Llega noviembre y veo que uno más de los objetivos que tenía planeados para este año se ve dinamitado por el contexto sanitario global. Entre esos propósitos que uno se plantea para el año entrante, a fines de 2019 me había prometido poder asistir al Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Junté vacaciones y esperaba ansiosa poder gozar de dos cosas que amo: mar y cine. Pero, si algo aprendí este año, es que nada es inmutable y todo puede adaptarse en esta “nueva normalidad”. Cambiamos la sala oscura por el interior de nuestros hogares y nos disponemos a dejarnos llevar por la experiencia de ver un festival de cine en nuestras pantallas improvisadas, prescindimos del roce con otros ávidos espectadores y de la adrenalina de hacer grandes colas para conseguir una entrada. Es verdad, un poco de épica se perdió en el camino, pero el festival está y las películas están y nosotros también. Entre las muchas sorpresas de esta edición, rápidamente se observa un catálogo repleto de películas argentinas y latinoamericanas y muchas, muchas realizadas por jóvenes mujeres, lo que ya es motivo de celebración. Así que listita en mano y a disfrutar.

Retrato de una lucha: Río Turbio

Bajo las premisas “Viva la lucha minera”, “Vivan las mujeres del carbón” y “Abajo el patriarcado y el capital” se estructura el documental de Tatiana Mazú González, Río Turbio. El impedimento de filmar en la mina por prohibición expresa de la administración del yacimiento carbonífero empuja a la realizadora a rearmar el relato con diversos materiales. Lo que podría ser una limitante, se convierte en una oportunidad para conjugar diferentes fuentes expresivas. Conversaciones de WhatsApp, mails, fotos, maquetas, mapas, esquemas dibujados, testimonios e historias de mujeres militantes son algunos de los documentos con los que la directora construye la historia de un pueblo minero y de las mujeres que habitan en él.

Mazú González retrata la geografía y la sociedad local de una manera sumamente hostil:  tierras áridas, vientos fuertes, niebla enceguecedora y machos abusadores. En este contexto reina el silencio. Explica cómo por décadas se extendió una profunda dificultad para expresar la opresión, la postergación y la dureza del día a día de las mujeres de Río Turbio, un pueblo de hombres. Frente al silencio, la respuesta que se propone es un grito de lucha.

La resistencia y los modos de existencia de las mujeres en Río Turbio es el núcleo duro abordado por la realizadora, quien analiza el lugar al que quedaron condenadas históricamente las mujeres de la ciudad. Las primeras fueron traídas a la fuerza como compañeras de los trabajadores mineros y luego sus hijas nacidas y criadas allí son relegadas a labores de trascendencia irrelevante. La mina, epicentro en torno al que giran todos los intereses del pueblo, es un lugar donde las mujeres tienen la entrada prácticamente vedada, donde su permanencia es asociada a disparatados mitos y supersticiones, donde son considerabas un sexo débil que carece de habilidades para la lucha. En ese mundo patriarcal, un grupo de mujeres (“Las mujeres del carbón”) compuesto por trabajadoras, compañeras, familiares o simplemente por vecinas, se organiza para hacerle frente a los conflictos laborales, cuidar los puestos de trabajo y pugnar por mejoras en las relaciones de explotación. Tenemos mujeres dispuestas a cambiar la historia, mujeres que no solo no se callan sino que braman, mujeres organizadas y unidas que reclaman su lugar en igualdad en esta sociedad. Mujeres que luchan.

Desde una perspectiva feminista, Río Turbio reflexiona sobre la tierra y la forma en que nos relacionamos con el medio ambiente, sobre los sistemas económicos y culturales que sostenemos y reproducimos y sobre lo finito de la vida humana.

Esquirlas, o como contar la destrucción con imágenes

Esquirlas es la ópera prima de la directora cordobesa Natalia Garayalde. Cuando apenas tenía 12 años, la hoy realizadora registraba todo a su paso con una cámara Sony 8mm, comprada con el objetivo de guardar los momentos íntimos de la familia. Fiestas de fin de año, actos escolares, vacaciones, reuniones y paisajes fueron capturados por el ojo curioso de la pequeña niña. También explosiones, bombas, humo, corridas, gritos y llantos. Ambos registros se contraponen, pero forman parte del corpus de imágenes tomadas por la jovencita a mediados de los años 90. Estos documentos fílmicos son la materia prima de Garayalde, quien los retoma para desnudar uno de los más oscuros sucesos políticos y judiciales de nuestra historia nacional, pero también uno de los momentos más dolorosos de su propia historia.

