1. La fille de nulle part, de Jean-Claude Brisseau: Una chica aparece golpeada en el palier del edificio parisino en el que vive un profesor de literatura cinéfilo y melómano interpretado por el propio director: tipo alto, grandote y con nariz de boxeador que se mueve aparatosamente, parecido a Gerard Depardieu. La aparición de esa chica participa del embrujo por más que sea explicada racionalmente desde el principio, y su embrujo juega tanto con la condición femenina como con la de la juventud. La productora del director incluye a los hechizos en su título y sus películas –filma desde hace cuarenta años- son la más asombrosa actualización cinematográfica de las tradiciones romántica, simbolista y surrealista que puede verse en el cine francés desde, quizás, el cine de Georges Franju. El tono entre zumbón y melancólico contribuye a que más de una sorpresa asuste o, más bien, duela como duele la lozanía para quien ya no la posee. Vida y muerte, o vivos y muertos, participan sin distinción de la historia. No hay énfasis, sino claridades. La nitidez de la puesta en escena hace posible la magia lúcida de esta película que pertenece a la poesía por más que sea un relato sumamente clásico. La magia acontece por la duración obsesiva de algún que otro plano que paree abrirse como un portal hacia una dimensión paralela, que tiene menos que ver con el futuro que con el pasado cultural contenido en objetos y tradiciones. Pero también con sorpresas y cambios de proporciones cuyos sustos y divertimentos convocan al asombro. No se pierdan, del mismo director, Cosas secretas y El ángel negro. Por Marcos Vieytes.

2. Not Safe for Work, de Joe Johnston: Not Safe for Work -cuyo título original refiere en la jerga oficinística al material de internet que no deberías tener en pantalla ante la probable presencia de jefes y/o compañeros- es, desde el diseño del póster, muy fácil de confundir con cientos de direct-to-dvd-films que aparecen en mantas, kioscos y otras bocas de expendio que estos tiempos nos supieron conseguir. De económico presupuesto, locación y duración, es un thriller ajustado que se desarrolla en un edificio donde funciona una poderosa firma de abogados en lucha contra una empresa farmacéutica cuyo último gran descubrimiento ha provocado una serie de muertes. Es decir, una pelea entre villanos. El bueno es Tom Miller (Max Minghella, hijo del director de El paciente inglés), un joven profesional al que acaban de rajar y que, en la misma puerta, pega la vuelta porque se huele algo raro. Descubre que el edificio va quedando vacío y que su competitivo compañero ya le está espiando lo que quedó en el escritorio, con lo cual el bando de los buenos queda reducido a uno. El mundo de los yuppies es así, parece decirnos la película de Johnston. Y peor: en el edificio hay un killer que empieza a limpiar los que todavía no volvieron a casa. El peligro de las horas extras y los workaholics. Joe Johnston lleva con nervio y mórbida diversión este juego de gato y ratón entre oficinas, pasillos y archivos donde el que se lleva las palmas es el malo encarnado por J.J. Feild, con toda la estampa y cinismo inglés.  El joven leguleyo caerá por comedido en un gran infierno –el fuego es otro protagonista- de donde deberá salir mejor indemne y precavido que purificado. Por Andrés del Pino.

