Por Luciano Alonso.
Aquí pueden leer un texto de Paola Menéndez sobre la película.

Detrás de las fábulas se esconde una moraleja y, detrás de la moraleja, una pedagogía paternalista. Hollywood cumple con la función prehistórica de condicionar nuestras creencias y comportamiento, en beneficio de sus propias postulaciones sobre lo bueno y lo malo, repitiendo -una y otra vez- una canción que sabemos de memoria: la sociedad funciona. El hombre es bueno. Lo bueno es mejor. Si te portás bien, serás recompensado y si te portás mal, serás castigado. Y así es como todos podemos (obedeciendo la norma) convertirnos en ciudadanos ejemplares de la sociedad presente y futura.
           
Uno puede estar a favor o en contra de esta visión sesgada y paternalista de Hollywood, pero lo cierto es que esta visión tiene una innegable coherencia histórica.
           
Ahora bien, los valores que sostenemos como sociedad, y las ideas que tenemos sobre lo bueno y lo malo, se modifican progresivamente, y hace rato que Hollywood nos devuelve una imagen especular que desarma cualquier utopía humanista del pasado. Lo que comenzó siendo un proyecto altruista se ha deteriorado progresivamente, dejando entrever las fallas de un sistema disfuncional que no hace otra cosa que promover el egoísmo y la supervivencia, siempre cuestionable, del más fuerte. (¿El más fuerte según quién, según qué parámetro?)     
           
Otrosí, debería preocuparnos menos que el mito cumpla una función pedagógica o no, que el hecho de que asistimos a un progresivo desplazamiento de sentido sobre lo que se considera bueno o malo. Este desplazamiento pasa casi desapercibido. No obstante, este desplazamiento ocurre y ciertas películas acusan su impacto. En este sentido, Después de la tierra sirve para ilustrar este estado de cosas. 
           
La matriz argumental es un cliché, aunque no deja -por eso- de ser totalmente efectiva. Es una matriz absolutamente sólida. Es como tratar de hacer un chiste y comenzar diciendo: “Entra un tipo a un bar y dice…”. Siempre funciona. El planeta tierra ha sufrido un colapso por error del hombre, que no ha sabido administrar los recursos naturales con sabiduría. Tienen que evacuar a la población hacia otro planeta, pero para sobrevivir a ese planeta, deben aprender a combatir contra cierta raza alienígena monstruosa y asesina. Desde luego, se trata de un argumento tan original que merece un Oscar.

La cosa es que la única manera de combatir a los aliens es la capacidad de desarrollar la valentía. Los aliens huelen el miedo. Si uno no siente miedo, se vuelve invisible para ellos. Cypher Raige no siente miedo, nada de miedo, y por eso se ha convertido en una leyenda viviente. Desde luego, su hijo lo admira y espera seguir sus pasos.
           
En una misión que los incluye a ambos, una misión que debería haber sido de rutina, todo sale mal de manera imprevista. Una lluvia de meteoritos obliga a la nave a realizar un aterrizaje forzoso y -hete aquí- que la casualidad quiso que ese aterrizaje se realice en el planeta tierra, ahora declarado nocivo y perjudicial para el ser humano. Todos los tripulantes de la nave mueren excepto Cypher Raige y Kitai, su hijo. Cypher Raige está herido y no puede moverse. La única chance que tienen de sobrevivir es encontrar la baliza que ha quedado a tantos kilómetros de distancia de donde se encuentran ellos (la nave se ha desarmado en varias partes), por lo que toda la responsabilidad y esperanza recae en Kitai.
           
Así es como Kitai emprende numerosas aventuras por sobrevivir, con la esperanza de poder cumplir con la misión de manera satisfactoria.
           
El final es tan predecible y obvio que ni siquiera me voy a tomar la molestia de revelarlo. Antes bien, aclaro que no me molesta su obviedad. De hecho, me satisface. Estoy harto de los golpes de timón que se suponen sorprendentes y resultan cancheros. No me quejo de un relato obvio. Pero quiero poner de manifiesto que detrás de tanta obviedad hay un discurso siniestro, y quisiera desenmascarar la falsa sensación de que asistimos a una película noble, con un discurso que promueve valores que todos suponemos loables. Para ello, es necesario pensar y analizar la película en conjunto, prestando debida atención con espíritu crítico.
           
Para empezar, la misión que realizaban antes del accidente no tiene nada de altruista, era una misión de rutina. Luego del accidente, la misión de “rescate” sirve únicamente para rescatar a dos personas. Si realmente el planeta tierra estuviera en guerra, ¿valdría la pena realizar un operativo que insumiría un costo altísimo únicamente para rescatar a dos personas? La respuesta, obviamente,  es que sí, siempre y cuando esas personas sean un héroe y su hijo. Esto es ciertamente dudoso, pero digamos que está bien. Digamos que un héroe es mucho más valioso que un ser humano promedio y que, por esa razón, merece que el mundo entero haga lo que sea por conservar su vida. Si esto es así… ¿qué nos queda a nosotros, los espectadores, como moraleja? ¿Que nuestras vidas solo valen la pena si somos capaces de convertirnos en héroes? Y ¿qué pasa si esto no es así?
           
Después de la tierra insiste con el mito del héroe, con lo valioso del hombre fuera de lo común. La cuestión es que ese hombre extraordinario es un hombre irreal, y detrás del mito del “superhombre” hay una didáctica de la sumisión del soldado que conseguirá la consagración a través de la sobreexigencia, la arrogancia y el culto a la personalidad y las pasiones patrióticas desatadas. Para ser un buen soldado, es necesario no tener miedo. De una manera tan simple es como el poder consigue establecerse y manipular a los crédulos, obligándolos a que se conviertan en sus sicarios, otorgándoles falsas promesas de gloria.

A fin de cuentas, toda la película es una impostura. Promueve un modo de pensamiento irreal y belicista. Por lo demás, es una película perfectamente a tono con ciertas ideas en boga según las cuales ya no importa analizar los fenómenos complejos con espíritu crítico, sino la promoción de la superioridad del guerrero sobre todas las cosas.