A propósito de Gracias a Dios es viernes, de Jan Beddegenoodts

 
Por Ignacio Izaguirre
Thank God is Friday es irrefutable. El procedimiento es contundente y el objetivo está logrado.
No es posible sostener una mirada neutral después de verla. Mucho de lo que había para decir sobre la ganadora de la competencia de cortos y mediometrajes ya se dijo acá.
 
Como en La mujer sin cabeza de Lucrecia Martel, en Thank God is Friday el agua es el símbolo de la dominación. En las dos películas la clase (o el pueblo) dominante es el que disfruta de la pileta pública. Una pileta es opulencia en estas regiones áridas. Desde el documental o desde la ficción, las dos se pasean por la vida de los ciudadanos rasos, no de los responsables políticos. La película del belga Jan Beddegenoodt agrega la visita al pueblo oprimido que en la de Martel se deja ver apenas intuido o en apariciones fantasmagóricas.
 
Los colonos israelíes son mostrados regando, rodeados de jardines, tirados en el césped. Los aldeanos palestinos rodeados de polvo y tierra gris. Dos adolescentes israelíes hablan a cámara flanqueados por las plantas de su casa en el asentamiento Halamish. Están en un lugar elevado, atrás y a lo lejos se ve el terreno seco más próximo al poblado de Nabi Saleh. Los chicos cuentan que todos los viernes hay protestas ‘árabes’ (no los llaman ‘palestinos’) y algunos incidentes. La cámara hace un zoom metiéndose  entre los dos, va desapareciendo el marco verde, el plano empieza a secarse, en el terreno lejano se va dibujando la situación: el ejército israelí tira gases contra los manifestantes que tiran piedras.
 
Esta es la relación entre unos y otros, la distancia la cuidan los muros. Mientras los colonos son mantenidos alejados del muro y por lo tanto de la fricción, gozando de los beneficios del lado ganador; los palestinos sufren la aspereza de ese muro que los empuja.
Los personajes israelíes son realmente detestables. Pero podemos intentar ir más allá de ese sano y justo odio. Supongamos que todos nos parecemos, que no hay buenos y malos, o que, si los hay, el azar los distribuyó equitativamente entre todos los pueblos. Supongamos también que nuestras posiciones políticas, nuestras opiniones, nuestros más elaborados argumentos, poco tienen que ver con la razón y la lógica, y mucho con nuestra coyuntura, nuestras condiciones de vida y nuestros sentimientos. Reparemos en que estos personajes odiosos no son los que toman las decisiones, no son los poderosos. Son una clase media que aprovecha las oportunidades y vive como puede. El truco de los que realmente tienen el poder está en alejar a estas personas de la fricción. Construirles un refugio dentro del cual la violencia no resuelve los problemas cotidianos, donde todos tienen casa, comida, agua, tímidos lujos, a cambio de ocupar ese territorio y dedicarse a alguna profesión. Esas personas harán lo que hacen todas las personas del mundo: lo que les conviene. Y como todas las personas del mundo se convencerán de que lo que les conviene es además lo moralmente correcto. Verán a los otros tirar piedras y lo sentirán como una violencia sin sentido, creerán realmente (todo lo “realmente” que se pueda) que así no se solucionan las cosas y que el ejército está sólo reaccionando a esa violencia, protegiendo el modo de vida civilizado. La gran fuerza del capitalismo reside en que  la conveniencia inmediata individual trabaja para el sistema. La pequeña vida cotidiana de cada uno es el arma más poderosa del mundo.
 
Los habitantes del pueblo palestino conviven con la violencia. Les sacaron el agua, son echados de sus casas, acosados y humillados. Tirar piedras, protestar todos los viernes, jugarse la vida e incluso perderla es también lo que les conviene. No tienen el colchón que amortigüa la violencia.
Esta misma lógica que tanto nos horroriza al ver el documental no es en realidad nada extraña a nosotros, la clase media. Tenemos también muros que nos distancian de los oprimidos. Aprendemos de chicos que las cosas no se consiguen a golpes y terminamos creyendo que eso es una ley universal, que intentar conseguirlas a golpes es falta de inteligencia o de educación. Lo que en realidad sucede es que vivimos del lado de la abundancia aunque no la administramos ni la dominamos, somos los colonos israelíes en esta relación de opresores y oprimidos. De este lado, ofreciendo un poco de nuestro trabajo y nuestra docilidad, conseguimos una parte de esa abundancia. De este lado, si a alguien se le sale la cadena se lo castiga con no participar de esa abundancia. Es una amenaza efectiva, aunque nos vaya mal podemos sobrevivir, tenemos casa, comida y hasta algún confort. La amenaza al violento es perder incluso eso. La no violencia no es un privilegio de la educación, es lo que aprendimos que nos conviene. La violencia se practica hacia afuera.
 
Del lado de los oprimidos, de la escasez, no hay margen para administrar la violencia extorsionando con la abundancia. Se vive en la fricción de los muros que empujan. Si les va mal no les queda nada, entonces no hay amenaza posible. Si lo que ya tengo es nada, lo que arriesgo es nada. La violencia es entonces lo más conveniente. No son condiciones educativas distintas, son condiciones materiales distintas. La tarea de tomar conciencia de esto es ardua, la de actuar en consecuencia posiblemente utópica.

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