A propósito de Nebraska, por Ignacio Izaguirre

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Arizona, Ohio, Michigan, Iowa, California. Todos los Estados yanquis tienen nombres hermosos, Nebraska no es la excepción –las excepciones son Hawaii y Florida- por lo que esta película tiene un lindo nombre. Las sobrecargadas pretensiones esteticistas de Las confesiones del Sr. Schmidt, la película más conocida del director Alexander Payne, están atenuadas esta vez por un oportuno blanco y negro, y por la ausencia de Jack Nicholson, actor que fue considerado para el papel principal. La excesiva voluntad pictórica de Payne queda enaltecida por algunos impresionantes cielos y paisajes rurales que acompañan el viaje de los protagonistas y que extrañarán la pantalla del cine cuando sean reducidas a un formato más pequeño.

Nebraska es una linda película, querible, que banquinea un poco cada vez que subraya su sentimentalismo. El espacio donde se desarrolla es un territorio poco visitado por el mainstream: el norte rural de Estados Unidos, alejado de las grandes ciudades. Woody Grant (Bruce Dern, acertada elección sobre Nicholson para un personaje cuya potencia depende de no adueñarse de la pantalla) emprende junto con su hijo David (Will Forte) un viaje desde Montana a Nebraska, el lugar donde vivió gran parte de su vida, para cobrar un supuesto premio de un millón de dólares que es en realidad, como todo saben y tratan inútilmente de hacerle entender, una publicidad engañosa. La película empieza con este hombre emprendiendo solo y a pie ese largo camino.

Además de los personajes, son estas dos generaciones las que protagonizan el film. El viejo Woody volverá a encontrarse con los que fueron sus amigos (y enemigos), una generación de granjeros dueños de su propia tierra, con su casa, su granero, su trabajo. Son viejos curtidos, toscos y amables, físicamente son lo que en el campo argentino llamarían gringos. No es difícil pensar en nuestro país al ver esas rutas planas de cielos gigantes. Esos hombres y mujeres parecen ser la última generación de pequeños propietarios, no son muy distintos al colono del western clásico. Su pedazo de tierra, sus herramientas, su camioneta en lugar de su caballo.

Woody fue, y sigue siendo, alcohólico. En algún momento perdió su terreno y se fue a vivir a Montana. Una anécdota menor se volverá importante en la historia. En 1974 le prestó un compresor de aire a un vecino que nunca se lo devolvió. Por esa época Estados Unidos abandonaba el estado de bienestar y comenzaba la era neoliberal. La generación de los hijos de Woody ya no son pequeños propietarios, ahora trabajan para grandes empresas. David, un tipo bonachón, apocado, cercano a los cuarenta, al que acaba de abandonar su novia, es vendedor en algo similar a un Musimundo. Ross (Bob Odenkirk, el gran Saul Goodman de Breaking Bad, que sorprende en un papel absolutamente distinto) es conductor sustituto en el noticiero local, es el que ha logrado, mal o bien, tener una vida, con una familia propia a la que no conoceremos. Se unirá al viaje en el lugar de destino junto con su madre, Kate (June Squibb), una vieja protestona, pero a la que debemos querer, a veces porque es querible, a veces porque el guión necesita que le hagamos esa gauchada.

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Todas las vidas de la película están vacías. Woody y su hermano, al que visitan en un lugar cercano a su destino, viven tomando cerveza y mirando la TV. Sus mujeres son conversadoras y simpáticas, pero viven de quejarse de sus maridos, sin eso no les queda nada. David dice que no puede llevar a su padre a Nebraska, pero este lo convence simplemente haciéndole notar que no tiene nada por lo que quedarse en Montana. David tiene además dos primos, dos Homeros Simpsons que siguen viviendo con sus padres, mirando la tele, tomando cerveza y engordando. Son lo más bajo de la escala moral de película.

ConexionOscar2014Nebraska02Además de visitar a los vivos, los Grant visitan a los muertos. La escena es divertida, recorren las lápidas, relatan algunas vidas y algunas muertes. Algo de su corteza campesina hace que su relación con la muerte sea de algún modo cercana, alejada de la tragedia. Es acá donde la película tiene su primer desliz. La escena está funcionando, es simpática y sentida. Entonces llegan a la lápida de un pretendiente de Kate, ella se levanta la pollera y grita algo como “¡podrías haber tenido esto, pero te lo perdiste!”. Ya funcionaba, no hacía falta. Es como si la película no confiara en sí misma y mirara de reojo a los espectadores para saber si todavía están atentos.

No es la única vez. Woody y su hijo encuentran en un bar a Ed Pegram (Stacey Keach), el hombre que nunca devolvió el compresor de aire. El tipo es un miserable, se entera de que Woody ganó un premio, pero no de que es una estafa, entonces intenta obligarlo a que le dé dinero. Cuando el asunto se aclara, David enfrenta a Ed y lo deja en evidencia delante de los demás clientes del bar. Ya lo había vencido en el terreno que podía vencerlo, pero antes de irse aprieta los dientes y lo golpea. La operación es la misma que antes, darle un ornamentado final a una escena que ya estaba terminada. David, es decir Will Forte, había vencido a Ed, es decir Stacey Keach, donde la lucha era pareja. Su triunfo es haberlo llevado a ese terreno, eso está bien, el débil encuentra la vuelta. Pero si Will Forte noquea a Stacey Keach, que con su sola presencia casi logra convertir todo en un western, nos damos cuenta de que eso está ahí para colmar nuestro deseo de justicia, nos damos cuenta de que fue el guionista y no David el que lo hizo.

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Una de las escenas finales intenta un falso final feliz donde en realidad casi nada ha cambiado, David compra una camioneta para que su padre la maneje delante de todo el pueblo demostrando que podía hacerlo a pesar de ser un viejo algo demente. El hijo está escondido en el asiento del acompañante y sonríe como si todo hubiera sido una propaganda de AFJPs.

A pesar de estas protuberancias la película instala personajes queribles aunque oscuros que viven entre deseos y objetivos no lineales; no hay un objetivo claro y una relación de causa efecto. Woody quiere el millón de dólares, la mujer dice que no sabía que él quería dinero, que hubiera trabajado antes. Él dice que los quiere para comprarse una camioneta aunque no puede manejar, pero en la escena de confidencias entre padre e hijo asegura que los quiere para dejarle algo a sus hijos. Kate se queja todo el tiempo de él, pero no quiere que se vaya. David lo ayuda, no quiere meterlo en un asilo, lo cuida y lo protege; sin embargo, su padre nunca le dio bola ni hizo nada por él. Alexander Payne parece no tener confianza en su propia historia como para contarla sin guiños, pero está mucho menos dispuesto a resignar su prestigio de cineasta serio e independiente.

Aquí pueden leer un texto de Marcos Rodríguez sobre esta película.

Nebraska (Estados Unidos, 2013), de Alexander Payne, c/ Bruce Dern, Will Forte, June Squibb, Stacy Keach, 115’.

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