La noche del lunes 11 estaba sentado en la sala principal del Ambassador de Mar del Plata. Acababa de ver Ya no estoy aquí (2019) largometraje mexicano, dentro de la competencia oficial, y escuchaba la devolución del director, Fernando Frías de la Parra. Habló sobre lo contento que estaba de llevar su película al festival, de lo duro que había sido el camino hasta ahí y nos contó algunos detalles sobre la realización de la película. Pero cuando habló sobre los protagonistas de su historia, sobre los bailarines de la cumbia rebajada en los asentamientos de Monterrey, se refirió a ellos como actores contraculturales, hijos de un accidente cultural. Ahí donde sucedió algo, en donde nada debía suceder.

En esta segunda parte de mi diario de viajes y películas, voy a hablar sobre La botera (2019) de Sabrina Blanco y Ya no estoy aquí. Empiezo.

El festival de Mar del Plata nos recibió, nos acogió, nos mimó, y nosotros lo disfrutamos. Pero en algo nos sorprendió. En los tres días que duró nuestro viaje, todo el cine con el que nos encontramos mantuvo una propuesta formal marcada, un compromiso desde su autoría en ligar lo documental con la ficción. El festival que abrió sus puertas con Lost, Lost, Lost esgrimió como quien dice un pensamiento, una postura en cuanto al cine y su relación con lo real. ¿Y cómo hace un festival para expresar un pensamiento? Con las películas que proyecta. Nos invitó a ver un cine que nunca dejó en claro qué de lo que estábamos viendo era real y que no.

Tanto De nuevo, otra vez de Romina Paula, como Nona. Si me mojan, yo los quemo de Camila Donoso se aprovechan de las herramientas del documental, con una cámara presente y expectante, una cámara que registra situaciones gratuitamente, y nosotres como espectadores accedemos a esa verdad volcada en la pantalla. Estas películas parecieran tomar un sendero ya caminado por Mekas en su trabajo acerca del diario íntimo y el documental en primera persona, que muestra un aspecto de lo privado e individual abierto al mundo en su proyección. Romina Paula y Camila Donoso, se hacen cargo de su forma de documentar y nos hacen saber el carácter distintivo que sus películas poseen. En ambas, uno comprende que lo que estamos viendo es real, y lo comprendemos porque hay una cámara presente que se hace presente, que irrumpe en Nona, siguiendo a la protagonista por todos lados, y que espera en De nuevo, otra vez, registrando el día a día de la familia. Pero es en ese mismo momento, mientras la cámara filma, que entendemos que lo que está sucediendo frente a ella se parece mucho a una ficción, que estas películas borronean los límites una vez marcados entre lo real y lo irreal. Y odemos pensar entonces que Romina Paula y Camila Donoso llegan a la ficción a través de lo real, lo real como el documental.

Del otro lado del mar se ubican Ya no estoy aquí y La botera. Curiosamente, no por alejarse de esta puesta en crisis de lo real y la ficción, sino porque su búsqueda de lo real es a través de la ficción, en un camino inverso.

La primera que vimos fue La botera. Esta película narra la historia de Tati, una chica de unos 13 años que vive en la isla Maciel con su padre, un remisero que toma los trabajos que puede, pero que la mayor parte del tiempo veremos durmiendo. Viven en una casa diminuta de chapa y madera, en la que apenas caben los dos, en un barrio en donde parece que siempre es invierno. La isla Maciel está en Dock Sud, Avellaneda, y está separada de la ciudad de Buenos Aires por el riachuelo. Lo único que la une con la ciudad es un puente en desuso. Separada y olvidada, formada por casas viejas y calles vacías, la isla genera en la película la sensación de un lugar abandonado, librado a su suerte. Tati va de la escuela a su casa, y de su casa a ayudar en un comedor. Está atravesando la adolescencia y empieza a dejar de ser una niña. La cámara la sigue, la acompaña y la espera. Encuentra en ella a una adolescente que está empezando a cambiar, que desea crecer. Y todo lo que ves a su alrededor es bruma, frío y silencio. Solo una cosa mantiene la atención de Tati: el bote que une al barrio con la otra orilla. Un bote que traslada a quien quiera salir o entrar a Maciel. Tati se empecina en aprender a manejar el bote y persigue por todos lados al botero para que le enseñe. No hay un motivo claro en su deseo, no hay una causa que explique porque ella quiere lo que quiere o porque hace lo que hace. Tati simplemente hace. Molesta al botero para que le enseñe, lo busca, lo convence, aprende con él, aprende de él, se besa con él, se desea con él. Pero luego, con igual casualidad, la cosa no sigue y él la rechaza.

