Por Marcos Vieytes

Por muchas razones, no me gusta el cine de Spielberg, pero me gustan muchas de sus películas y hay una escena de una de ellas que no voy a olvidar nunca, entre varias otras también inolvidables. Sam Neill levanta la mirada una mañana y ve desde lo alto del árbol en que se ha refugiado, a lo lejos, el valle lleno de dinosaurios en movimiento, ya no ese montón de fósiles a los que les dedicó la vida. El furcio de Susana Giménez expresa, además de estupidez, asombro. La mirada de San Neill es la mirada de Adán, la del que ve las cosas por primera vez, como no las vio nunca ni volverá a verlas (es el mismo asombro que sentí al ver el Titanic de Cameron hundirse durante más de una hora). Pero el personaje de San Neill tenía más de 40 años cuando vio los dinosaurios, y ¿quién no daría lo que sea por renovar la mirada a esa altura de la vida? Yo, que miro películas desde que tengo uso de razón, e incluso desde antes, y no sé cómo terminé dedicándome a escribir acerca de ellas, pero me lo imagino, daría un ojo de la cara y la mitad del otro por recuperar esa mirada, esa disposición, ese desprejuicio, aún a riesgo de quedarme sin trabajo. Del resto de la película no me acuerdo mucho, pero sí de ese momento, de ese plano edénico muy parecido al de los grabados pedagógicos de la literatura evangélica estadounidense. La de la mirada absorta es una de las instancias privilegiadas del cine, a fin de cuentas un arte de la visión que busca, por inmanencia o trascendencia, ver otra cosa o ver la cosa en sí misma, arrobarse en la visión que vale especialmente la pena cuando es, o creemos que es, también, revelación. Algunos años más tarde el mismo Spielberg, heredando un proyecto del ya muerto Kubrick, filma el lado oscuro de ese arrobamiento cuando el protagonista de Inteligencia artificialpermanece siglos encerrado bajo el agua mirando el icono iluminado de una Madonna. Ese rincón siniestro y oscuro del cine familiar de Spielberg es el reverso perfecto, inexorable, del cine de aventuras a la manera clásica que lo identifica, género terriblemente triste cuanto más luminoso y solar se presenta, en tanto busca devolvernos a los ‘grandes’ la capacidad del juego, el olvido de los sufrimientos, cosa que devela la magnitud de las pérdidas e implica, incluso, el intento de reescribir la infancia, sempiterno recipiente de la idea adulta de la niñez como inocencia, no pocas veces paisaje traumático desolador o residencia del ultraje.
Ese Spielberg, y no el que borra digitalmente las armas cuando reestrena ET, es un Spielberg que sana o revitaliza, al menos provisoriamente, que es la única manera de hacerlo sin caer en la helada distopía robótica que ya no es distopía sino deshumanizada actualidad tecnológica, al hombre cansado, al espectador desilusionado por la caída de todos los velos, la pérdida de la fe, el adelgazamiento de la creencia, el apocamiento de la vejez, las ambigüedades del poder que en esos dinosaurios era pura voluntad herbívora o crueldad feliz, carente de maldad, cuando la realidad humana es pura ética, vale decir tensión moral, regulación social, crisis de conciencia, desangelada transacción simbólica y acción política sin pausa. Ese Spielberg funciona mejor que el hacedor de perversos eufemismos audiovisuales cargados de mala conciencia porque el mismo concepto de curación, o de renovación, se basa en el reconocimiento -y no en la negación- de la pérdida, el dolor, la muerte, la violencia, hasta el abuso, como inherentes a la experiencia humana, único punto de partida posible para instrumentar paliativos. No creo que vaya a ver Jurassic Park de nuevo, ahora en 3D, porque, hasta donde sé, la proyectan subtitulada en un solo horario inconveniente, y en una sala de cine bastante lejana al lugar en donde vivo. Tampoco creo que la vea de inmediato en mi televisor, porque así como existió para mí hasta el momento, con las dimensiones de la pantalla de cine o las del imaginario, aislada de todo contexto, igual a como se encontraban los personajes en el árbol justo antes de volver del sueño y ver el plano que recuerdo, familia o, más bien, comunidad reunida por azar y en buena medida tan ideal como la existencia del barón rampante de Calvino que vivió su vida subido a las frondas sin tocar jamás la tierra, lejos del mundanal ruido, cumplió con creces su función de talismán imaginario para mis ojos cada vez más incrédulos. Me pregunto si habrá un nuevo encantamiento, una nueva y festiva cabalgata musical como la de Indiana, una última cruzada que me incite ‘a galopar, a galopar’ con la misma pasión de los versos de Alberti jadeados por Ibáñez sin más efecto especial que el roce de la palma transpirada de la mano frenándose en la madera marrón de la guitarra.