Por Hernán Gómez.
Trainspotting era el relato de unos jóvenes que corrían a velocidad crucero. Renton contaba  concientemente las inconciencias que cometían a diario en una Escocia nublada, fresca, noventosa y desesperada. Por suerte existe la cultura popular, la cultura baja capaz de penetrar en diferentes niveles y dejar una estela de inquietudes a su paso. A la distancia se pueden ver más que claras las señales de una época: Nevermind (1991) de Nirvana era el primer síntoma de que algo estaba cambiando. Con Pulp Fiction (1994) ya casi no quedaban dudas. Trainspotting (1996) y el silencioso comienzo de la globalización dejaban claro que estábamos instalados en una nueva era.Allá por el año 2000 aterricé en Nueva York solo y sin hablar una palabra de ingles. Fue casi como viajar a una dimensión paralela. Las únicas referencias que tenía del lugar eran cinematográficas, porque Internet todavía era un lujo, especialmente para la clase media baja. En prácticamente un solo día recorrí el Museo de Arte Metropolitano. Velazquez, Picasso, Rembrandt, Cezanne, El Greco, Degas, Monet y muchos más quedaron apuntados en un cuaderno Rivadavia de tapa dura que aun conservo. Quedé estupefacto por el inesperado vigor de la pintura con la que nunca había tenido un encuentro cara a cara. Dos obras me impactaron más que el resto: la versión de Francis Bacon del Retrato de Inocencio X, imagen en negativo de la angustia más profunda, y El vuelo de las brujas de Goya. Este último exudaba alquimia.

 

El lienzo de 1798 muestra cómo un grupo de brujas semidesnudas, peladas y con bonetes de la época, vejan un cuerpo en el aire a metros del piso. Debajo hay un burro pastando, testigo silencioso que observa inconmovible. Dos mortales que no quieren ver tapan sus ojos. Uno yace en el piso, boca abajo, y aprieta sus oídos. Las risas de ellas y los quejidos de la victima lo enloquecen. El otro, tapado con una tela, parece invocar al dios de la cordura. Todo sucede en una especie de colina. Es negra noche cerrada. La escena parece estar iluminada por la luz de la luna. La imagen me inquietó tanto que vuelvo con cierta recurrencia a invocar la sensación, aunque desde entonces nunca más miré el cuadro hasta ver En trance.

El de la película es un viaje desparejo, rulo que no termina del todo bien ya que parte del final de la película se aletarga en una especie de cámara lenta que parece ser tierra de nadie entre la conciencia y la inconsciencia. Simon (James McAvoy) trabaja en una agencia de remates en Londres donde siempre se espera un atraco. Los valores de las pinturas son gran tentación para los altos chorros. Un asalto bien planeado por Franck (el siempre mas que solvente actor galo, Vincent Cassell) y su gente, con el objetivo de llevarse El vuelo de la brujas de Goya, es el disparador de un trip que nos deja en un lugar donde se pierden las demarcaciones de la realidad.Simon nunca termina de saber dónde comenzó y dónde terminará el descenso, y el espectador camina a ciegas por un camino lleno de ideas visuales y climas en constante desarrollo. Profusas imágenes construyen un viaje placentero por algunos infiernos. Boyle bebe del brebaje que Buñuel convidó a todos desde el cine y emprende un éxodo al dominio de la irreflexión. Mil y un tamaños de planos, imágenes estilizadas, música grasa y simple, dejan al relato descansar en todas las posibilidades que hoy brinda el lenguaje audiovisual.

The Master, de Paul Thomas Anderson, también construye una escalera en espiral, pero ascendente y sofisticada. Con ese tufo a secta que envuelve la película, el relato se pone poco a poco expulsivo, abstracto. Sus personajes tienen el toque de la demencia y todo edifica una irrealidad extraña. En trance se sumerge en la negrura humana con un lenguaje mucho más simple, pero solvente. Parte de la idea es que el espectador siempre tenga un pie en el policial y luego, casi tanteando un terreno que nadie conoce definitivamente, llegue al mundo de la hipnosis. La película corre todos los riegos habidos y por haber, pero jamás arruga en esa imperiosa idea de llegar al limite entre la cordura y la locura. Sólo el cine y los sueños pueden armar semejantes existencias. Boyle tiene películas buenas, malas y de las otras, pero nunca perdió la intensidad.