Por Hernán Gómez
 
 
James Wan dirigió el El juego del miedo en 2004 e inauguro la porno tortura. Detesto el fin del pudor en el cine de terror. No hay nada que bastardee mas el genero que la consolidación de lo explicito. La tortura (en todas sus claves) es, decididamente, una de las zonas más sombrías del ser humano, y no deja lugar a ningún tipo de metáfora. Sólo me divierte cuando todo es una gran broma, potestad del cine trash. En La noche del demonio (Insidious, 2010), su película anterior, Wan ensaya un relato clásico simpático, por momentos inquietante, con fantasmas, hipnosis, médiums y, otra vez, Belcebú.
 
Si compraste una casa del mil novecientos a la vera de un lago en alguna zona rural de Estados Unidos y decidís mudarte con tu familia, no es ni más ni menos que el principio del fin de tu oscura e intrascendente humanidad. Así arranca El conjuro, caminando por un terreno ya transitado una y mil veces, que todos sospechamos donde termina. Explotando el clasicismo desde su comienzo, y administrando de forma notable los recursos, somos arrastrados de a poco en la pesadilla de los Perron, una familia de clase media baja compuesta de padre, madre y cinco hijas, que compró una casa semi derruida con sus últimos dólares. Ahí mismo anida el demonio y, como en la viejas épocas, elige la noche y el off para presentarse a sus huéspedes y no detenerse en la posesión de la madre -la gran Lili Taylor- y así rendir el superlativo tributo a Satanás del sacrificio de las niñas a manos de su progenitora.

 

En pleno otoño, un hediondo olor a carne podrida llama la atención de las niñas. Los aplausos en off -la mismísima llamada del diablo- comienzan a infectar el aire del la casa, de la historia y de la sala que, plagada de jóvenes bulliciosos, al cabo de quince minutos hacen silencio y apenas muestran su humanidad en los sobresaltos ante cada minúsculo indicio de que el diablo esta presente. Un sótano de manual y planos vacíos son los que anticipan la opresión que está al caer. Antes de que el demonio haga su presentación, dos imágenes trastornan: la niña sonámbula golpeando su cabeza, tenue pero regularmente, contra un viejo ropero, y las manos que salen de entre la ropa del armario. De inmediato comencé a notar que mi cuerpo liberaba adrenalina. Idéntica fue la sensación que tuve en el 2005 con El exorcismo de Emily Rose, otra película basada en una historia real, y donde el anticristo da una muestra acabada de su poderío.
 
 


Ed y Lorraine Warren fueron los miembros de la pareja que, en aquellos años sesenta y setenta, investigaron la mayoría de los hechos paranormales que se suscitaban a lo largo y lo ancho de EEUU, incluso el famoso caso de Amityville. Los Perron, desorientados por el crecimiento de la bestia, acuden a ellos para encontrar la punta del hilo que los llevará hacia el infierno mas temido. Lorraine – la inquietante Vera Farmiga- comienza a ver, en tiempo real, las fuerzas que habitan la casa, y su intranquilidad se desparrama en la pequeña comunidad que decide combatir el mal con la tecnología de la época. Ed – Patrick Wilson- y sus asistentes buscan los rastros de las apariciones con máquinas fotográficas, micrófonos que toman el sonido ambiente y cámaras.

 
Wan no hace más que combinar con sabiduría todos los elementos, para así adentrarnos en el plano más bien sensorial del relato. En algunos momentos, con un poco más de información que la que tienen los personajes, nos manipula a su antojo y nos perturba de forma saludable, como sólo el cine de terror puede hacerlo. De ahí en mas, una ofensiva diabólica que impregna todo con un aire sepulcral, y la bruja que no cesa en su afán de poseer. El mayor acierto de la película es prescindir de la digitalización, trabajar el ambiente y enturbiar todo de materialidad. El miedo está presente cuando uno puede presentirlo ahí detrás de la puerta donde la oscuridad nos convida nuestros máximos temores.
 
El conjuro (EUA, 2012), de James Wan, c/ Vera Farmiga, Patrick Wilson, Lili Taylor, 112′.
 
Por Marcos Vieytes.
 
Una de las más famosas, aunque también de las más flojas, sagas estadounidenses del cine de terror fue la que giraba alrededor de los sucesos de Amityville. La realidad ha resultado ser, al menos en este caso, mucho más interesante que la ficción. Después de que un muchacho asesinara a sus padres y hermanos diciendo que unas voces le habían indicado que lo hiciera, un matrimonio con tres hijos se mudó a la casa del siniestro por dos pesos. Sólo vivieron un mes allí, pero dicha estancia bastó para que todos se hicieran famosos. Mal olor, ventanas que se abrían y cerraban solas, sombras, levitaciones, un padrastro ex marine interesado en la brujería, varios periodistas y una multitud de médiums y demonólogos, entre los que se contaron los famosos Warren que reaparecen como personajes en El conjuro, desfilan por el documental My Amityville Horror (Eric Walter, 2012), que entrevista y sigue al hijo menor de aquel matrimonio, Daniel Lutz, cuya primera persona es la del título, que hace referencia a un horror cuyos signos se observan en la psique perturbada del protagonista. Además del terrible trance de ver a un hombre trastornado e inestable en el que todavía se distingue la presencia de un niño cuyo proceso de crecimiento se ha visto irremediablemente violentado, es imperdible el momento en que visitan la casa-museo de los Warren, espacio que también aparece en El conjuro, y conocemos a la demonóloga viuda Warren que encarna Vera Farmiga (Up in the Air) en la película de Wan, y a dos gallos insidiosos y malignos. A propósito de esta gran actriz, la religión y la salud mental, hay una notable película de 2011 llamada Higher Ground que se ocupa de los efectos de la crianza religiosa ortodoxa en una pareja con hijos. El sentido del humor ateo resultará irreverente para un creyente, pero también es el signo de la desesperación del personaje femenino que no consigue adaptarse al cerrado círculo en el que se encuentran todos sus afectos. Su monólogo final es tanto respetuoso de la creencia -por no decir el misterio- del otro, como doliente, y parece haber allí algo más que pericia literaria: la experiencia personal de una mujer llamada Carolyn S. Briggs, en cuyas memorias se basa esta película no sólo protagonizada, sino también dirigida, por Vera Farmiga.