primer-trailer-y-poster-de-magical-girl-de-carlos-vermut-originalBárbara resulta inquietante ya desde su breve presentación escolar, cuando en la escena previa a los créditos de Magical Girl insinúa un poderío inusual, casi místico, que emana de esa mirada desafiante y sostenida con la que enfrenta a su severo profesor. Tiempo después la vemos crecida y misteriosa (ahora es la actriz Bárbara Lennie), con su pelo largo y oscuro caído a los costados, enfundada en un atuendo monacal tras los muros de lujo de un semipiso madrileño en el que su marido la mantiene a resguardo de sus propios instintos. Bárbara tiene una enfermedad psiquiátrica y está medicada; debe cumplir una rigurosa rutina a la que se resiste pese a los retos ciruelescos de su cónyuge y benefactor. Ese encierro del que solo escapa a medias, con chistes incómodos y pequeños desafíos discursivos, se quiebra un día ante un suceso inesperado.

Ese suceso tiene origen en el destino de Alicia, la otra mujer de esta historia. Alicia, en realidad, es una adolescente de 13 años, una nena a los ojos de su padre, como en el pasado lo fue Bárbara. Alicia también está enferma: tiene leucemia y su enfermedad parece avanzar aceleradamente. Su padre, un docente universitario desocupado que vende sus libros para sobrevivir, hace todo lo posible por conectar con su hija, por acompañarla, por darle todos los gustos que están a su alcance y también los que no lo están. Un día, leyendo el diario íntimo de su hija, descubre el secreto de Alicia, el último sueño antes de que llegue la muerte temprana: el atuendo mágico de un personaje de la mitología moderna del cómic japonés, Yukiko. Yukiko es su alter ego, y representa esa vida que se le escapa, esa otra realidad en la que puede vivir sin tiempos ni medicinas. Pero Yukiko, desgraciadamente, es también parte del mercado y cuando su padre googlea a esa “magical girl” descubre que su vestidito de lentejuelas,  que tan feliz podría hacer a Alicia, cuesta muchos euros que, por supuesto, él no tiene. En plena desesperación, ya sin libros por vender, se para frente a la vidriera de una joyería y, cuando se dispone a romper de un ladrillazo el cristal que lo separa de la felicidad, un vómito cae desde el cielo para hacer presente, ahora sí, lo inesperado.

pollanBermejo

Con ese guiño absurdo y escatológico conecta Carlos Vermut, director de Magical Girl, los destinos de sus dos protagonistas. Y suma a ese prisma incierto de fatalidades los de los hombres sujetos a sus voluntades y caprichos, a sus esencias mágicas y perversas, a sus almas de niñas y adultas despiadadas y fascinantes que tejen una historia de cruces y reversos, marchas y contramarchas, donde todo es posible y parece estar permitido. Como una pesadilla salida de un cóctel entre el Buñuel maduro y retorcido de su etapa francesa y un Almodóvar juguetón y autoconsciente, Vermut se instala en el seno de una España contemporánea, asediada por la crisis y el fantasma de la desocupación, en la que empiezan a emerger otro tipo de ausencias que exceden lo económico. Magical Girl habla de otro tipo de vacío, de una esterilidad emocional que se hace cada vez más opresiva y a la que es difícil dar respuestas.

Los personajes de Vermut se encuentran atrapados en un extraño rompecabezas en el que las piezas se pierden y se vuelven a encontrar, en el que los deseos permanecen atados a convenciones que se desmontan día a día y que se revelan limitadas e insuficientes. Un personaje como Damián, interpretado magistralmente por José Sacristán, desnuda de manera silenciosa la profunda soledad que asoma en las vidas de las criaturas de Vermut: su desconcierto ante el deseo, su temor a lo inexplicable, su anhelo de orden y control frustrado por el arrebato del instinto y la emoción. La muerte, el crimen, el sexo, el dinero, son motores callados que amenazan tras las barreras de una represión cómoda y acondicionada que Vermut no teme hacer estallar.

Magical Girl (España, 2014), de Carlos Vermut, c/Luis Bermejo, Bárbara Lennie, Lucía Pollán, José Sacristán, 127′.