thelookofsilence-handsVisitar The Look of the Silence es como hacer un picnic con la impunidad, el horror y el asco todos juntos y sin prurito alguno. Esta segunda entrega del director Oppenheimer, tras la impactante The Act of Killing (2012), se centra en la versión de los sobrevivientes del genocidio anticomunista de más de un millar de personas que se desató en Indonesia a mediados de los ’60, y de Adi, hermano de una de las víctimas, y su diaria convivencia con los asesinos. Un testimonio imprescindible que deja en pañales a los documentales de medio pelo que podamos encontrar en YouTube sobre asesinos seriales.

El mérito del director está, sin rebajar su reconocimiento, no tanto en el formato del documental sino en la maestría de haberse decidido a transmitir estas historias, haber conseguido el testimonio de los personajes, haber tenido la lucidez para estar en los momentos precisos y haber provocado confesiones tan alucinógenas. Ejemplos de talento semejante son la trilogía Lost Paradise de Joe Berlinger y Bruce Sinofsky, sobre los asesinatos de tres niños en Arkansas, el juicio de los acusados y los giros que da el caso a lo largo de más de 20 años, y West of Memphis, dirigido por Amy J. Berg y producido por Peter Jackson y el propio Damien Echols, uno de los imputados, sobre el mismo homicidio que hace un rápido racconto de los hechos, con imágenes y testimonios originales que cuestionan el proceso judicial, y hasta la propia Constitución, para demostrar la inocencia de los acusados. También es interesante la mirada de El intruso, de Bart Layton, que trata sobre un joven francés que decide hacerse pasar por un niño estadounidense desaparecido, a quien le lleva 10 años de diferencia y del cual difiere físicamente en forma abismal, y sobre cómo es reconocido por la familia como el verdadero. The Look of the Silence, y su anterior The Act of Killing, junto con estos otros documentales, creo que son las representaciones del mal más estremecedoras a las que me ha tocado asistir. Primero porque es un mal visceral, un mal que nos tiñe a todos, y segundo porque te mira de frente, cara a cara, te mira a los ojos y te cuenta su perfidia, a veces incluso entre risas, con cinismo, burlándose de los entrevistadores y de nosotros en las butacas, impunes en su actual libertad.

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Y aquí debo abrir un vital y enorme paréntesis: The Act of Killing es el seguimiento de Anwar Congo, líder de los escuadrones de la muerte, al que se le facilitan los medios para que cuente su versión de los hechos, ante el entorpecimiento y las amenazas hacia el trabajo de entrevistar a los sobrevivientes, en una primera fase del rodaje. El resultado es escalofriante. Hay una evidente impostación del orgullo y la mofa de sus actividades presentes y pasadas que funciona como mecanismo de defensa para no reconocer, o siquiera ponerse a reflexionar, sobre cómo su accionar imborrable ha sido el desencadenante de lo abyecto. El camino entonces es fortalecerse con las máscaras de la soberbia y del aparente no arrepentimiento. Pero el dolor está ahí, por más autoficcionalización con la que intenten protegerse.

Los integrantes de la vieja y sanguinaria Juventud Pancasila están produciendo una película que inaugura un nuevo estatuto para el cine gore: se incluyen frías representaciones de los asesinatos junto a escenificaciones grotescas de las pesadillas de los asesinos, vestidos de cowboy o con otros ridículos atuendos. Si bien hasta ellos mismos se dan cuenta de que la película pondrá en evidencia su crueldad y no la de los comunistas, la ambición de hacerse famosos, de mostrar un producto “nuevo”, con humor y chicas lindas para distender al público, de revelarse como súper hombres, los excede. El show contempla mujeres haciendo de madres desconsoladas, niñas que simulan no querer ser violadas por la banda de forajidos, bebés que lloran de verdadero pánico en unos set donde se edifica la crueldad de un modo vomitivo.

