el_cristo_ciego_the_blind_christ-251581026-largeLos milagros ocurren sólo una vez. Esta sentencia, que pareciera ser la tesis y lo que le da valor a El Cristo ciego, es lo que pensé al ver la película de Christopher Murray, y es al mismo tiempo lo que le juega en contra. En su creencia de saberse santo y sanador, Michael recorre el desierto chileno contando historias ejemplares y operando milagros que nunca suceden. Desgarbado, con un jogging gastado y una camisa semideshecha, el protagonista contiene en su figura lo que le falta al resto de la película: suciedad y polvo. En sus ríos secos por la minería, en sus pueblos olvidados, en su débil, apenas señalada, crítica a la institución estatal y religiosa, El Cristo ciego pareciera remitir por momentos al cine de Glauber Rocha, pero siempre se queda  a mitad de camino. Murray se preocupa más por la claridad y la limpieza de lo que quiere contar que por la crítica que su película puede encerrar acerca del mundo actual. En todo caso son estas falencias las que reflejan la imposibilidad de hacer cierto tipo de cine. Si las ficciones de Rocha todo el tiempo estaban atravesadas por un realismo documental que impregnaba a cada uno de sus planos de una potencia física, carnal, religiosa en cuanto a la fe que desbordaba cada una de las imágenes, la carga moral que lleva cada uno de los cuentos narrados por Michael le impiden a Murray perderse en el desierto para encontrar algo nuevo. El retorno a casa es la derrota del personaje pero también de la película. El cine de Rocha fue el milagro, El Cristo ciego la inevitable confirmación de lo irrepetible.

Con Paradise pasa algo similar. En la última película de Konchalovsky el cine sirve para hacer hablar a los muertos, para darles entidad, pero no a todos los aguarda el paraíso. Los tres individuos que ofrecen sus testimonios a lo largo de la película están muertos. Sus confesiones frente a la cámara no buscan la salvación ni la compasión del espectador, mucho menos la de la policía nazi, sino la de Dios. En la farsa preciosista y pretensiosa que el director ruso arma durante más de dos horas, un truco final revela la voz del salvador aunque deja fuera de campo su figura, apenas sugerida por el portal de luz que ilumina la cara de la resistente francesa, la única que logra arribar al edén. En su paraíso de los creyentes, Konchalovsky sólo deja lugar para el sacrificio, sólo se salvan los buenos, y se arroga el inexplicable derecho de creerse un Dios detrás del Dios. En Paradise todo se ve lindo, todo se ve en su lugar, el blanco y negro lo embellece todo aún más, incluso el horror de las imágenes de archivo parece encajar a la perfección dentro de ese registro.

694_392x221Konchalovsky está viejo y no sabemos qué lo aguarda. A su cine parece ocurrirle lo mismo.

La galaxia de Masao Adachi resultó ser monótona y aburrida, monocorde, pero sobre todo resultó demasiado autoconsciente de su singularidad, demasiado calculada. Cabe aclarar que es la única película que pude ver de la retrospectiva del director presentada por el festival, y en valor de su condición de cine experimental me arriesgo a asegurar que Galaxy es apenas una variable dentro de una obra personal que supongo más vasta. Pero lo que aquí sucede –y falla- es que el carácter onírico pretendido por la película no difiere en nada de la realidad. Un auto deja de funcionar en medio de la ruta, cerca de la playa; sus ocupantes bajan del vehículo y se proponen arreglarlo. Durante ese lapso el protagonista ingresa en una especie de sueño diurno en el que se topa con todo tipo de personajes, mujeres y diablos de la botella que lo arrebatan y lo devuelven todo el tiempo a su lugar, como si nunca se pudiese avanzar. El problema de Galaxy es ese, que en todo momento el protagonista sabe que está en un sueño y que una vez que ese sueño termine podrá regresar a su casa, todo el tiempo es consciente de que hay un auto en reparación, que el sueño en el que se encuentra nunca alcanza a ser pesadilla sino apenas una sofocación momentánea, una interrupción fugaz que la textura de la película nunca se preocupa por diferenciar de lo real.

El sueño dura lo que dura el arreglo del auto. La galaxia de Adachi es breve y finita, y para nada atractiva. Al menos en este caso.

El Cristo ciego (Chile/Francia, 2016), de Christopher Murray, 85′.

Paradise (Ray, Rusia/Alemania, 2016), de Andrey Konchalovsky, 130′. 

Galaxy (Gingakei, Japón, 1967), de Masao Adachi,