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“Y estos niños a los que les escupen mientras tratan de cambiar sus mundos son inmunes a sus consultas. Son muy conscientes de lo que están viviendo”

David Bowie.

Boyhood es la última producción del reconocido Richard Linklater (Escuela del Rock, Antes del amanecer, Antes del atardecer, Antes de la medianoche) y constituye uno de los manifiestos más abiertos de toda su trayectoria, ya que hilvana con maestría una síntesis de muchas de sus grandes obsesiones. Cuestiones como el tiempo, la autoridad, la intimidad y la responsabilidad, entre grandes tópicos narrativos, serán explotados (aunque a veces de manera forzada) y sometidos a prueba de fuego a la luz de cada secuencia. Boyhood se centra en el recorrido de la niñez, la adolescencia y la adultez incipiente que se hace carne en  Mason Jr. (Ellar Coltrane), un joven texano de aspecto bucólico, protagonista de la película retratado en su papel durante doce años.

El tiempo es, sin duda, el gran tema de la película y, a contrapelo de lo que podría desprenderse de una mirada algo inocente, no es el paso unidimensional y lineal del tiempo el que se expone sino, más bien, la actualización psicológica del estado de conciencia de los personajes. Es más, hasta cierto punto, nos sería lícito proponer la existencia de una mirada plenamente bergsoniana del tiempo, en la que la realidad exterior es solo una de las dimensiones posibles en la que se despliega la dureé: creación, sucesión, dinamismo, movilidad, imprevisibilidad, irreversibilidad. En efecto, la película se inicia en un momento arbitrario en la niñez de Mason Jr. y transita instantes imbuidos de una linealidad tranquilizadora que sólo resulta aparente y que deja de tener potestad como tal cuando Linklater escoge –de manera casi militante- el índice por sobre el ícono.

Las escenas que actualiza Boyhood juegan con el convencionalismo y se  mofan, hasta cierto punto, de la tradición del  rito del pasaje. Por ello, no hay sexo, ni exploración con drogas, ni peleas por la popularidad en la escuela, o mejor dicho, sí las hay pero subyacen detrás de los gestos y las acciones  que movilizan a los protagonistas. En ese sentido, toda la potencia está en retratar en esa singularidad  trivial y pequeña pero que ha mellado, de alguna manera, en la conciencia. Así, la escena de “revelación” de la adultez que el ya asentado padre (Ethan Hawke) e hijo sostendrán frente a un paisaje imponente y apolíneo, no será tal: no versará sobre aquellos grandes tópicos de la adultez sino sobre alguna fruslería cotidiana. En oposición, como imagen desmontable, se encuentra aquella escena del café de mala muerte, en la niñez de Mason Jr., en la que el padre cool, conversa sobre sexo con sus  dos hijos. Lo excepcional es construido -y deconstruido- permanentemente con una mirada; lo general: el sexo, el primer beso, el divorcio de los padres, se narra siempre desde el vacío y la ruptura. Inútil es buscar violencia en el argumento – por más que exista-,  los giros en el guión y la ausencia en la narración resultan efectivamente más virulentos.

download-164Por otro lado, el tiempo así planteado devela, con cierta crítica,  todas aquellas narrativas familiares posmodernas que mantienen la textura emocional en torno a la estabilidad, la felicidad, la armonía y la unión, pero con un sentido apriorístico de corta duración, “que dure lo que tenga que durar”; una sentencia bastante popularizada en nuestra sociedades  vinculada a la búsqueda desesperada de un bien-estar aunque sea transitorio.

Sobre la cuestión de la responsabilidad, otro de los grandes fantasmas de Linklater, resulta bastante interesante  analizar las interacciones entre Mason Jr., su madre y su papá y su hermana, Samantha -Lorelei Linklater- y cómo aquel “hacerse cargo”  no solo supera la elección individual sino  que también constituye parte importante del interjuego con la herencia. Para ello basta ver el conmovedor discurso de Patricia Arquette –excepcional en su rol-  cuando su hijo parte a la universidad (¡Otra que Andy en Toy Story!): hay allí todo un acto declamativo; no hay reconocimiento a la abnegación materna ni abyección absoluta a la presencia intermitente del padre; es decir, no se propone algo que podría considerarse como una meritocracia. De hecho, la madre esperaba un discurso sustitutivo para no sentir hasta los huesos tanta ausencia, tanta falta de futuro –como dice Beck- Gersheim  “un hijo cuesta trabajo y dinero, es veleidoso, te liga a una rutina y es el dictador de tus necesidades–, y con la fuerza de sus cuerdas vocales y el brillo de su sonrisa impone a los padres su ritmo vital de criatura. Es eso, justamente, “lo que lo vuelve por otro lado, tan insustituible”. En oposición a Escuela de rock, donde el genial Jack Black actúa como impostor y  descubre una lección que interioriza respecto a la responsablidad, aquí no hay sanción para la procastinación adulta o joven.

Finalmente, un párrafo aparte merece la mirada sobre el concepto de autoridad. Richard Sennet señala que “el cuidado de los otros es, en realidad,  el don de la autoridad” y en esa dirección la película evidencia un caleidoscopio de personajes que ofrecen múltiples estrategias que intentan construir autoridad legítima sobre los jóvenes (desde el padre empático y piola, la madre protectora, los abuelos tradicionalistas, etc.) aunque, hacia el final, los pocos discursos que se mantienen son aquellos que han sabido exponer la ausencia y su vulnerabilidad, y en ese silencio aun interpelan cierta performatividad futura.

Aquí puede leerse un texto de Marcos Vieytes y otro de Marcos Rodríguez sobre la película.

Boyhood (EUA, 2014), de Richard Linklater, c/Ellar Coltrane, Patricia Arquette, Ethan Hawke, Lorelei Linklater, Elijah Smith, 165’.