Son una comunidad de criminales que por momentos se muestra orgullosa, duda si la imagen que está mostrando es totalmente positiva para la organización, o es aquejada por pesadillas de los muertos que regresan, pero que, sin dudas, quiere mantener viva la llama del pasado, de las masacres perpetradas, que son la razón de su ser actual. Por eso la constante reivindicación, el afán en la representación de las decapitaciones o violaciones de menores; por eso una película que los inmortalice. Como la pervivencia de la Pancasila no es suficiente, se busca una glorificación: cristalizada en la escena musical en que el espíritu de un comunista agradece a su asesino por haberlo enviado al Cielo y le coloca una medalla.

Esta manada de viejitos matones ejerce diversas tareas ilegales como la tala, la pesca, el contrabando, el juego y los cabarets, ya que el miedo del pasado y los contactos políticos, policiales y militares, son el arma de extorsión y chantaje que la mantiene en la más absoluta y descarada impunidad. Lamentablemente sigue siendo una necesidad para hacer el trabajo sucio e imponer el orden de los gobiernos actuales. Uno testimonia, negando la Convención de Ginebra, que las leyes las hacen los ganadores: cuando estaba Bush, Saddam no era un problema, pero después decidieron que sí lo era. “Yo gané así que tengo derecho a crear mis convenciones”, sentencia a la cámara sin que le tiemble la pera.

Las trazas de humanidad de Anwar Congo se acrecientan cuando le toca actuar de comunista que está siendo estrangulado con un alambre. El quiebre es evidente y de hecho, tiempo después, cuando se ve a sí mismo en la película terminada, siendo que primero quiere verla con sus nietos pequeños, se le dibuja el arrepentimiento y, quizás por primera vez en su vida, se da cuenta de lo que hizo. Luego el llanto, el vómito, el asco, la vergüenza. La película opera como una liberación de ese hombre, en definitiva, atormentado por el pasado. Cerramos paréntesis. Gracias.

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Adi enfrenta con valentía a los actores de la masacre en busca de clarificar, o al menos conseguir la disculpa de los asesinos de su hermano, a través de preguntas filosas, acusándolos sin piedad frente al relato horrorífico y descarado de cómo asesinaban a las víctimas y la jactancia de no haber enloquecido por haber bebido sangre humana. Sin embargo, el arrebato de Adi es opacado, absorbido, destruido, por estos seres que naturalizaron el mal de una forma que resulta imposible de soportar, que se mofan de los muertos, que se creen héroes, que inclusive han escrito un libro con sus propias ilustraciones para mantener viva la memoria de su hazaña, que consideran que deberían ser premiados por haber hecho el bien, por ejemplo con un viaje a Estados Unidos, que fue desde donde les enseñaron a odiar a los comunistas; que amenazan con que la matanza “tarde o temprano” va a regresar si siguen preguntando tanto.

Los alegres y pormenorizados relatos de los procedimientos de muerte, que a veces parecen un manual de recomendaciones para futuros asesinos en masa, se entremezcla con el odio coagulado en la madre de Adi, quien por el crimen de su hijo les desea a los asesinos, a sus hijos y a sus nietos las mayores desgracias, con escenas de su padre perdido en la senilidad o del tío aceptando haber sido carcelero, entre varios, de su propio sobrino, antes de que los condujeran a la muerte.

El miedo de los realizadores se testifica en la cantidad de Anonymous de los créditos y en el hecho de que el director no considere la vuelta a Indonesia, luego de la amenaza ya referida. Adi, en cambio, en el ojo de la tormenta, por ahora no ha sufrido consecuencias.

Por todo lo expuesto, la labor de los realizadores es tan meritoria que, un viejo amigo de la casa como Roberto Bolaño, la describiría como una forma de “mantener los ojos abiertos frente al abismo”.

Aquí pueden leer un texto de Marcos Vieytes sobre The Act of Killing.

The Look of the Silence (Dinamarca, 2014) de Joshua Oppenheimer, 99’.