Por Marcos Rodríguez.

Por supuesto que no es mérito exclusivo de Alan Arkin, pero uno no puede dejar de asociarlo caprichosamente con ese gran pelado que se roba toda película en la que aparece (como pasó con Argo, como había pasado hace algunos años con Pequeña Miss Sunshine). A uno le gustaría pensar que fue él mismo quien escribió esas líneas y decidió la manera de mover la cabeza justo antes de entrar en el auto, y que es el dueño absoluto de esa velocidad filosa con que remata cualquier frase. A lo mejor sí, a lo mejor no; el cine es un arte de muchos, pero hay algunos actores que hacen que se doble alrededor suyo para dar lugar a su presencia. A lo mejor a uno le gustaría pensar que es así.

Una cosa es segura: si no fue Arkin el que escribió sus propias líneas en Tres tipos duros, sabemos que sus líneas las escribió el mismo tipo que escribió lo que dicen Pacino y Walken, pero ninguno de ellos les saca chispas. Ahí donde Pacino intenta tirar chistes que caen como fruta pasada, ahí donde Walken construye con silencios, Arkin habla poco (en realidad, aparece poco) y perfecto. Pacino puede hablar sobre los viejos tiempos y sobre vivir la vida, pero es una sonrisa de Arkin la que nos hace sentir verdadera nostalgia. Frente a los chistes (largos, estirados, tontos) sobre la impotencia de Pacino, Arkin aparece apocado y muestra lo que es ser un hombre de verdad. No se trata de que él no necesite viagra, de que vuelva locas a las mujeres con su pija, de que logre más (mucho más) con unas pocas palabras al oído de una chica que Pacino con su batería de gestos y balbuceos. Casi como un infiltrado en la película o un espía que trabaja para el enemigo, Arkin trae consigo una sabiduría seca al corazón mismo de Tres tipos duros y hace estallar (en secreto, un instante) toda la parafernalia de esta película que intenta convertir a los viejos en personas haciéndolos parecer adolescentes.

La escena es fundamental y se nos escapa entre los dedos. Justo después de cumplir su último deseo en el prostíbulo de tradición familiar, Arkin sale de la casa triste, casi derrotado. Deja atrás a dos mujeres que le gritan que lo aman en dos idiomas diferentes. Pacino lo sigue detrás, contento, esperando ver una sonrisa en la cara del viejo amigo al que ayudó a cumplir su máxima fantasía en esta escapada rejuvenecedora que es la aventura de la película, pero ve que Arkin está mal. Pregunta qué le pasa, por qué no está contento habiendo concretado, a lo que Arkin responde que nunca le había sido infiel a su esposa, muerta hace años, con la que vivió durante 40 años. Después se mete en el auto y eso es todo.

Algo de esa pena, de esa culpa, de esa supina insatisfacción se mete en las venas de la película para no dejarnos en paz nunca. Sí, está muy bien que los viejos también vivan, que los días no sean una sucesión sin sentido, que alguien nos venga a rescatar de ese asilo que se parece a una muerte lenta. Pero no se puede escapar. Arkin sabe (o aprende) que el tiempo pasó igual, que las aventuras rejuvenecedoras son simpáticas pero vacías, que las fantasías pueden ser muy lindas pero se evaporan rápido.