A propósito de Django sin cadenas, por Marcos Rodríguez

Espectadores sin cadenas. No hace falta ser un cinéfilo descifrador de referencias para darse cuenta que en Django sin cadenas Tarantino está trabajando desde una matriz épica, ni son decisivas las reminiscencias al western y al spaghetti western de los títulos o la música. Queda claro desde la primera escena en la que se encuentran los personajes de Django y el Dr. Schultz. Después de matar a uno de los comerciantes de esclavos, el Dr. Schultz (Christoph Waltz) se acerca para sacarle las cadenas de los pies a Django. Vemos sus pies con la carne viva alrededor de los tobillos. Schultz le dice que vaya a buscar el abrigo del hermano muerto y Django (Jamie Foxx) se aleja de él caminando. Mientras avanza, el Dr. Schultz sigue con lo suyo, pero en un instante lo mira de reojo y se queda sorprendido al ver lo que ve: un plano en ralenti nos muestra la figura ligeramente encorvada de Django, que de pronto se libera de la manta con la que se tapaba y muestra orgullosa todo el ancho de su espalda marcada por látigos. En ese momento el Dr. Schultz intuye algo de la épica que encierra su coprotagonista.
El siguiente momento en la construcción mítica de Django como héroe se da en la escena en la plantación donde la pareja de cazarrecompensas va a buscar a los hermanos Brittle. Django logra averiguar dónde se encuentran y va hacia ellos. Un flashback (que en realidad son dos momentos intercalados) nos muestra el intento de fuga infructuosa de Django y su esposa, y los azotes de los Brittle a la mujer luego de la captura. Ahora los hermanos están a punto de azotar a otra negra porque rompió unos huevos. De pronto, cuando el hermano mayor Brittle (cuyo cuerpo está cosido con hojas de la Biblia) está a punto de dar el primer latigazo, aparece Django. La escena arranca con un plano general ligeramente contrapicado: vemos a Django desde abajo, contra un árbol que recuerda a un sauce llorón. Trae puesto ese traje azul ridículo que funcionó como comic relief en dos chistes consecutivos, pero algo en su postura y su expresión le presta una dignidad enorme. La cámara se acerca con un travellingque termina encuadrándolo en un plano medio. La postura, el ángulo, el fondo, los colores, el momento (inmediatamente posterior a ese flashback terrible y hermosamente musicalizado) conforman una imagen icónica clara, buscada, lograda, fundamental. Django es el hombre que se enfrenta a los que manejan los látigos.
Así la película va construyendo una cierta idea de su protagonista, pero el elemento clave aparece recién en la segunda mitad, cuando Django averigua donde está su esposa y viaja a la estancia de monsieur Candie (Leonardo Di Caprio) para intentar rescatarla. La caravana en la que viajan Candie, el Dr. Schultz y Django Freeman avanza por el verde camino a la plantación. Hay un carro, muchos hombres de a caballo y atrás, al final de la cola, vienen unos negros, esclavos nuevos de Candie, que van a la plantación. Entre los negros, una y otra vez la cámara de Tarantino se concentra en los ojos de uno en particular: uno que mira con recelo a Django, casi con furia y asco, porque piensa que es un comerciante de esclavos negro (y, como explicó antes el propio Django, eso es lo más bajo en lo que puede caer un negro). Mientras avanzan hacia la plantación, Django nota que ese negro lo mira con desprecio y le grita para que siga caminando sin mirarlo. A partir de ese momento, ese negro anónimo es la pieza que viene a completar el rompecabezas de Django sin cadenas.
Ya en la entrada de la plantación, otra vez la cámara en los ojos de ese negro pone en evidencia que esa figura anónima (ese esclavo en un mundo de esclavos) es la pieza clave que Tarantino necesita para redondear su héroe. Se da en la escena frente a la puerta de la Casa Grande: aparece Stephen (el negro que comanda a los negros, apenas un desagradable escalón por sobre el negro traficante de esclavos, interpretado por Samuel L. Jackson) y empiezan a saltar las chispas. Que si el negro este y el negro aquel. El negro liberado insulta al negro colaboracionista y este llora frente al amo blanco. En medio de ese tiroteo está el negro anónimo, que completa el triángulo: los ojos sin nombre que miran asombrados, resentidos, sin comprender el juego de roles que se despliega frente a él.Ese mismo negro espectador vuelve a aparecer cuando termina el primer episodio en Candyland. Django fue vendido a una empresa minera y va caminando atado atrás de un caballo. En la jaula, adelante, van tres negros, tres esclavos de Candyland, que fueron vendidos también y se encaminan a lo que se considera un destino peor que la muerte. Una y otra vez la cámara de Tarantino se concentra en los ojos de ese mismo hombre, que desde atrás de los barrotes vuelve a mirar sin comprender mucho el drama de Django. Cuando sus nuevos dueños se acercan a la jaula para preguntarles a los esclavos qué saben sobre aquel, este negro dice seguro (con un tono que es resentido pero a la vez admirado): “Ese no era esclavo”. Él sabe, siempre supo, desde el primer momento en que lo vio, que ese negro no es como los otros. Hay algo diferente en cómo se mueve, en cómo habla, en su andar libre. Supieron por rumores que aquel negro único no era un comerciante de esclavos, como decía ser, sino un cazarecompensas: una criatura bastante más extraña, pero no necesariamente menos despreciable. Gracias a esa ayuda involuntaria de los esclavos, Django logra engañar a sus nuevos captores y los termina matando. Con una ligera sonrisa, sin haber entendido del todo la trama que se desarrolló frente a sus ojos, ese negro anónimo mira a Django subirse a un caballo y cabalgar libre hacia la venganza.

