Por Marcos Vieytes.

Hace unos años compré en una librería de usados el libro Il Cinema Italiano: Servi e Padroni. Goffredo Fofi, su autor, lo comienza con estas palabras: ‘este libro es un panfleto, no un ensayo’. Las más de 240 páginas publicadas por Schapire Editor desmienten lo segundo, confirman lo primero, divierten, ayudan a pensar, permiten imaginar las estimulantes discusiones sobre política cinematográfica que se daban en Europa durante 1974, y que aquí están desarrollándose gracias a las intervenciones de críticos como Fernando Martín Peña, Oscar Cuervo y Nicolás Prividera, fundamentales ahora que la derecha cinéfila tiene nombre y apellido (‘Eduardo Noriega’), festival independiente (a cargo de lilitas de la crítica que lo usan para relanzar la república perdida), medio de difusión (periodismo para todos), y órgano difuso (el amante digital). El estreno de César debe morir me dio ganas de saber qué decía por entonces sobre los hermanos Taviani ese agudo escriba italiano de quien no conozco nada más que aquello que uno puede inferir de las páginas no directamente autobiográficas escritas por un espectador y crítico de aquel presente. 

El cariño que siento por varias de las películas de los Taviani produjo un texto acrítico sobre ellas que escribí hace unos días; así como la publicación, a título informativo, de un par de páginas de Gian Carlo Brunetta a propósito de la carrera de ambos directores, mientras espero ver de nuevo su última película -esta vez en el cine- para entender por qué me produjo relativamente poco interés; y por qué cada vez que pienso en la operación social a la que dieron visibilidad –presos poniendo en escena el Julio César de Shakespeare- sin expresionismo o distanciamiento verdaderamente radicales, me acuerdo de ese cartel que en El gran carnaval (Ace in the Hole) presidía un puesto de feria que rebosaba de clientes con el lema: ‘a beneficio de…’ en medio del gran parque de diversiones, circo y shopping center instalado alrededor de un minero atrapado por un derrumbe cuya desgracia pone en funcionamiento, con el apoyo fundamental de la prensa, la circulación desrregulada del capital sin ninguna coartada culta. ¿Será que soy más permeable al malestar causado por el cinismo inestimable de Billy Wilder que a la buena voluntad progresista de los Taviani (bienvenida cuando el éxito relativo y potencial de la película puede contribuir a que la cartelera de estrenos no sea dominada del todo por el mainstreamglobalizador), bajo la que no percibo rastro de eficacia trágica? Mientras me preparo para revisar en el cine la primera mirada que le dí a la película en un televisor, transcribo los fragmentos que Fofi escribió sobre los hermanos cuando aún no habían filmado siquiera Padre Padrone:


“(…) Con la excepción de dos personalidades heterodoxas como Pasolini y Ferreri, la ‘generación intermedia’, precisamente la criada por Togliatti y por Cinema Nuovo, se demuestra como la más pobre e integrada. Resbalando cada vez más abajo, en la mediocridad y vulgaridad más inconcluyentes, sólo Orsini y los Taviani parecen de algún modo refractarios a aquel destino común, si bien comparten con aquellos y con otros el destino de ‘gatitos ciegos’ ‘después de los funerales’.



[…] Los hermanos Taviani, que junto a Orsini habían pasado inciertamente de un intento notable (Un uomo de bruciare) a un progresismo vulgar y venido a menos (I sovversivi), hicieron de los funerales [de Palmiro Togliatti] el tema de un film construido inteligentemente con las ‘piezas de mosaico’ de algunas variadas crisis de personajes reunidos por ese día y ese hecho. La participación sentimental y biográfica en las historias narradas, el adiós a la inocencia de uno de los personajes, daba el sentido de un paso y de fin de un período, de incertidumbre, de cambio de rumbo, que estaba en los hechos desde hacía tiempo, pero que el acontecimiento en cuestión ejemplificaba y revelaba. Y no molestaba, por cierto, la mescolanza de crisis ideológicas y políticas con crisis personales y existenciales. La desorientación, incluso en la búsqueda de opciones positivas (ejemplificadas, por ejemplo, por los intentos emancipadores de algunos personajes, o por las vacilaciones de un joven revolucionario latinoamericano entre dudas revisionistas e impulso voluntarista y guerrillero) era acompañada, sin embargo, por la nostalgia de la armonía pasada, de la colocación segura del propio compromiso, y no encontraba aletazos abiertos al futuro. El dato biográfico y generacional, por más que se tratara de objetivarlo, no permitía una lucidez de propuesta ni siquiera en los límites en que era posible formularla en el ’67. Un film sobre el pasado, en suma, que podía cerrar un período, pero no aportaba contribuciones al período nuevo. Demasiado abierto y disponible, demasiado dentro de la crisis.


[…] Los Taviani dieron en cambio, con Sotto il segno dello scorpione (1969), un film decididamente equivocado, aun cuando hayan encontrado en él por vez primera un lenguaje y una coherencia propios. Los encuentran en el terreno de la prehistoria y de la metahistoria, desplegadas por alegorías del presente como datos de la ‘historia’ tout court y de sus significados ocultos. La empresa, absolutamente no-marxista y antimarxista, contrapone en un territorio fuera de nuestro mundo la comunidad que se ha consolidado y detenido, a otra en ebullición, contestataria y exagerada, rebelde y tendida al futuro, para luego reconsolidarse, reconformarse, en espera de que una nueva generación o una nueva comunidad tendida al futuro le oponga lucha. En una palabra, entre Vico y Hobbes, entre los cursos y recursos y el homo homini lupus, y por cierto alejadísimos de una visión seria de la historia y de la comprensión de la revolución como modificación de la historia para su continuación liberada, como revolución ininterrumpida y no como vuelco generacional. Unidos en esto a los neometafísicos tan en boga en estos años, desde Pasolini o Ferreri hasta los demás apocalípticos y antihistóricos, los Taviani corren el riesgo de un resbalón tras el cual está el rechazo de la determinación de la intervención, y una reflexión ‘artística’ totalmente externa y lejana. Y entonces su coherencia lingüística, tan fatigosamente alcanzada, y la superación de la biografía que no debe ser pasada por alto, resulta inútil y perjudicial, y su reflexión es insignificante a los fines que ellos aún –creemos- se proponen.


[…] Se diría que por fin ha terminado la moda de las películas sobre el sentimiento de culpa de los directores de izquierda. Hay de qué alegrarse, por más que las maneras de superarla (pensamos en los más recientes films de los Taviani y de Orsini) no demuestran en el rechazo del enfoque individualista una nueva madurez, sino más bien ambiguas formas laterales o de rescate, clausura de salidas más que aperturas. Quizás era necesario –para la intelligentzia romanizada ex PCI y todavía ambiguamente ligada al mismo- que estas películas se hicieran, en una suerte de catarsis de una generación comprometida que trata de liberarse de la viscosidad de una tradición y de la fragilidad de sus legados.”