Poner el cuerpo, o Flako a través de la cámara.

I. De los felices juegos de espejos que se despliegan en la película, uno de ellos -quizás el más secreto- ocurre sin estridencias, al promediar la aventura de conocimiento entre Siminiani y Flako. El plano es engañosamente desprolijo, casi un material en bruto: desde una ventana alta, la cámara busca en la calle soleada algún punto de encuadre; la gente va y viene, hasta que el cuerpo de Siminiani se recorta en un extremo, y su voz completa la imagen. El director pauta con su pareja Ainhoa -gran actriz y mejor interlocutora- la mutación de un instante banal, sin rumbo aparente, en un plano cinematográfico. Entonces, sin mediar cortes, irrumpe la (doble) ficción: en ese mismo encuadre, el cineasta y su pareja representan una conversación pasada, ligada a sus incontables vaivenes en la relación con “el Robin Hood de Vallecas”, o Flako, o el tipo que años atrás fue encarcelado por robar bancos emergiendo de las alcantarillas de Madrid. Será una constante en buena parte de la película: la confirmación que para Siminiani toda imagen puede adquirir nuevos sentidos, con las esferas de lo personal y lo íntimo mezclándose con gracia a favor del universo narrativo. 

II. La cámara alterna de un plano general desde afuera a un plano y contraplano de Ainhoa y Siminiani sentados frente al ventanal de un bar. Ella juega muy en serio a interpretar a la mujer de Flako, poniendo el cuerpo a los reparos de una tipa que no logra entender del todo a su marido, quien participa de un rodaje a distancia desde la cárcel, y además está escribiendo una novela alrededor de su historia de vida. Una cierta comicidad campea la escena, como lo hará en toda la película. Es una comicidad serena, llena de aplomo y por momentos bastante incómoda, definiendo la incomodidad como ese estado de alerta en el que nos ponen las películas que sacuden la pasividad.

III. Lo dirá el propio Siminiani en un video que acompaña la proyección: nada es espontáneo en su película, como no lo es en todo su cine. Tampoco en ese video preparado que trasciende el mero saludo para transformarse en una pieza narrativa, en la que los borroneos de la ficción y la no ficción, lo lúdico y la cinefilia puesta al servicio de la estructura del relato asoman como las claves de su cine. Un cine consciente de su fragilidad, que se abre camino con materiales que podrían parecer insuficientes y acaban por ser los más adecuados para sus películas.

IV. Oscuridad absoluta. Una luz forma un círculo por delante de un cuerpo que se mueve inseguro, dando pasos cortos. El túnel es estrecho y enseguida se descubren las ratas, el agua y la mierda de las alcantarillas. Siminiani -en plan alter ego de su personaje-  baja al mundo de Flako, lo recorre, pone sus pies allí donde estuvieron otros con intenciones menos sanctas. Es otra escena determinante de la ética y la poética del cineasta, y como él mismo afirma con la resbaladiza certeza de una verdad, ese bajar a los confines le hará ganar el respeto de Flako, con quien mantiene una correspondencia hace meses, a la espera del momento en que se vean las caras. Lo que será una metáfora un poco inexacta de lo que ocurre, ya que una máscara cubre razonablemente las facciones del condenado, un tipo sin antecedentes criminales pero que de pronto ha seguido los pasos exactos de su padre (alguien que además de “butronero”, también cayó preso con un hijo recién nacido). Una especie de fatalidad, a veces calculada, a veces inexorable, conecta las vidas del director y de Flako, de sus familias, de sus diferencias de clase, de sus mundos que existían sin tocarse, hasta que la curiosidad de Siminiani los junta en su película. Si para el tipo que creció entre traficantes y matones su destino se descubre inevitable, para Siminiani no lo es menos: su película se construye a pesar (y a favor) de cualquier carencia.

V.  Mientras la cara de Flako está cubierta de un material gomoso a punto de secar, su voz en off hace mucho más que acompañar el registro. Allí, la película completa otra de sus jugadas audaces: los roles se contaminan y ahora es él quien completa el universo sonoro de los planos, volviéndose por momentos el guía de la narración. La voz de Flako se vuelve monólogo interior y opinión de lo que se ve: expone sus puntos de vista, observa el material y lo interpela detrás de su máscara impasible, una superficie opaca que muestra tanto como lo que esconde de su identidad, en la que se cruzan tantas contradicciones y dudas como las que desnuda Siminiani sobre su trabajo.

La banda sonora ahora es compartida por un registro doble, o triple cuando aparece Ainhoa. Lejos queda cualquier riesgo de una voz unívoca, que se ponga por encima de la historia o que se cierre en certezas inmutables. Nadie juzga. Nadie busca aleccionar. No parece haber mejor elección que estos “Apuntes” para dar comienzo a un festival tan singular como esta película, y que se anima a ir por más cuando todo lo que nos pasa fuera de la sala conspira en su contra. 

Apuntes para una película de atracos (España, 2018). Guion y dirección: Elías León Siminiani. Elenco: Flako, Ainhoa Ramírez, Elías León Siminiani. Duración: 90 minutos.