Sabrina Blanco encuentra en su ficción una realidad latente, palpable. Una realidad que no necesita ser explicada o documentada, está ahí, en esa historia inventada. No existe la tal Tati, su padre es un actor, el botero es un actor, pero a la vez todos son reales, a la vez todos son de la isla Maciel. La botera descubre la realidad de un barrio olvidado a través de una ficción que no busca proyectar realidades o verdades, simplemente se las encuentra en el camino. En la isla Maciel, sucedió un accidente cultural.

La última película que vimos en el festival fue la mexicana Ya no estoy aquí. Cuenta la historia de Ulises, un pibe de Monterrey, que se ve obligado a emigrar a los Estados Unidos. No un pibe que va a probar suerte a Estados Unidos, un pibe que nunca quiso dejar México. Un pibe que se vio enredado en una guerra de pandillas y, para que no lo maten, tuvo que escaparse al país vecino. Un pibe que en Estados Unidos está solo y perdido. Que no sabe hablar inglés, que no le interesa hablar inglés. Un pibe que termina en situación de calle, un pibe que aspira pegamento.

En México, Ulises era el líder de los Terkos, una pandilla de bailarines, amantes de la cumbia colombiana, que dominaban las calles de Monterrey con sus ropas y sus pasos. En Estados Unidos no era nadie.

La historia se va construyendo como un rompecabezas, pieza por pieza. Mientras acompañamos a Ulises en su viaje al país de las oportunidades, volvemos cada tanto a su pasado, a su vida en Monterrey, y vamos comprendiendo de a poco quién es él. En las calles de su barrio, hay un sonido que marca el ritmo, es la cumbia rebajada. Cumbia colombiana apropiada por la ciudad que al ralentizarla generó un nuevo sonido. Más lento, más largo y más oscuro. Una cumbia que marca el ritmo de una generación de pibes y pibas rodeados de pobreza, de violencia, viviendo al margen de la sociedad, en esquinas olvidadas por el Estado. Pero Ulises y sus Terkos no sienten pena, no sienten vergüenza de haber nacido ahí. Aceptan su lugar y se apropian de él. Se apropian de las esquinas, se apropian de las calles y de la música. Generan mediante el baile una identificación con su barrio, con su grupo de amigos que les hace sentir orgullo de ser quienes son. En la situación de mierda en la que les tocó vivir, no aceptan sentir lástima.

Ulises se choca con otra realidad en Estados Unidos, con el choque más duro de todos, la incomprensión. Nadie lo entiende, nadie entiende su idioma, ni su ropa, ni su peinado. Ulises está tan cargado de identidad, de significado, que en el país que se cree el centro del mundo no pueden verlo sino como un pobre pibe marginal. Ulises no tiene nada de pobre pibe, él camina con el pecho en alto y eso les resulta contradictorio. Nunca va a intentar aprender inglés, nunca va a intentar bailar otra música. Su cumbia lo es todo, sus Terkos lo son todo. Pero nadie lo comprende porque Ulises no debe existir. No pueden ver en él otra cosa además de su color de piel, de su idioma tercermundista, de su origen marginal. Ulises es un actor cultural, que no estaba en los planes de nadie. En su barrio, a espaldas del mundo, sucedió un accidente cultural. Los pibes hartos de muertes, hartos de ser señalados, hartos de que les den la espalda, dejaron de mirar hacia afuera y comprendieron que el problema no lo tenían ellos, lo tenían los de afuera. En los asentamientos de Monterrey hubo un accidente cultural. Se generó un movimiento de contracultura. Ahí donde sucedió algo, en donde nada debía suceder.

Lo real, a través de la ficción. No es necesario hacer un documental para contar verdades. Ambas películas partieron de lo real para volver a lo real. Sus actores son todos actores naturales, actores sin experiencia, actores que vienen de lo real y nos llevan a nosotros hacia lo real, a través de una ficción. El Festival de Mar del Plata esgrimió su pensamiento. El cine y la sociedad cada vez más juntos. Que no se separen, que en estos días de cambios políticos históricos, de golpes de estado y de falsas democracias, el cine, el arte, no deben abandonar a las personas.