Por Hernán Gómez.

A los veinte y tantos me hinchaba las pelotas el género romántico. El origen de la aversión está en ese tremendo bodrio con aires fúnebres llamado Love Story. A principios de los 80 la daban seguido en TV y no podía entender por qué era la película preferida de muchas. La cara de bueno de O’Neal, empalagosa. Todo envuelto en el soundtrack más meloso que recuerdo. La muerte de la protagonista me parecía el golpe mas bajo que había visto hasta entonces. Esa y la muerte de Jon Voight en El campeón se disputaban el primer puesto, así que decidí, a lo sumo, ver comedias románticas, ya que el humor siempre me cayo mucho mejor que el melodrama. A mediados de los noventas, con mi novia de entonces, superábamos los duros inviernos viendo cine. El pacto era bancarse sin chistar películas que el otro quisiera ver. Recuerdo que, después de mirar Reality Bites (Generación X), le sugerí que el corte de pelo de Winona le quedaría bien, pero desestimó mi sugerencia. Un día se apareció con el corte y yo quedé pasmado, la convertía en una especie de reina. Me dijo que de allí en más veríamos todas las películas en las que trabajara Ethan Hawke. Deslumbrado por su belleza, no atiné a otra cosa que asentir y cumplir con su pedido. Así es como llegué a Antes del amanecer. La primera película de la saga comienza con música de cámara, como para trazar los límites de ese encuentro reducido en el que, tranquilamente, podía caber todo el amor. Ese comienzo en el tren, el incidente de la pareja alemana, las miradas de ellos y las palabras que los llevan a entablar un dialogo con pequeñas cargas de electricidad, muy similares a las que experimentamos en la vida real, fue un gran comienzo para un joven amante del cine descreído del amor. Jesse la convence a Celine de bajar en Viena con un chamuyo mas que solvente. Le propone que viaje al futuro y entonces se imagine este presente vivido por ambos si ella acepta, para no quedarse pensando qué va a pasar si no acepta. Así es como obtenemos un boleto para presenciar el enamoramiento más interesante de los 90. La pareja hace un recorrido por la esplendida ciudad y por los vericuetos del amor, tan cristalinos como laberínticos. Largas conversaciones atraviesan la película. Todas remiten al amor de una manera u otra.

Variaciones del amor. El amor, decía Freud, es lo que nosotros proyectamos sobre la otra persona. Y esto suena como una sentencia que nos obliga a pensar que nada es real, que todo es ficticio, que todo obedece a la más pura necesidad. Puedo estar de acuerdo con esa teoría porque me reconozco pesimista, pero también existe el encuentro fortuito, casi inesperado que, de un momento a otro, descarga, como un rayo, mil vatios sobre dos personas que no lo esperaban, y cosa casi juzgada. Es obvio que el desarrollo del dialogo posterior a esas primeras miradas es determinante, pero sólo si todo ha coincidido de una manera sorprendente para que la cosa entre en combustión, como suele suceder en el cine, y entonces se presten atención, se escuchen, se miren, se interpreten. La comodidad natural con que dos personas se pueden comunicar a minutos de verse por primera vez me parece fascinante y puede tener que ver con el destino, pero eso es harina de otro costal. Más allá de las cuestiones físicas ese comienzo es inexplicable. Esas primeras sacudidas y la conversación que le sigue son definitorias. Hay algo que viene desde quién sabe donde y empieza a marchar como si hubiera funcionado durante décadas, pero en realidad son horas, minutos. Mostrarse como uno realmente es no responde a la premeditación, sino aflora desde el inconsciente mas profundo. Nadie puede saber qué habrá después de todo ese rollo químico, tan bien contado por El amor (primera parte), otra gran película sobre el amor con un recorrido mas pesimista o realista. Podría ser una explicación para esa empatía instantánea, y dejaría como consecuencia que uno se puede enamorar muy pocas veces en la vida porque es muy difícil encontrar esas emociones.



Luego el amor se convierte en la construcción que esas dos personas puedan o quieran hacer de ese vínculo. Una vez que se echa a andar, hay tantas variaciones sobre el amor como personas en el mundo. La velocidad con que el tiempo pasa cuando median estas cuestiones no se corresponde con la percepción habitual. El reloj parece correr desesperadamente de regreso al mundo real, permitiendo añorar el próximo encuentro. Linklaterutiliza el tiempo de ese primer encuentro en un lugar recóndito y todas esas cuestiones que en un primer dialogo delatan un posible amor. Antes del amanecer sostiene, 18 años después, todas las virtudes que la convirtió en una película ineludible para mi generación. La escena en la disquería está cargada de una espontaneidad que nunca había visto hasta ese momento en la pantalla. Las ganas de mirarla de él, pensando que ella escucha distraída, mientras ella sabe perfectamente lo que esté sucediendo pero nunca se delata, fueron tan admirablemente filmadas que promueven una comunión capaz de trascender el tiempo. Linklater no deja pasar ningunas de sus influencias europeas: Truffaut, Rohmer y tantos otros que retrataron el amor en todas sus variantes, desde el dialogo, eje amoroso fundamental del que se desprende la pasión, el sexo. No hay posibilidad de amor sin dialogo. La conversación como una variante de la genitalidad, el humor como una variante del orgasmo. Todo esto confluye en Antes del amanecer, con Jesse y Celine como la pareja perfecta o no tan perfecta, vaya uno a saber. Linklater es un romántico y su obra, con aciertos y errores, lo delata.