlo de ese modo. No después de haber conocido a Ximena, a la analfabeta. Entonces imaginaba a su Budita, sentado orondo, satisfecho, tranquilamente. Y pensé que cuando un Buda se sienta, ya está, se sentó. En su postura característica, cansino, jovial, impasible, bonachón. ¿Se levantará algún día? No debe existir mejor lugar para encomendar un secreto que debajo del trasero de un Buda.
 
Y una mano hace mucho tiempo quiso que así fuera. Dejó una carta apisonada debajo de toda la parsimonia de esa escultura. La carta tampoco era una carta cualquiera, era un mensaje familiar. Una carta que nunca fue leída porque quien la dejó tuvo la extraña delicadeza de encomendarle esa carta a una persona que no sabía ni sabe leer. La carta se la dejó un padre a su hija. A Ximena. Y la hija, al hallar la una junto al otro, conservó la carta y el Buda con el mismo misterio. Para ella ya eran una sola cosa. Se habían convertido en expectativa sostenida en el tiempo con furor y celo. Se convirtieron en fe.
Ximena es una analfabeta cuyo último recuerdo del padre que la dejó atrás, sola, es una carta. La crueldad de la contingencia es doble. Las cartas muchas veces conminan la tragedia, porque el mensaje reclama un lapso de tiempo donde el mundo sigue su transcurso y todo tipo de cosas pueden suceder. Las obras de la tragedia clásica muchas veces articulan la desgracia, la fatalidad trágica, en la demora, en el tiempo que separa al mensaje del destinatario. Y cuando el mensaje llega, el papel, el pergamino es un insulto, una carcajada a bocajarro del destino. La carta está, los años pasan y la carta sigue estando, Ximena crece, pierde la inocencia, madura, y la carta sigue estando. Pero el padre no. La segunda crueldad es que ese mensaje (aún en la cursiva manual, porque Ximena puede reconocer que esos garabatos son de su padre) es una cripta. La grafía es una llave que ella no sabe usar. Entonces necesita de alguien que le ayude a usarla, necesita un cerrajero. Necesita que una joven profesora cesante se inmiscuya en su vida y husmee y descubra la carta que descansaba su misterio debajo del trasero impasible del Buda. Y aquí es cuando empieza la fascinante relación entre estas dos mujeres. Y en esa relación, en ese careo que va raspando como una uña la costra de la herida, se expresarán los personajes en su miseria diaria, en sus miedos, y en su audacia y valentía. Es memorable la escena en la que Ximena se enardece y recita con una ironía que termina en llanto la única carta que ella quisiera escribir, “una carta al viejito pascuero ese porque se ha portado bien y a la madre por todas las tarjetas del día de la madre que no le envió y para decirle también, con el corazón, que la odia desde las tripas”.
La palabra puede marcar tanto la soledad como la compañía. Y Ximena se construyó un mundo sensible, sensorial, calidoscópico, una fortaleza contra la soledad. La rodean sus cosméticos, sus telas, sus plantas. Cuida a esas plantas con la misma delicadeza con la que retoca el altar de Budita y conserva recortes de periódicos de noticias que le atrajeron la vista por la foto ilustrativa. Por eso son noticias de lo más extravagantes y no serían de ninguna utilidad para historizar en un sentido lógico el catálogo de su vida. La vida de Ximena es espontánea, instantánea, colorida. Una canasta repleta de frutas. Una estufa a querosén la acompaña, como si fuera el ronroneo de un gato en la oscuridad de la noche que la encontró con todas las luces de la casa apagadas.
 
Jacqueline -la profesora cesante en búsqueda de su identidad y del curso de su vida, en busca de una pizarra donde le permitan trabajar, enseñar y llenarla de palabras a puño de tiza, deslizar esos garabatos blancos que enmarañan el sentido y la dirección que debe tomar su vida- se encuentra en Ximena, una analfabeta. Es un personaje receloso que al comienzo de la película se mueve con la cautela de un ciervo y tiene esos mismos ojos. Pero en la tarea de enseñarle a leer y escribir a Ximena ganará el desenfado para enfrentar una vida que se le está haciendo cuesta arriba, una vida que no se nos cuenta pero pesa tanto en el fuera de campo como en los hombros del personaje.  
 
Las analfabetas logra lo que logra. Algo que no muchas películas alcanzan. En ciertos momentos, palpita. Las analfabetas está cargada de fuerza sensible, de sentido sensible, de pulsión, de espíritu.
 
En el plano que da cierre a la película las dos mujeres están paradas frente a la ventana mirando afuera. Las dos miran por la ventan después de haber hecho un descubrimiento, y tal vez temen. No lo podemos saber porque no las vemos mirar, están de espaldas. Y es ese plano el que impulsa a imaginar a qué mundo envió Jacqueline a Ximena. A un mundo lógico, comedido, escriturario, y ¿a qué mundo se envía ella misma? (Jacqueline transcurre toda la película dentro de la casa de Ximena; más aún, vemos a Ximena desenvolverse afuera, pero nunca a ella). En uno de los primeros ejercicios que la profesora le ordena a la analfabeta, el lápiz casi se quiebra al medio por la tensión y la impotencia. Ximena tenía que escribir la consabida y escolarizada oración mi mamá me mima, pero no pudo escribirla. Lo que hizo fue arrojar todos los cuadernillos al carajo. En ese ejercicio básico de escolarización se devela la carga pulsional de la palabra escrita y late también su primer propósito. Las palabras escritas nos recuerdan (en el sentido transitivo del verbo). En el origen del invento de la imprenta residía un propósito claro: dar cuenta de un registro, poder fijar, poder detener el río cambiante y distorsivo de la oralidad. Poder fijar, sentar (como al Buda) un memorándum para la historia. Una capacidad que la voz, por ser una entidad del tiempo presente, no tiene. La voz no se puede enmarcar. El registro de la palabra escrita delega una responsabilidad, ¿de qué dejamos registro?, ¿somos justos en lo que registramos? En un momento en el que se vive de momentos que no hilvanan en secuencias sino en fotos digitales, fotos que se sacan incluso antes de saber qué cosa se está haciendo, qué experiencia se está viviendo… en un momento (no digo ni diré tiempo) en el que vivimos infinitesimal, digital, virtualmente… en el que sacamos mil fotos porque no sabemos cuál de todas ellas será la que convoque el instante memorable, un personaje furibundo y entrañable vino a enrostrarnos el valor de la palabra escrita, de la experiencia, el valor de las decisiones. Primero viví, luego, si hay tiempo, sacá la foto. Algo que tranquilamente, con su entonación socarrona, pudo haber dicho Ximena.
 
Aquí pueden leer una entrevista a Moisés Sepúlveda por Emiliano Oviedo.