3. The Homesman, de Tommy Lee Jones: En la última película de Tommy Lee Jones hay grandeza; que nada tiene que ver con la megalomanía, de personajes o realizadores, ni tampoco con el autorismo cinéfilo como carta de legitimación. Que sea un western, o que el relato sea más o menos clásico, es menos relevante que la relación fértil de la película con Shakespeare y el terror. La grandeza está en la edad del actor y director, en la sabiduría de alternar el humor con el horror, que nunca tiene explicación sobrenatural pero ya quisiéramos, en entender que no hay otra firma de sobrevivir que aceptando lo que pasa, en la dimensión mítica nada ampulosa que asumen algunas de las situaciones, en la áspera abstracción con que ha sido tratado el paisaje, en el foco puesto sobre aspectos de la historia desatendidos por el espectáculo y personajes anónimos que pasaron por esta vida con pena y sin gloria. En el comienzo reina una cierta incertidumbre estructural que recuerda las del último tercio de Los tres entierros de Melquiades Estrada. A la primera, larga, secuencia de presentación de la protagonista, una dura, gastada y soltera pionera puritana que trabaja su tierra, acaso tan estéril como ella, incapaz de encontrar marido para asegurarse descendencia, le siguen tres más breves, alucinatorias y terribles que me hicieron pensar en los rasgos tenebristas del western fordiano rastreados por Tag Gallagher, pero filmados 70 años después, cuando mucho pastiche ha pasado por el cine y mucho spaghetti por el género. Este último está casi por completo ausente, salvo por alguna que otra cuerda disonante en la banda de sonido y algo de su sentido del humor, que también supo estar presente en los exponentes estadounidenses más baratos y primitivos. Acaso la crudeza revisionista venga en parte de allí si también entendemos a Peckinpah, referencia evidente de los tramos más desesperados de los westerns de Jones, como un producto impuro de raíces estadounidenses, nativas y latinas. The Homesman no lucha contra la locura sino que la transporta, la asume como verdad ultima de la condición humana. No en sus formas, relativamente estables, lo que la hace trágica. Entiende el destino y la razón de la locura de esas mujeres pero su personaje principal, que no es quien parece al principio, no la padece porque ya la tiene asumida, lo mismo que la soledad y la errancia, de modo que no puede hacer otra cosa que acompañar a esas criaturas, como lo hace el director a través de su empatía escéptica. De alguna manera ese hombre ya ha muerto, lo que le queda de tiempo es una sobrevida bufonesca, una posible muerte accidental embebido en alcohol. La mujer, en cambio, está presa de la fatalidad puritana, de la búsqueda obsesiva de sentido en su linaje. No es odiosa porque es tosca, porque está sola, porque ella también ha intentado escapar a su modo de la ficción social (el Este de donde viene, la civilización a donde lleva a curar a las locas) aunque no se haya dado cuenta o no pueda aceptarlo y entonces asuma la máscara feroz de la fe, la compulsiva del trabajo con el sudor de la frente que la hará merecedora del pan, la imperiosa de la maternidad como única manera de sentirse alguien. Por Marcos Vieytes.

4. Dark Touch, de Marina De Van: Una vez más Marina de Van demuestra tener un genio bastante peculiar y retorcido para el terror. Habiéndose hecho conocida como parte de la generación del nuevo cine de terror francés con su película Dans ma peau, que se diferenciaba del resto de su generación por darle al torture porn una lectura más psicológica, arriba a los Estados Unidos con otra película incómoda y chocante, no tanto por lo que explicita sino por el tema abordado -que ya puede vislumbrarse desde el título-. La protagonista es una especie de versión infantil de Carrie (por edad, no por falta de densidad), con menos religión y más traumas. Dark Touch es un perfecto exponente del sentido de lo siniestro. Por Nuria Silva.

5. A Touch of Sin, de Jia Zhang-ke: Como una piedra, China permanece. Los enormes escenarios estáticos que Jia Zhang-ke fotografía registran paisajes desolados, grandes llanuras o zonas de montaña, construcciones humanas inacabadas o derruidas en donde la ocasional figura del hombre se pierde empequeñecida, escondida en el escenario enorme, inhumano como en la pesadilla de un pintor surrealista. Película a película Zhang-ke filma esa humillación, ese ocultamiento de lo humano. El romanticismo es occidental, el iluminismo también; el pesimismo es universal, pero quizá tenga su más acabada expresión histórica en el Oriente tutelado por la figura del Buda, anterior, comprensiva y tal vez subsistente a toda dialéctica y todo cambio. No obstante, dentro de esta rutina de hombres aplastados por la máquina del tiempo, el poder y la naturaleza, hay un cambio que enlaza los cuatro episodios en que está dividida A touch of sin: la violencia, ya no como partera de la historia sino como revuelta inútil de cada protagonista con su destino; ya se trate del minero que emprende una lucha solitaria contra la corrupción –un hermano oriental del Travis Bickle de Taxi driver-, el sicario trashumante, la recepcionista del sofisticado prostíbulo transformada en una Némesis escapada de algún film de Kim Ki Duk, o el joven que huye tanto de su madre como del trabajo, partes de una misma ecuación de sometimiento; todos ellos harán un estéril gesto de rebelión traducido en sangre, muerte y ordalía. Hombres pequeños que tiñen la pantalla de rojo, recortándose fugaz e inútilmente del telón inmóvil de una historia y un destino que permanecerán para siempre quietos, inmutables, iguales a sí mismos. Por Eduardo Rojas.