El 3 de noviembre de 1995 explotó una de las dos fábricas militares apostadas en el pueblo de Río Tercero, dejando al menos siete muertos (número oficial), cuantiosos heridos y un barrio destruido. El desgraciado episodio forma parte de un escalofriante hecho de corrupción perpetuado, entre otros, por el entonces Presidente de la nación Carlos Saúl Menem. El relato expone de manera brutal cómo el Estado es capaz de arremeter contra su propio pueblo sin medir consecuencias.

El film presenta una perfecta reconstrucción de la época, donde los actores principales son los habitantes de la ciudad en ruinas y la desidia política. Con una clara influencia del género found footage, el relato está construido gracias a fragmentos de grabaciones familiares, al archivo periodístico y diversas fuentes audiovisuales de procedencia pública y privada. La narración avanza gracias al encadenamiento de estas fracciones de películas y al discurso de la propia realizadora que marca el pulso de la historia. La textura de los soportes originales, desgastados, rotos y virados hacia el verde evidencian el paso del tiempo y la rapidez con los que fueron captados. La conservación de estos materiales en archivos hogareños muchas veces resulta un milagro, ya que allí se encuentran valiosas huellas para reconstruir el pasado, representan vestigios del ayer que ayudan a comprender el presente y el futuro.            

En este doloroso documental, las esquirlas remiten de manera metafórica tanto a los trozos de explosivos que quedaron tendidos en la región, como a los restos a los que quedó reducido el pueblo, pero también, sin dudas, a los pedazos de películas que atraparon en su soporte los violentos acontecimientos. 

Claroscuros: Deja que las luces se alejen

En las primeras imágenes vemos a un gato que desfila entre las hojas, camina libremente por la naturaleza, se detiene a contemplar la selva, se refugia cuando llueve y busca comida cuando lo desea. Esa libertad animal es la que despliega el enigmático protagonista de Deja que las luces se alejen.

El film se divide en dos partes. La primera muestra a un hombre solitario que vive aislado en un monte, sus días pasan sin sobresaltos entre cocinar, dormir, dibujar y deambular por el bosque. En esta sección, la narración se presenta silenciosa, guiada principalmente por la potencia de las imágenes. Allí, el joven director Javier Favot, responsable de esta ópera prima, ensaya constantemente múltiples formas en la composición plástica de sus planos. La pantalla queda cubierta por luces enceguecedoras que se contraponen con negros sólidos, siluetas demarcadas por débiles focos lumínicos, secuencias oníricas y planos fragmentados donde resulta esencial la presencia de los cuatro elementos naturales. El sonido también se ofrece como materia expresiva en las manos del realizador, que revela de qué manera hasta el más mínimo sonido retumba en el silencio de la soledad. 

Los planes se alteran cuando un grupo de amigos acampan en las cercanías del rancho y precipitan algo en el interior del retraído personaje. A partir de allí, la historia se traslada al pueblo donde el ermitaño se reencuentra con parte de su familia. Esta parte no prescinde de la vocación experimental de Favot, que ejecuta desencuadres, cuerpos seccionados por el límite del cuadro y conversaciones interrumpidas.

Lo atractivo de esta original obra se encuentra en el modo en el que se ofrece el mundo. Se esquiva toda secuencia o progresión lógica y evidente, toda relación de causa y efecto; en su lugar, se lanza una invitación a decodificar un universo. 

Río Turbio (Argentina, 2020). Dirección: Tatiana Mazú González. Duración: 82 minutos. Competencia Estados Alterados. Disponible: 24, 25 y 26 de noviembre.

Esquirlas (Argentina, 2020). Dirección: Natalia Garayalde. Duración: 70 minutos. Competencia Argentina. Disponible: 23, 24 y 25 de noviembre.

Deja que las luces se alejen (Argentina, Uruguay, 2020). Dirección: Javier Favot. Duración: 67 minutos. Competencia Estados Alterados. Disponible: 22, 23 y 24 de noviembre.