MV5BMTU5Mjk3NjgxMl5BMl5BanBnXkFtZTcwMDM5MjA5Ng@@._V1_SX640_SY720_1. Acabo de ver la última película de Cronenberg, A Dangerous Method, en condiciones inadecuadas. Online y grabada en un cine con una cámara personal. Hace mucho tiempo que no lo hacía, pero pudo más la ansiedad. Jung, Freud y Sabina Spielrein son los personajes históricos que forman el triángulo de la película. Freud (Viggo Mortensen) es quien menos tiempo está en pantalla, pero el ascendiente de su figura paterna se hace sentir de principio a fin. El énfasis está puesto en las relaciones de Jung con Sabina Spielrein, paciente que tras curarse, si esto fuera posible, llegaría a ser psicoanalista. Sus escritos tendrían una gran influencia en el concepto freudiano de la pulsión de muerte. La película es un relato terso y fluido, aparentemente todavía más convencional que las últimas dos de Cronenberg. La temporalidad es lineal y los planos-contraplanos abundan. Pero no aburren. Y cada uno de los encuadres obedecen a criterios de significado, discretamente simbólicos en varios casos, siempre concretos. La violencia cívica de las conversaciones es deliciosa. La voluntad de poder que los animaba es puesta en escena por Cronenberg con ironía y afecto. Hay varios momentos graciosos, como cuando Freud visita a Jung y padece jugar de visitante cuando este lo lleva a pasear en yate. La perversión se hace pocas veces explícita y aparece como un dato añadido para configurar con precisión los perfiles psicológicos de los implicados. Están el rigor científico de Freud y la curiosidad metafísica de Jung. La película se acerca a este último con la actitud del primero. O acaso se acerca a los dos a través de Sabina Spielrein, que procura ligarlos.

2. Volví a ver la última película de Cronenberg. Una buena prueba para saber si estamos ante un buen o mal director consiste en ver qué hace con Keira Knightley. Si le saca partido dramático a sus huesos, sabe de cine. Y los huesos del mentón de Knightley son la proa que marca el rumbo seguido por la película de Cronenberg más allá de las convenciones de las películas de época. La relación Jung-Freud está jugada en tono de comedia contenida, y se asienta sobre la rigurosa pasión de Fassbender y la displiscencia fingida de Viggo Mortensen, que nunca estuvo tan divertido. Los tipos están ocupados en ver quién es el que la tiene más grande, mientras Knightley va de uno a otro porque no la tiene. La comicidad se topa con el peso histórico y psicológico de un final casi idéntico al de Promesas del este, con un hombre solo que mira hacia un fuera de campo que es el de su interioridad y el del incierto futuro personal y europeo. El uso de la chaqueta de Knightley por parte de Fassbender me recuerda al que Ford le diera a la chaqueta de Ethan Edwards en Más corazón que odio: objetos a través de los cuales ciertos personajes son maltratados o acariciados por delegación. Hay una escena soberbia que puede verse simultáneamente como manifestación racista de Freud, invirtiendo el rol habitual del judío como víctima, y anticipo del Holocausto. Hay otra en la que el padre y monarca del psicoanálisis saborea voluptuosamente la contaminación de la cultura estadounidense debida a su persona e ideas. Hay un duelo de relatos oníricos con fondo de marítima noche digital. Hay una disputa insoluble entre la postura ‘científica’ de Freud que quiere explicarlo todo por la vía sexual, y la ‘metafísica’ de Jung que se resiste a ella como un hijo a la Ley del Padre o como un poeta a las convenciones del lenguaje. Y hay mucha turbulencia bajo la mansa superficie decimonónica de esta película sin inconsciente.