6. Starred Up, de Don Mackenzie: Por Marcos Vieytes.

7. Haunted – Dark House, de Victor Salva: Un viejo y tenebroso caserón que se muda por sí solo persiguiendo sigilosamente a través de un paraje pantanoso, perdido y profano a su futuro dueño, un joven medio freak que con solo tocar a las personas puede ver como habrán de morir, y una horda de hacheros que no mueren y se activan al abrir una misteriosa y reveladora puerta. En su último opus endemoniado e impío Salva regresa manejando los hilos de manera irreverente para quienes esperen lo esperable. Dark House invita al regocijo de la clase B sinuosa y envenenada. Los planteos que hace acerca de lo maligno, lo oculto y las apariencias son similares a los de Jeepers Creepers. En aquella, las apariencias sólo eran parte de una trama intertextual, en Dark House son funcionales a la historia. En ese camino se asemeja a la enorme El tren de la carne de medianoche de Ryuhei Kitamura, en donde las malditas vueltas de tuerca retuercen el argumento hasta el paroxismo, se elevan hasta la épica más grandilocuente del terror, y encastran necesariamente dentro del delirante rompecabezas propuesto. Dark House se limita a utilizar los recursos cinematográficos menos pretenciosos. Salva respeta la noción de puesta en escena, encuadra bien, compone el plano, se vale de empalmes clásicos, el relato fluye sobre un guión afianzado en categorías simbólicas firmes. Por Daniel Núñez.

8. Anchorman 2: The Legend continues, de Adam McKay: Sí, señoras y señores, la dupla McKay/Ferrell lo hizo de nuevo y no dejan de autosuperarse (y eso que Ferrell viene de su experimento más marginalmente genial, Casa de mi padre), y esta vez se atrevieron a mandarse una comedia absurda de dos horas de duración (cuyo corte original contaba con media hora más) que es un deleite por donde se la mira. Potenciando las bases asentadas por su predecesora, Anchorman 2: The Legend Continues lleva al extremo una gran variedad de gags, tanto estéticos como coloquiales, que tienden a lo irrisorio o simplemente al juego, a la alegría por la alegría misma, y el resultado es algo hermoso de presenciar. Anchorman 2 es una película que da ganas de estar vivo, y mirando Anchorman 2. Por Santiago Martínez Cartier.

9. Historia de mi muerte, de Albert Serra: El catalán -al que no quiere nadie del mundo cinéfilo al menos por estos lares, quizás porque su cinismo demuestra como pocos el desprecio que siente hacia la sacralización irreflexiva de los neovanguardismos por parte de festivales que, ahora más que nunca, fomentan esos contenidos porque les son imprescindibles para funcionar- volvió al color, como en Honor de caballería, que le sienta mejor que el blanco y negro de El canto de los pájaros, porque el tipo es un realista, no digo que a la manera literaria de un Pérez Galdós, pero sí a la cinematográfica de un Marco Ferreri. Sólo existe el cuerpo en toda su dimensión, pero con el cuerpo basta y sobra para decirlo todo o casi todo; que el cristianismo fue una invención acaso monstruosa de tan magníficamente impracticable, y tan superada para Casanova como insultante para Drácula, acaso los dos personajes principales de la película; y que toda construcción simbólica es susceptible de ser materializada. Por Marcos Vieytes.

10. Frances Ha, de Noah Baumbach: Por Agustín D’Ambrosio.

Acá puede leerse la segunda parte.