33º MDP # 1: Festival y Muere, monstruo, muere, por Hernán Gómez

Lo sucedido en el 33° Festival de Mar del Plata ya es sabido. Por lo menos por el público que visita nuestra página.

No se puede hablar de la calidad, cantidad y diversidad de la programación sin pensar en el presupuesto, la dirección artística es cautiva de ese ítem, lo sabemos. La cantidad de películas de relleno se nota a primera vista en una grilla de programación. Pero sabemos cual es la idea de este gobierno en general y en cultura en particular, diseccionar lentamente, disminuir con lucecitas de colores –Jean Pier Leaud– en quirófano multicolor y sin hacerse cargo de una decisión. Un defecto que los diferencia de sus opositores es no expresar su posición literalmente. El vicepresidente del INCAA estuvo toda la semana paseando por los cines y diciendo en voz baja que no tiene acceso a los números, pero que tiene entendido que son mejores que las anteriores gestiones, en un claro ejemplo del accionar PRO.

La DAC y SAGAI dieron charlas donde contradicen de muchas maneras esos dichos. Temo por el futuro del Festival mucho mas alla de quien pueda liderar la cuestión artisitica. Le tengo tirria a los tibios, que te saludan con una sonrisa y cruzan de vereda con tal de no confrontar.

Además hubo cine.

En una zona rural, de noche, vemos a una mujer de rodillas muriendo lentamente, degollada. La sangre brota parsimoniosamente por su cuello, en diferentes lugares de la abertura. Su cabeza inclinada hacia atrás hasta que ella misma la endereza, sus ojos están fijos, extraviados. Ese es el plano que abre Muere, monstruo, muere de Alejandro Fadel. Una película que, con todos los elementos del terror, intenta otra cosa.

Una serie de asesinatos se cometen en las sierras de la precordillera: todas las víctimas son mujeres y de entrada se intuye lo que podríamos llamar una presencia amenazadora, que ya el título nos delata. Además de saber por mil indicios que hay un monstruo cargándose minas, sabemos que todo está enrarecido y que la narración instala varias pistas alrededor de los personajes. Todos son sospechosos, en algún momento todos son el monstruo.

Los salvajes, la opera prima de Fadel, que se exhibió en el Bafici del 2012, era una película que tenía una primera mitad muy prometedora, con unos jóvenes que se escapaban de instituto de menores a esas mismas sierras de MMM, un espacio poco explorado por nuestro cine. Luego de la primera mitad, la película comenzaba a extrañarse cada vez más hasta llegar a lo metafísico, y de ahí partía hacia lugares más abstractos. Muy parecido, en operación y escenarios, a lo que hacía el tailandés Apichatpong Weerasethakul, por aquellos días unos de los cineastas del momento, profundo y de una mirada novedosa. La sensación, al final de Los salvajes era positiva, algo alagartada sí, pero se percibía claramente honesta. Había una voz que creía realmente en lo que decía, en lo que contaba.

MMM arranca ya con lo metafísico instalado de muchas maneras: en ese plano inicial sabemos que hay algo del Más Allá rápidamente, en comunión con alguien de la diminuta comunidad que integra la película. Las huellas que delatan las ideas van desde La cosa a Nazareno Cruz y el lobo, pero rápidamente descubrimos una sombra monstruosa hecha digitalmente en la penumbra de tenebrosos escenarios. El juego es la ambigüedad, no sabemos si lo que vemos es real o solo producto de cierta paranoia. ¿Es un hombre o un ser sobrenatural el responsable de los crímenes?

Cruz (Víctor Lopez) es un sargento que lleva adelante la investigación, primero por su oficio y luego involucrado de manera personal a través de Francisca (Tania Casciani, sin dudas el rostro más particular de la película aunque desaparece muy pronto), su amante convertida en otra de las víctimas. Ella está casada con David (Esteban Bigliardi), uno de los sospechosos. Entre ellos se constituye un trío sobre el que gira la película, con algunas intervenciones del jefe del policía interpretado por Jorge Prado de forma más que solvente, que adquiere interés por su forma de decir, sus incertidumbres, la función profesional y porque cuenta con el absurdo como recurso para no llegar a ponerse grandilocuente en su discurso. Esto se contrapone con el personaje de Bigliardi, sobre el que Fadel se obstina en dirigir la mirada, que hace evidente síntomas de cierta conversión hacia el horror, que deambula en un loquero con un discurso demasiado pegado a las líneas del guion: frases inteligentes y paralelismos pseudo filosóficos, que decostruyen la solidez de todo el trabajo de campo, el esfuerzo y la creatividad de la puesta escena, algo inédita y de un aire relativamente fresco.

El subtexto de la película claramente alude a la violencia de género, a los femicidios, al temor, al control, al aislamiento y así podríamos continuar. Brutal por momentos, desconcertante y cantada por otros, tiende a lateralizar narrativamente para crear, reafirmar sensaciones que son ambiguas, ser constante y sostener certezas que resultan bobadas.

En algún punto siempre impone un punto de referencia y no deja al espectador y al relato hacer su propio camino. Fadel recurre a ciertos elementos del cine de género, pero parece partir rápido hacia formas diferentes, que tienen que ver con un cine más personal, que se desvanecen y resucitan por momentos, pero terminan en una especie de inconexión, y desafían a cierto espectador que quiere solo el viaje por el tren fantasma o la inspiración sublime.

El gore, las vísceras y su filo de terror puro y duro dejan entrever un terreno que inevitablemente maneja, pero que decide abandonar muy rápidamente y a conciencia.

MMM falla por méritos propios, lo que me parece una virtud en el cine Fadel: la búsqueda, el riesgo que se palpa ostensiblemente, desafía las convenciones, los lugares comunes de cierto cine. Una sola canción, Te irás, me iré de Sergio Denis, surca la película y funciona muy bien. Impresiones, sobresaltos y ganas de más certezas que se extraviaron en tanto palabrerío grandilocuente del personaje de David obstruyen un thriller de horror posible, casi ahí a la vuelta de la esquina. El monstruo y su literalidad corporal también resulta un desencanto.

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