“La felicidad es un privilegio cuyo goce depende del azar.
Una suerte de predestinación incontrolable nos determina.”
 
 
Suponer que el arte es una cosa y la industria es otra, es un problema. Y suponer que una cosa anula a la otra, un error. Los que así lo creen, los que pregonan el arte más allá de todo, cometen un error -romántico y genial- pero un error al fin.
 
Los más sensibles se ofenden ante la perspectiva de que alguien venga a plantear la posibilidad de que aquello que los emociona también es un producto.
 
Sin embargo, la mayoría de las veces lo es.
            
Pienso que el problema no es que el arte acabe transformado en un producto, sino que el producto sea de mala calidad.
            
Si los artistoides atemorizados por el fantasma del imperativo industrial comenzaran a trabajar y concebir seriamente un proyecto en el que no aparezca el arte disociado de la industria, es probable que los hechos artísticos acabaran profesionalizándose de una manera positiva.
            
El cine es industria, no hay que olvidarse. Y toda la maquinaria que precede al encuentro del espectador y su película son cuestiones importantes. Existen ciertas leyes, explícitas e implícitas, que determinan el devenir de una obra artística. Quisiéramos que esas leyes fueran de índole estética y sobrehumanas, pero no lo son. Ver una película u otra en el cine depende más de la decisión de intereses económicos específicos, que de cualquier otra cosa.
            
Cada tanto, como por descuido, se estrenan películas que parecen no tener nada que ver con una especulación financiera.

          

En otro país es una película invendible. De buenas a primeras, la sóla idea de su estreno luce como un suicidio comercial. ¿Cómo puede competir esta pequeña película contra un tanque como -pongamos por caso- Iron Man 3? ¿Cuáles son y serán los argumentos de venta?
 
 
Por ejemplo, el afiche de En otro país sugiere que se trata de una comedia deliciosa.
            
Un comentario hecho de buena fe, que resulta un terrible error de marketing. Esta película no tiene nada que ver con una comedia deliciosa. Por lo menos, con las comedias a las que estamos acostumbrados y me temo que, aunque existe un público que podría apreciarla como corresponde, probablemente no se enterarán. La campaña para promover esta película debería haber dicho (con algo más de tino) que se trata de una película incomprensible y, por momentos, peculiarmente cómica. Después de todo, eso es lo que es. Me da rabia la idea de que la película vaya a fracasar comercialmente. ¿Existe en Argentina un público dispuesto a pagar una entrada de cine para sostener esta película en cartel? Ojalá me equivoque, pero mi sensación es que no la va a ir a ver ni magoya. ¿Por qué? Porque no estamos acostumbrados a este tipo de cine y no sabemos cómo venderlo. Esa es la verdad. No sabemos ni cómo hablar de él, ni cómo recomendarlo, ni siquiera estamos seguros de cómo tenemos que comportarnos cuando nos enfrentamos a un cine así, totalmente diferente.
            
Tal como el resto de productos orientales consumidos por occidente, lo que solemos hacer es banalizarlos y trivializarlos, para hacerlos caber en nuestras maneras de concebir las cosas.   Incapaces de comprender las sutilezas que se nos escapan. Incapaces de percibir que en esa fuga se esconde lo más interesante y divertido de todo el asunto.

     

En otro país es una de esas películas en las que -excepcionalmente- nos alegramos de que nos falten palabras para describirla, porque es una película que transcurre al otro lado de la imaginación.
            
Según confirma Simon Reynolds en su libro Después del rock, Brian Eno le exigía a la música pop que sea gozosamente desconcertante.
            
Me parece que ya es hora de que nosotros, los consumidores de arte, exigamos lo mismo al respecto.
            
Lo desconcertante no tiene por qué ser patrimonio de una secta de entendidos. Es posible un tipo de arte que sea desconcertante y peculiar, pero fundamentalmente amable. Es decir, un tipo de arte inusual apto para que cualquier usuario sin ninguna formación o información intelectual previa, pueda disfrutarlo a sus anchas.

En otro país es así. Es enrevesada, es loca, pero no hace falta ser un genio para entenderla, porque no hay mucho que entender. Más bien se trata de dejarse sorprender, maravillar, por la ternura, la simpleza, de los personajes y los paisajes (reales e imaginarios).
            
Si es cierto lo que Kurt Vonnegut sostenía (que los artistas sirven como “agentes de cambio”, introduciendo, de manera experimental y tentativa, nuevas sensaciones que luego repercuten en el resto de la sociedad) creo entender que En otro país merece una lectura atenta, porque trasciende las apreciaciones o comentarios que podemos hacer respecto al argumento o la trama. Se supone que es una película que cuenta tres historias imaginadas por una potencial directora de cine. Es decir, se narran las tres historias que esta directora de cine imagina. Todas las historias están protagonizadas por los mismos personajes, pero lo que les sucede varía en una historia y otra. Más allá de lo específico de cada historia, lo interesante y jugoso, acá, es otra cosa.

 

En otro país propone, de manera desenfadada, un juego intelectual complejo. Las tres historias están protagonizadas por los mismos personajes, en los mismos escenarios. Lo que varía en un caso y otro es la historia de vida y determinadas situaciones coyunturales. Ora Anne tiene una aventura con un hombre coreano, ora es una directora de cine. La cuestión es: ¿qué es y qué no es -a fin de cuentas- lo importante de nuestras vidas? ¿qué es lo que nos determina y lo que nos hace ser lo que somos? Tendemos a pensar que nuestro oficio o nuestra profesión es lo más importante de nuestras vidas, sin embargo es posible que no sea así. Es posible que nuestro oficio o nuestra profesión no sean más que un accidente, una casualidad. Quizás lo importante es otra cosa. Acaso los afectos, acaso la ternura o el amor que profesamos o podemos profesar.
            
Por otra parte, ¿el amor que sentimos por determinadas personas puede ser tan intenso que desestime las etiquetas con las que nos reconocemos e interactuamos, en esta pretendida sociedad que organiza el mundo?
            
Mientras miraba la película y sucedían las historias, sentí la confirmación de una sensación que alguna vez tuve: la idea de que una suerte de predestinación incontrolable nos determina. De alguna manera, es como si no importara quiénes somos. Lo más importante que nos tiene que suceder (los afectos, las pruebas), nos sucederán, más allá de cualquier situación circunstancial.
            
La vida, tal como podemos comprenderla en términos de materialismo histórico, luce como un sistema dinámico en el que los acontecimientos son sucesivos y la realidad, potencialmente empírica.
            
No obstante, tal como enseñan ciertas doctrinas filosóficas orientales, es posible que el tiempo no sea lineal como pensamos y que la realidad esté más allá de la comprensión intelectual.
            
Si el arte también es una industria, bienvenidos sean este tipo de productos, capaces de empujar y remover nuestras ideas.
            
Tiene razón Kurt Vonnegut: los mejores artistas son los que, más allá de su obra, nos presentan un nuevo modo de pensar y sentir.

 

En otro país es una discreta pero importante obra de arte. La sensibilidad e ideología que promueve representa una vuelta de tuerca en el complejo sistema de arte e industria.
            
Pienso que la única manera de terminar con la estafa del arte es a través del arte.
            
Mi deseo es que esta película “anti-industrial” sea un éxito de taquilla.

Bienvenidas las paradojas.