1.-  El viejo caballero indigno. La imagen se repetía con cada película que se proyectaba en el Festival, quien la haya elegido lo hizo con buen criterio. José Martínez Suárez, de pie, sonreía a la cámara con esa mezcla de simpatía y caballerosidad que lo distinguió en vida. Había, sin embargo, algo en la foto que cada vez atraía mi atención: sobre el hombro derecho Don José sostenía una vara de madera rematada en un regatón de goma; sobresaliendo por encima de su hombro parecía un fusilo, para mí, un taco de billar. Había algo jocoso en la actitud de su portador. «¿Qué hace Martínez Suárez con un taco de billar?» pensé desde la primera vez que lo vi. Necesité llegar a la última película que me tocó ver, una semana después, para darme cuenta de que no era un taco, ni un fusil; era, por supuesto, el bastón de Don José; aquel que utilizó en sus últimos años, el que acentuaba su aire de enhiesto anciano burgués, protagonista de alguna película de Buñuel o García Berlanga. Un aire burlón, un desafío a su propia ancianidad, como si dijera “no necesito este instrumento” (en realidad lo decía, su frase era: “No me hace falta. Lo uso solo para que me den el asiento en el colectivo”). Una actitud ante la vida. Un merecido homenaje marplatense a su presidente emblema de los últimos años.

Con la discreta emoción de ese recuerdo y abusando de la indulgencia del lector para con este hipotético crítico, dueño de una perspicacia visual que lo lleva a confundir un bastón con un taco de billar, asistí al 34° Festival de Mar del Plata y me atreví a criticar sus películas. Pido a ustedes dispensa y comprensión con las líneas que siguen.

2.- En caída libre. Tal es la trayectoria del festival año tras año; este 2019, con el aliento de los cambios políticos respirándole en la nuca, esa sensación se acentuó y se mezcló con otra, la de que sus responsables eligieron hacer equilibrio sobre la ola del derrumbe macrista, sumándose al aire de permanente soberbia, irresponsabilidad negligente y torpeza en la gestión que caracterizó  a la administración felizmente difunta el 10/12/19. La política de ajuste que fue la herramienta favorita del clepto-macrismo se hizo notoria, más que nunca, en esta edición. Menos películas, casi ninguno de los títulos importantes que circularon durante el año por otros festivales; un hecho hasta cierto punto comprensible si se tiene en cuenta el abismo cambiario que provocó la política económica; pero la escasez de fondos no fue solo consecuencia del delirio neoliberal y el disloque cambiario, sino también del reiterado desprecio a las manifestaciones culturales y la rudimentaria formación intelectual de los miembros del gobierno cesante. La suma de todos esos males obligó, según se comentaba en esos días, a Cecilia Barrionuevo, la nueva directora, a practicar infinitos malabares para cerrar la programación. También, y como cada año desde 2015, hubo menos acreditados, prácticamente ningún invitado, ningún libro editado por el festival (salvo Cuadernos de crítica, compilado por la misma Barrionuevo y Marcelo Alderete), mínimas presentaciones de libros sobre temas vinculados al cine, una actividad habitual de todos los festivales que no exige prácticamente ningún desembolso de dinero. Más: una notoria falta de interés en la difusión de las exhibiciones y actividades de la muestra, concretada en la tristeza de una sala de prensa sin una sola pantalla de PC, una sala pequeña y disfuncional destinada a punto de encuentros que nadie utilizó. Nada de lo que faltó significaba un gasto importante, la menesterosa supervivencia del festival no pareció ser producto de otra cosa que desgano y poco respeto por quienes participan de él como artistas, periodistas o espectadores. Un último ejemplo: a algunos de los jurados de la competencia no oficial no les entregaron siquiera vales de comida; una falta de respeto, coherente eso sí, con la ideología de un gobierno que tuvo un Ministro de Agricultura acusado por reducción a la servidumbre de trabajadores de su estancia. “Estamos de salida” podría haber sido el lema de este Festival. Aun así, hubiéramos esperado un mínimo esfuerzo de sus autoridades para que esa salida se hubiera producido con más dignidad.

3.- Sin embargo. Los festivales, como toda actividad cultural, tienen una lógica propia, o una cuota de azar que a veces les juega a favor. Y aparece una película, o un ciclo, o una retrospectiva, y nos salvan de la tristeza y el abandono. Lógica o azar que este año se manifestaron en Mar del Plata a través de un nombre: John M. Stahl. La retrospectiva dedicada a uno de los más clásicos maestros del melodrama fue un hito (crédito para las autoridades del Festival) que salvó los flacos días junto al mar. El joven crítico ruso Boris Nelepo (todo un personaje en sí, ya presente en otras ediciones del festival) fue el impecable/implacable curador de esta retrospectiva.

John M. Stahl nació en Rusia como Jacob Morris Sterlitzky, se crió en el Brooklyn judío de fines del siglo XIX, y murió en Hollywood en 1950. Su obra, en su mayoría comedias dramáticas y melodramas, permaneció a la sombra de la de otros directores durante mucho tiempo, en especial de Douglas Sirk, pese a que varias de las más famosas películas de Sirk fueron remakes de obras del propio Stahl (las más notorias, Sublime obsesión e Imitación de la vida). Stahl parece el dueño de todos los registros, puede filmar una historia de apariencia costumbrista como Seed (1931), en donde un aspirante a escritor subsiste como empleado de oficina para mantener a su esposa y sus cinco hijos pequeños, hasta que, impulsado por una editora ambiciosa, los abandona y se marcha a París con la editora para volver diez años después, célebre y millonario. La historia, marcada por un realismo en apariencia sin matices y un trío de actores con poco carisma (John Boles, Genevieve Tobin, Lois Wilson), se eleva con sutileza y discreción, mediante una gran elipsis que contiene la partida y el retorno del escritor y una escena final deslumbrante en la que, mediante un plano secuencia de cámara fija, Stahl hace desfilar frente a ella, que ocupa el punto de vista de la madre, a todos los personajes, a modo de tributo y homenaje a la mujer, esposa y madre abandonada. Ese involuntario ballet nos revela que esta mujercita gris ha sido la verdadera protagonista y triunfadora de la película, recibiendo el homenaje final de cada uno.

