the-wolf-of-wall-street-poster-poster-1086002876El cine devuelve una imagen especular del mundo, revelando su belleza y fealdad. Scorsese es tan buen director que sería capaz de lograr momentos cinematográficos intensos y admirables incluso cuando -tras el fulgor de la espectacularidad- descubriéramos que lo que está contando es, después de todo, una inmensa tontería. ¿A quién puede interesarle realmente el submundo bursátil de Wall Street? ¿La historia de un tipo ambicioso que se hace millonario a través de estafas en la Bolsay que después pierde su fortuna? Prefiero coger.

¿Por qué, entonces, los críticos cinematográficos y el gran público (en líneas generales) sienten una fascinación tan grande por El lobo de Wall Street? Misterio.

¿Por qué, entonces, yo mismo siento una fascinación tan grande por El lobo de Wall Street? Misterio.

A partir de aquí, es cuando el lector y el narrador se desorientan por igual y todo se confunde.

Repasemos: Mean Streets es una película alucinante, absolutamente perturbadora. La intensidad con la que se representa la violencia (ideológica y estética) alcanza dimensiones cinematográficas absolutas. El montaje sonoro decanta por lo sensorial y transmite con sutileza y exactitud la esquizofrenia del director. Los personajes son ambiguos y Scorsese intenta revelar la complejidad de tales personajes, a través de mixturas improbables y grandiosas. Mientras más se zambulle uno en Mean Streets, más se vincula con los personajes y su extraña e ineludible mistificación. Johnny Boy es un salvaje que no puede adaptarse ni a los buenos, ni a los malos. La atracción y la repulsión por la familia y las instituciones son constantes, tal como la sensualidad y la voluptuosidad, aceptada y rechazada, en tensión, en permanente conflicto.

Pasaron 40 años desde Mean Streets. Ahora es el turno de El lobo de Wall Street y las correspondencias entre una película y otra son notables. Reducida la película a su esquema narrativo, se revela un mismo denominador común: son películas que están irremediablemente vinculadas, comparten un mismo espíritu, un mismo universo estético e ideológico. Esto no es una crítica, es una observación. La cuestión es que entre una película y otra ha corrido demasiada agua bajo el puente.

¿Por qué, entonces, Scorsese decide no reinventarse? ¿Por qué decide volver sobre sus propios pasos? ¿Apostar por la misma vieja maquinaria? Podemos ensayar varias respuestas: quizás se dio cuenta de que esto es lo que mejor sabe hacer, de que esta es la historia que mejor sabe contar. Desde luego, estaría en lo cierto. Quizás se dio cuenta de que no tiene sentido experimentar, que reinventarse no vale la pena, que es mejor apostar por modelos y patrones clásicos, que demostraron ampliamente su funcionalidad. Desde luego, estaría de acuerdo.

Ahora bien, la gente insiste en ver excesos allí donde no los hay. La gente insiste en ver transgresión y vanguardia, donde sólo hay técnica y limitación. Me gusta que Scorsese, que ya es un señor grande, todavía demuestre que puede ponerse punk, si quiere. Pero no hay que olvidarse que es un señor grande y cuando la gente grande se disfraza con ropa punk, lo único que consigue es hacer un poco el ridículo.

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Explorando una sensibilidad que se adelantó -como mínimo- setenta años a su época, Jean Genet sostenía que era capaz de embellecer el crimen, tras adornarlo con flores. Por su parte, Scorsese es capaz de llenar de glamour a un personaje tan irremediablemente aburrido como Jordan Belfort. Esto no nos dice nada, excepto que alguien que sabe contar una historia ejerce fascinación sobre los oyentes/ lectores/ espectadores, incluso cuando la historia que cuenta carezca de todo atractivo.

¿Es El lobo de Wall Street una gran película? Sí. ¿Vale la pena verla? Sí. ¿Es una película fundamental? Probablemente. ¿Y entonces, de qué te estás quejando?

No, no me estoy quejando.

Lo que pasa es que no comparto lo que ya es tendencia y quiero decirlo, dejarlo en claro: Scorsese está viejo y mientras más se aferra en demostrarnos lo contrario, más se pone en evidencia su chochez. Mean Streets, en 1973, fue revolucionaria. Mean Streets, en 2014, es una antigualla. Todavía hermosa, como son hermosas todas las cosas intempestivas, pero absolutamente demodé.

¿Todavía hay gente que se escandaliza y excita ante la posibilidad de que una obra artística sea capaz de embellecer actividades con las que está ética y moralmente en desacuerdo? Parece que sí. ¿Es que estamos en 1970 y no me di cuenta?

Por momentos, El lobo de Wall Street es muy divertida, ¿quién puede negarlo? Algunas personas se quejan de su duración, un asunto que me tiene sin cuidado. En lo que a mí respecta pienso que incluso podría haber durado una hora más y no hubiera perdido nada de su intensidad.

wolf-of-wall-street-restaurantsEn conclusión, no me parece larga ni aburrida. Simplemente, me parece vetusta. La elección de las canciones, la insistencia en filmar el exceso, la búsqueda del golpe de efecto. Todo me habla de un director que todavía divierte pero que está fundamentalmente envejecido. Un viejo copado, pero un viejo al fin. El lobo de Wall Street es, fundamentalmente, una película inofensiva.

Hay, en El lobo de Wall Street, una curiosa inversión de la fábula del lobo y el cordero. Por lo general, suelen ser los lobos los que se disfrazan de corderos para revelar, finalmente, su salvaje naturaleza. Pero aquí lo que tenemos es un cordero que se hace pasar por lobo, acaso porque esta suerte de rebeldía postiza y esta “barbarie” made in Hollywood todavía consiguen excitar a millones de espectadores mojigatos.

Que así sea.

Aquí pueden leer un texto de Roberto Pagés sobre Martin Scorsese, un texto de Nuria Silva y otro de Emiliano Oviedo sobre esta misma película.

El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, EUA, 2013), de Martin Scorsese, c/ Leonardo Di Caprio, Jonah Hill, Margot Robbie, Matthew McConaughey, Kyle Chandler, Rob Reiner, Jon Favreau, 180′.