Por Nuria Silva
No es moco de pavo la tarea encomendada a Sebastián Alfie. Como director free lance es contratado por la Fundación Ojos del Mundo para que realice un documental sobre la ceguera. Tendrá que viajar a Bolivia para retratar el derrotero de un grupo de pacientes que serán sometidos a un tratamiento para recuperar la vista. Le piden que tenga unos tres minutos de duración. En busca del equipamiento necesario, Alfie se contacta con Gabor Bene, un ex director de fotografía húngaro que sufrió un severo cuadro de glaucoma mientras rodaba en el Amazonas, quedó completamente ciego, y actualmente vive del alquiler de sus cámaras. Maravillado por su persona, y en virtud del proyecto encargado, Alfie le propone participar de la producción como DF.
El documental de tres minutos, entonces, se extiende a unos setenta, y termina por centrarse en la figura de Gabor, su experiencia cinematográfica y de vida, y la relación de amistad que comienza a surgir entre ellos. Entonces asistimos a los pormenores del viaje y del rodaje, al backstage, y apenas llegamos a ver fragmentos del documental que están llevando a cabo como insertos que exponen, en realidad, la mirada oculta de Bene tras sus inválidos ojos. Gabor pronto se convierte en un buddy documental que se aleja de la solemnidad que podría haber asumido tocando un tema tan emotivo –emoción que asoma, en todo caso, cerca del final-, para adoptar un evidente tono de comedia. Este carácter es admitido desde los primeros segundos por el color de la voz de Alfie relatando en off, la forma en que se presenta, la música utilizada, y algunas conversaciones o discusiones que parecen ensayadas y actuadas. No debería sorprendernos que así fuera, teniendo en cuenta que la película asume abiertamente la manipulación o ficción inevitable y necesaria del cine documental.
Gabor (Argentina, 2013), de Sebastián Alfie, 70’.

Un colectivo repleto de gente viajando, tomando mate sonrientes y un sol tremendo. Un sol que raja la tierra, la entendida como patria. La directora comienza entrevistado a distintos pueblerinos con el mismo interrogante: “¿Qué sabe de Margarita?”, y las respuestas oscilan entre el desconocimiento absoluto y el dato enciclopédico. De repente, un montaje paralelo nos muestra a parejas de distintas edades bailando abrazadas al son de un chamamé, al aire libre, junto a las imágenes de un grupo de militantes y ciudadanos enfrentándose a las fuerzas policiales al son de “el pueblo, unido, jamás será vencido”. Así sabemos que aquellos viajantes no son simples vacacionistas, sino un grupo de ciudadanos convocados por el juicio a los militares responsables de las ejecuciones llevadas a cabo el 13 de diciembre de 1976. Así entendemos que lo que Cecilia Fiel busca no es recabar información histórica sobre los orígenes del pueblo, sino sobre lo sucedido allí. Las soleadas y cordiales postales de aquel pueblo chaqueño empiezan a cubrirse por la oscuridad de un relato que evoca la sangre derramada sobre sus calles de tierra.
El nombre Margarita es pronto suplantado por el de Ema Cabral, y su espacio vacío es el que Cecilia intentará completar, desentrañando con obsesiva minuciosidad cada paso de la militante desaparecida hasta el trágico desenlace protagonizado por ella y otros 21 compañeros, masacrados impunemente por las fuerzas militares. La documentalista ocupa por momentos el lugar de espectadora. La vemos de espaldas o fuera de campo revisando cada documento, cada entrevista, grabación, demostrando así que la incertidumbre es compartida. Porque nuestros desaparecidos podrán recuperar sus nombres (en este caso es Ema, pero bien podría ser cualquier otro) y la memoria podrá volver con más fuerza cada vez –sobre todo en la coyuntura política actual de nuestro país- pero la ausencia del cuerpo, en todo caso suplantada por monumentos que intentarán suplir la forzada e inexcusable partida, siempre nos dejará con una profunda sensación de desamparo.
Margarita no es una flor (Argentina, 2013), de Cecilia Fiel, 100’.