Cuando llegue el mañana (1939) es, en principio, una comedia en la que los dos protagonistas, Charles Boyer e Irene Dunne, compiten en encanto y elegancia para seducirse. Mientras los personajes transitan del flirteo al amor profundo y comprometido, la historia muta junto a ellos atravesando el manifiesto político (hay una huelga de camareros de bar y una asamblea sindical, en un giro insólito y comprometido para la época) y, ya en la cima del imposible amor recíproco, una tormenta apocalíptica de la que los protagonistas emergen distintos, navegando dentro de una iglesia evangélica inundada, en una metafórica Arca de Noé que los deposita en orillas diferentes, apenas dueños del recuerdo del otro. Que el cielo la juzgue (1945) es una cumbre, del melodrama en poderosa mezcla con el policial más oscuro, de la belleza femenina -Gene Tierney siempre fue bella entre las bellas, pero nunca como aquí, con el evanescente brillo azulado de sus ojos, con la entera maldad resplandeciendo en su divino cuerpo, el estilizado fruto prohibido del árbol del paraíso-. Cornell Wilde, con su rígida expresividad de sopa cuáquera, es su inexpresivo partenaire, el hombre al que hace víctima del amor más destructivo. Stahl debe haber entendido que la belleza absoluta de Tierney no era equiparable a la de ningún galán, se necesitaba un hombre sin sombra, por eso habrá elegido al pobre Wilde. Tierney es un sol que brilla aún en la noche más oscura, un diamante negro que absorbe la luz del bien y la devuelve como una bendición maligna al resto de nosotros, pobres mortales deambulando a las puertas de un paraíso que disimula la entrada al infierno; la contemplación perpetua de la perfecta belleza no es privilegio de humanos, por eso Richard (Wilde) puede finalmente sobrevivir junto a Ruth (Jeanne Crain), una hermosa mujer terrenal. Obra maestra absoluta; como para cerrar la puerta y marcharse satisfecho del mejor festival.

4.- Lo que queda del día. Sin embargo, la alicaída fiesta continuó con sus altas y bajas; del puñado de películas que pude ver, rescataré las dos que siguen.

Nunca subí el Provincia. El chileno Ignacio Agüero ganó (ex aequo con A fevre, de Maya Do Rin) el premio de la Competencia Latinoamericana con este documental íntimo y nostálgico, recorrido por una levedad y una simpatía que lo hacen inolvidable. Agüero filma la casa de su infancia y juventud, la esquina en la que está situada, por la que pasan distintos hombres y mujeres, un río humano que no se detiene y que empuja la evocación del director (“En esta casa mataron a Kennedy, en esta casa murió el Che Guevara, en esta casa Allende ganó la presidencia”). El cerro Provincia, vecino a la casa, atrae la mirada con su altura y su pico nevado. Pero en el incierto presente en que Agüero filma, alguien construye un edificio nuevo que obtura con su crecimiento la limpia vista del cerro. Rescatar las imágenes y montarlas con la arbitrariedad aparente del recuerdo, como lo hace Agüero, es hablar al presente y al futuro al mismo tiempo. Antes o después del edificio que crece, de la casa y del inaccesible Provincia (que siempre está, altivamente inmóvil, obturando a su vez el horizonte), esas imágenes permanecen. El director y aquellos que transitan y testimonian, igual que todos nosotros, pasan para quedarse.

Leap of Faith: William Friedkin on The Exorcist. En este documental de Alexandre O. Philippe, la cabeza parlante de William Friedkin habla sobre su película más famosa. Y la fascinación atemorizada que nos despertó desde siempre su película se repite, esta vez a través de su testimonio (y el de algunos de sus colaboradores), que va desde la influencia de su formación católica hasta los detalles más ínfimos de la adaptación y la filmación. Las grandes películas terminan pareciéndose a soles deslumbrantes con pequeños planetas orbitando a su alrededor; libros, otras películas, revisiones y charlas interminables alrededor de ellas, El exorcista y Leap of Faith…son un buen ejemplo. El placer del cine nunca se termina.

5.- Olas que al pasar. Así, casi tan anónimas como una ola cualquiera, menciono al pasar: A vida invisível de Eurídice Gusmao, la última película del brasileño Karim Ainouz. La moderada decepción de Bitter Bread, de Abbas Fahdel, el director de la monumental Homeland, Irak año cero. La inexplicable (para varios) retrospectiva de Nina Menkes cuya aburridísima y confusa Dissolution se promociona como una versión israelí de Crimen y Castigo. Andá.

Otras voces, otros ámbitos. O los mismos, pero con más ganas. Mar del Plata fue, hasta el fin de la gestión artística de Fernando Peña, el mejor festival de cine de la Argentina. Tal vez no signifique demasiado porque solo el Bafici está en condiciones de competirle; pero al mismo tiempo no es tanto lo que necesita para recuperarse (reclamamos las insuperables retrospectivas del propio Peña). Desde aquí y desde ahora iniciamos la espera.