afiche-ald_bajaBien recibida en el Festival de Montreal en 2012, y luego de una segunda gira festivalera por Pantalla Pinamar a comienzos de este año, A la deriva llega a la cartelera tardíamente (casi para cumplir con alguna especie de calendario que habría que definir cómo se confecciona) en un mes tradicionalmente caracterizado por la merma en la asistencia cinematográfica y pisando las despedidas de fin de año, las nueces y los regalitos navideños. Perdida entre el desinterés y el olvido de la mayoría de los medios de prensa, no logró recoger algo de la atención que se merece. Con apenas 64 minutos de duración y un consciente espíritu ‘quiroguiano’, la ópera prima de Fernando Pacheco se construye lentamente como un pequeño western mesopotámico que, pese a la ausencia de pretensiones –o justamente por ello-, logra arribar a grandes resultados.

Ambientada en un tiempo suspendido –contemporáneo pero incierto- marcado por el anclaje en un espacio selvático definido por la humedad y el terreno rojizo, nos cuenta la vida de Ramón Antúnez (Daniel Valenzuela), despojada de confort y de los signos evidentes de cierta modernidad, modificada repentinamente por la pérdida de su empleo. Con su esposa, su madre y su pequeño hijo a cargo, el trabajo en un aserradero del interior de la provincia de Misiones definía sus rutinas laborales y familiares: de la empresa al bar, alternando los viajes en bicicleta con las cervezas en compañía de su compadre Antonio (Julián Stefan), las cenas familiares y el sexo apático y mecánico del final del día. Cuando el capataz de la maderera le comunica que ha sido despedido, Ramón queda –justamente- ‘a la deriva’: dependiendo de changas ocasionales, del fiado en el almacén de ramos generales, sumido en un estado de angustia muda, enmascarada en sus silencios mientras matea frente al atardecer y escucha las preocupaciones de su esposa.

A partir de entonces seguiremos a Ramón en su intento de salir a flote, de encontrar una ocupación que llene sus horas, que lo regrese a lo conocido y lo retire de ese limbo donde la suspensión estimula los miedos y las incertidumbres. Ese mundo de una masculinidad casi mítica, dispersa en el ambiente como en una fábula, le permite a Pacheco hacer presente realidades concretas que muchas veces se tornan irreales justamente por su lejana ubicación territorial. El trabajo del hombre como eje de la construcción de la identidad, como motor de la búsqueda de un lugar en el mundo, pone sobre el tapete numerosas cuestiones. El miedo al desarraigo, a la incertidumbre del mañana, a las responsabilidades que no se comparten sino que se sufren, son los avatares de hombres atados a viejas concepciones de comunidad –todavía erigida en principios patriarcales- que no parecen próximas a transformarse.

PolacoEl gran acierto de Pacheco es el manejo de una tensión subterránea y consistente que se va tejiendo en simultáneo con el vínculo que Ramón establece con su compadre, el Polaco. Antonio es un pescador que vive con su mujer embarazada, son amigos desde siempre, casi hermanos, y esa amistad es similar a la de los tradicionales dúos del western. El Polaco es un hombre con un espíritu más independiente, más enigmático, que por las noches ‘trabaja’ para Leiva (Juan Palomino) trayendo marihuana del Paraguay. Sin embargo, esa actividad delictiva está gran parte de la película fuera de campo y contribuye a presentar a ese personaje como un outsider, alguien que aún integrado a esa comunidad sigue estando al margen. La fascinación que ejerce el Polaco sobre Ramón va más allá de su disponibilidad de dinero, de su independencia laboral, y se concentra en cierta libertad espiritual que la angustia por el futuro de la familia y los propios dilemas de conciencia le impiden alcanzar a Ramón.

El despojado escenario de los contornos de la selva misionera es tan opresivo por lo que ofrece como por lo que niega. Cansino y moroso, el clima de A la deriva consigue–en parte gracias a las excelentes actuaciones de Daniel Valenzuela y Julián Stefan- transmitir ese aire irrespirable que invade a un mundo que se cierra sobre sí mismo, que se torna cárcel y limbo al mismo tiempo, donde los límites entre lo legal y lo ilegal, entre lo real y lo posible, entre la libertad y la responsabilidad, se tornan difusos. Desafío que, pese a los olvidos de algunos y la indiferencia de otros, vale la pena afrontar.

A la deriva(Argentina, 2012), de Fernando Pacheco, con Daniel Valenzuela, Julián Stefan, Mariana Median, Mónica Lairana, Juan Palomino, 64’.