27: El club de los malditos es una película con fallas evidentes, sin embargo ese carácter no necesariamente hace mala a una película. La historia del cine presenta miles de ejemplos de películas fallidas que a pesar de esas imperfecciones, o quizás gracias a ellas, funcionan desde la frescura y la decisión de llevar adelante una historia con los materiales que están a la mano.

27: El club de los malditos tiene, a simple vista, muchos ingredientes que la podrían transformar en una gran película. Tiene grandes actores como Diego Capusotto, Daniel Aráoz y Yayo Guridi (un auténtico dream team del humor argentino contemporáneo), y tiene a Sofía Gala Castiglione que es quizás la actriz joven más importante del cine argentino en la actualidad. La película de Loreti tiene también un argumento que podría funcionar en términos del cine espectáculo: el asesinato de un joven músico argentino (el Polaco) es presenciado por una fan mientras filma con el celular la imprevista muerte de su ídolo. A partir de esa anécdota minúscula se desata una trama humorística-policial que nunca se atreve a profundizar del todo en ninguna de las vertientes del relato, casi como si el director dudara qué querer contar y cómo hacerlo. El guion, escrito por el propio director junto con Alex Cox, pese a lo ilustre del nombre no es más que una serie de pastiches sin sentido que conectan (o intentan conectar ) la historia de ficción con una serie de músicos ilustres que murieron trágicamente a los 27 años.

Capusotto brilla, como el gran comediante que es, en una par de escenas aisladas que involuntariamente dan cuenta de la película que podría haber sido si Loreti se hubiera atrevido a tomar el tren de la historia de manera decidida. Es como si dudara, a la hora de patear un penal, y le terminara pegando con las dos piernas. Así, no encara ni por el desparpajo bizarro de cierto cine de terror nacional característico de la década pasada, ni se hace cargo de narrar un cuento fantástico abordando esos materiales sin gestualidad postmoderna.

La iconografía pop que enmarca a la película -atravesada por el mito de la muerte de celebridades del mundo del rock como Janis Joplin, Amy Winhouse, Jim Morrison, Jimi Hendrix o Sid Vicious, quien murió a los 22 y por licencia poética ingresa al club- se queda en esa mera mención sin que exista un desarrollo de la trama que permita articular esa mitología, de modo atractivo para el espectador, con la anécdota original. La película podría haber desarrollado con mayor espesor ese tinte de tragedia que enmarca al mundo del rock (y que podría, a su vez, pensarse como síntoma y radiografía de un mundo habitado por los excesos), pero Loreti no logra dar con el tono de lo que pretende narrar.

La trama policial es eclipsada por una serie de flashbacks episódicos que fragmentan el relato impidiendo que la narración fluya como totalidad y condenándola a pensarse como una serie de sketchs con gracia descendente. A medida que esos flashbacks nos muestran la verdad de la tragedia de cada uno de los mitos, el relato se va deshilachando y perdiendo consistencia. Lo que podría haber sido un policial clásico con toques de comedia (al estilo de la extraordinaria Tiempo de valientes de Szifron), potenciado en una dupla carismática y con potencia cinematográfica como la compuesta por Capusotto y Castiglione, queda reducido a su expresión mínima al finalizar la película. En ese sentido, la participación de Yayo (notable actor y que en cine brillara con luz propia en Fase 7) es sintomática de cómo funciona la película ya que el papel que lleva adelante el cordobés se reduce a un cameo inconsistente que no cumple ninguna función sustancial en el relato y que pareciera más propio de un sketch de Sin codificar.

En algún sentido, el fracaso de 27: El club de los malditos como película debería abrir preguntas sobre qué cine popular pretende hacerse en el país y sobre cómo esta generación de directores pretende trabajar sobre los géneros tradicionales (policial, terror, drama, comedia) que permitan finalmente hacer un cine de industria de calidad. Volviendo a Loreti y a su película, podríamos pensar que la mirada irónica y bizarra primó sobre la idea de construir una película tradicional en donde la historia circule de un modo fluido más que efectista, lo cual terminó evaporando la posibilidad de tomarse el propio material en serio. De hecho, la decisión de resucitar a un Jim Morrison español puede ser chistosa de manera asilada, pero a medida que se desarrolla sumerge en lla neblina la potencia de la dupla de Capusotto y Castiglione. De esa manera, todo lo que sucedía en los primeros minutos (los más interesantes por cierto), mostrando a un policía impresentable y por fuera de la ley que servía como metáfora de una institución en decadencia como lo es la policial, nunca llega a levantar vuelo. Ese Torrente criollo que con desparpajo construyo Capusotto al inicio da pistas de la película que podríamos haber visto y que lamentablemente quedó solo en un lindo amague.

27: El club de los malditos (Argentina, 2017), de Nicanor Loreti, c/ Diego Capusotto, Sofia Gala Castiglione, Daniel Aráoz, El Polaco, Yayo Guridi, Paula Manzone, Willy Toledo, Willy Prociuk, Vicky Maurete, 80 ‘.