¿Cómo filmar el movimiento? ¿Cómo detener el vértigo de la historia y observar por un rato la mutación de un país que merodea el infinito? No estoy seguro si Wang Xiaoshuai se ha planteado estos interrogantes al hacer esta película, pero algo en su forma y estructura me hace creer que sí. O para decirlo mejor, en su corajuda manera de plantarse frente al tiempo y el espacio, esas preguntas nunca formuladas se escapan del encuadre y nos invitan a ser pensadas. El dispositivo hace de la rigidez del postulado un sistema flexible, en un vaivén bellamente contradictorio: frente a ese gigante inabarcable que es la china contemporánea, las imágenes son siempre fijas, y dentro de ellas nada y todo se mueve.  En esos planos-retrato en los que la gente parece posar para una foto preparada con total autoconsciencia, o en los que se registran diferentes geografías y lugares de trabajo, siempre algo (o alguien) se mueve. El entorno es una superficie blanda, que invita a ser recorrida mientras los ojos quedan tironeados entre la inmovilidad de algunos cuerpos y el tiempo que corre a su alrededor. En los inicios del cine, al que todavía se lo llamaba cinematógrafo (ojo inhumano y tal vez poético surgiendo del útero de la modernidad), el movimiento de unas hojas en el fondo de un cuadro familiar señalaba la potencia fantasmal y concreta del invento: fijar el tiempo y registrar un devenir. En Chinese Portrait, hombres, mujeres, niños y viejos, se disponen frente a la cámara y clavan sus ojos en el lente. Lo hacen en sus lugares de trabajo o pisando una tierra descolorida y yerma, casi apagada en sus colores ocre. En otros planos, los cuerpos y las máquinas están al servicio de un progreso que no será para ellos. Nada brilla en el recorte que hace Xiaoshuai de su país: ni el piso seco y terroso de las periferias, ni el enclave de las factorías que extraen bienestar para otras bocas; menos lo hacen los campesinos y los pibes harapientos que miran impacientes (de pronto lo impredecible: uno de ellos bosteza y humaniza aún más el procedimiento), o los pasajeros de un tren atiborrado que vuela por los rieles con vértigo ajeno.

En los breves planos-documento de Chinese Portrait, el montaje puntúa una operación precisa y armoniosa entre ética y estética. Muchos son planos únicos en los que el límite del encuadre invita a una mirada atenta a los contrastes, como aquel en el interior de una sala de control donde varias pantallas multiplican un proceso industrial mientras humo, hierro y fuego se mezclan en una danza alucinada, o en el sinfín de unos rieles en los que el sonido preanuncia el movimiento perpetuo de una mina. En otros casos, cuando uno menos lo espera aparece un contraplano o una multiplicación del punto de vista que le escapa a lo programático, volviendo impredecible el instante del próximo corte. El registro alterna libremente entre el formato fílmico y el digital, juega con los anchos de la pantalla, y suma capa sobre capa a este fresco de una sociedad brutalmente asimétrica.

Podría decirse que, con su película, Xiaoshuai apuesta por una fórmula con menos Benning* (un maestro de los planos analíticos, casi matemáticos en su inalterable duración) y más corazón. Lo que se mueve en su interior es el pulso de un país enorme y tensionado por sus contradicciones -esas que tan bien retrata el cine de Jia Zhang-Ke- y que Chinese Portrait captura en sus 79 minutos de vértigo e inmovilidad.

Chinese portrait (Wo De Jingtóu, Hong Kong, 2018). Dirección: Wang Xiaoshuai. Duración: 79 minutos.

Competencia Internacional de largometrajes.

Calificacion 8/10

*James Benning: Director de cine estadounidense, conocido por su estructuralismo a la hora de filmar.