Me siento a ver la última de Sofía Coppola. Aproximadamente diez minutos después me duermo, de forma involuntaria. Me doy cuenta de esto cuando un ruido (todavía no sé si proveniente de la película, de la calle o del mismo sueño) me despierta abruptamente y veo en la pantalla una escena que ya no puedo hilar con lo visto anteriormente, aunque tampoco imprime cambio significativo alguno. Es como si se hubiera estancado en la chatura característica de aquello que retrata. Apago el televisor y me quedo pensando en su cine, en su puesta en escena siempre pastel, con sus abúlicos y ultra delgados chicos ricos con problemáticas insustanciales. Pastel. Todo es pastel. Pero uno light, sin calorías, sin sabor, que no implica riesgo alguno, ni discursivo ni cinematográfico.

Al cine de Sofía le falta calle, porque evidentemente ella carece de la misma, entonces comprendo por qué siempre se ha interesado por retratar la frivolidad sin una mirada verdaderamente crítica: es que no conoce otra cosa, ella es una pieza más de ese mundo.

Dejo pasar unos días y vuelvo a verla. Noto que la falta de riesgos tiene que ver con que la propia Sofía filma el universo de la banalidad y el glamour con la misma fascinación que sus personajes sienten por ese estilo de vida, como si detrás de la cámara se escondiera una pendeja vanidosa más. Y compruebo que, efectivamente, la película nunca avanza y se convierte en un compendio insulso de reiteraciones aburridas, pero que tampoco alude al aburrimiento de estos chicos adinerados hastiados por el aburguesamiento en el que están inmersos. No. Sofía no tiene la capacidad para correrse de los márgenes de su propia comodidad, de conferir una apreciación ácida sobre esa urbe transigente de la que forma parte.

Si Korine supo valerse de la estética videoclipera a la MTV para burlarse de la decadencia de la cultura teennorteamericana postmodernista –incluso tomando como ícono referencial de ese declive cultural a Britney Spears- en Spring Breakers, a “la nena de papá” no le alcanza con echar mano sobre las formas propias de la estética pop y exponer a las pseudo estrellas representativas de la misma, sino que lejos de parecer burlarse de todo lo mencionado, muestra -como bien lo señala Santiago en su texto- una mirada indulgente al respecto. En la de Korine no nos podría importar menos lo que suceda con ese grupo de pendejitas malcriadas, pero al director tampoco le importa y eso nos libera y nos permite, en todo caso, reírnos de ellas, con él. En Adoro la fama eso es imposible, porque a Sofía sí le importa; pero a nosotros, espectadores, ¿puede, acaso, interesarnos objetivamente que a un grupo de famosos ricachones los afanen otro grupo de mocosos adinerados? Jamás. Y ahí es donde reside el mayor de los problemas de esta película.

El estatismo no es sólo narrativo, sino también formal. La niña Coppola filma de la misma manera, con la misma fotografía y el mismo ritmo cada una de las instancias del relato: presentación, nudo y desenlace. Si bien queda claro que ninguno de sus protagonistas podría crecer ni madurar nunca (como dice anhelar Nicki, una Emma Watson que parece una copia adolescente mal hecha y mal dirigida de la Nicole Kidman de Todo por un sueño, de Gus Van Sant), esto no debería implicar que la película no progrese en ningún sentido. Pero bueno, parece que filmar siempre bajo el ala de papá no le permite a Sofi desarrollarse correctamente, sino más bien todo lo contrario, su cine evidencia una regresión cada vez más preocupante.

Adoro la fama (The Bling Ring, EUA, 2013) de SofÍa Coppola, c/Emma Watson, Leslie Mann, Taissa Farmiga, Israel Broussard, Claire Julien, Katie Chang, Georgia Rock, 95’.