Para completar el sentido mítico de Django, Tarantino sumó a su película a un espectador privilegiado en la ficción para terminar de darle un carácter épico y popular a su personaje. ¿Para quién es un héroe Django? Para los demás negros, que lo miran maravillados. El propio Candie lo dijo un poco antes: “Siempre me pregunté: ¿por qué no nos matan?”. No hay respuesta. ¿Por qué los negros, que son muchos más en el Sur que los blancos (por lo menos en el universo que plantea Tarantino) simplemente no se dan vuelta y matan a los blancos que los esclavizan? Porque falta que venga Django. A través de su historia particular (una de venganza pero, sobre todo, de lucha por amor) Django va dejando atrás sus cadenas y aprende a caminar con la espalda erguida. Y es ese andar lo que resulta peligroso: todos los dueños de plantaciones lo notan enseguida. No importa si es un hombre libre o no, no puede andar así frente a los demás esclavos.Django es peligroso porque frente a esos ojos inocentes, ignorantes y sufridos tiene todo el potencial del héroe, de la figura que guía como un ícono para pelear. Los ojos de ese negro anónimo que lo vieron montar un caballo, matar blancos y salir galopando como una figura más grande que la vida son los que pasarán a contar esa historia de boca en boca, de negro en negro, de narrador a espectador, hasta formar una leyenda popular. Poco antes del final, cuando ya todo Candyland estalló en llamas, vemos un flashback del entrenamiento de Django en la nieve. El Dr. Schultz, todavía vivo, dice: “Te van a conocer como el pistolero más rápido del Sur”. Lo que sobrevive al Dr. Schultz, a Django y a la propia película es la leyenda que seguirá circulando de boca en boca. No por nada la última imagen que Tarantino decide mostrar en Django sin cadenases ese plano medio de los tres negros dentro de la jaula, con la puerta ya abierta, que miran asombrados cómo Django se aleja a caballo en el horizonte. Hay un silencio y uno de los negros pregunta: “¿Quién es ese negro?”.

1 Comentario

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Daniela Camposrespuesta
28/01/2014 en 16:56

A mi me parece que es una gran película, a pesar de tratarse de una película que refleja un tema fuerte como lo es la esclavitud , me gusto la cinta de Quentin Tarantino Django sin cadenas, aunque maneja muchas escenas cargadas de sangre, de disparos y de pelas que deja cierta moraleja sobre estos temas polémicos.

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