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Comparar puede ser una forma menor del arte, una manera de buscar equivalencias o parecidos que aporten a una distinta comprensión. A partir de una cierta época de mi vida de espectador de cine, comencé de manera espontánea a comparar películas; en la sala, mientras miraba una, la memoria desbordaba referencias que me llevaban a otra u otras. El resultado casi siempre era desfavorable a la película que estaba viendo; lujos de una memoria en su plenitud, señal de una vida que entraba en su madurez biológica aprovechando su experiencia, aunque también corriendo el riesgo de caer en el hasta entonces denostado: “Todo tiempo pasado fue mejor”. Más aún, señal de que había construido mi propio camino, mi personal memoria dentro del cine, que era capaz de mirar una película con mi propio sistema de referencias.

Después pasó esa etapa; será porque ahora mi memoria se va tornando huidiza y necesitada del auxilio de notas y referencias para recordar las películas más recientes, no así las vistas hace décadas. Todavía no hay Viagra para la memoria; será porque a la gente le preocupa mucho más el rendimiento allá en los bajos que el intelectual. Yo reclamo un tónico para los recuerdos. Lo hago desde esta tribuna cinéfila, nacional y popular, poblada en su mayoría por jóvenes que todavía no necesitan de ningún auxilio químico para su vitalidad.

¿Por qué tanto preámbulo para ocuparse de la última película de George Clooney como director y protagonista? Porque Operación Monumento ofrece tantos huecos y lagunas en su desarrollo que otra vez me permitió el viejo ejercicio de pensar, recordar y comparar (mientras veía la película), comparación que fatalmente resultó desfavorable para el film de Clooney.

Después de Apocalypse Now (1979) todas las películas de guerra son fragmentos, piedras que vagan por el espacio del cine como meteorito sin destino. Hay excepciones, enormes y menores al lado de la majestad de Coppola: Rescatando al soldado Ryan (1998) de Steven Spielberg y la dupla Cartas desde Iwo Jima (2006) y La conquista del honor (2006), de Clint Eastwood (descarto de esta lista a La delgada línea roja; justo entonces Malick se la creyó y empezó a derrapar). Las razones de esa condición fragmentaria exceden los motivos de esta nota, aún así puedo arriesgar que tienen que ver con la inocencia colectiva y la sustentabilidad de los valores que supuestamente se defienden en una guerra. Lo que se perdió en Vietnam, en las arenas iraquíes, en las mazmorras de Guantánamo, en el lúgubre hongo venenoso de Hiroshima. Los precios que se pagan por ser un imperio.

the-monuments-men-3Tarantino entendió muy bien este estado de las cosas cuando hizo su “película de guerra”; Bastardos sin gloria (2009) es una versión tarantiniana: excesiva, desbordada, haciendo equilibrio sobre el peligroso filo que separa al horror de la risa; la marca de Tarantino, su escondida pasión operística. Por algún camino parecido debió ir Operación Monumento. La historia de un grupo de soldados que bajo las órdenes del Teniente Stokes (Clooney) sigue a las tropas aliadas que suben hacia Berlín, con la especial misión de rescatar las obras de arte robadas por los nazis, pudo –y a veces lo quiere- ser una aventura y una reflexión sobre el valor de la vida y el arte. Pero Clooney elige filmar a la vieja manera, buscando de forma consciente y displicente aquellos valores que caducaron en el mismo instante en que se alzó la bandera blanca sobre los restos del búnker de Hitler, apenas se abrieron los portones de Auwschwitz, apenas –y sobre todo- cuando la nube atómica se elevó sobre Hiroshima y Nagasaki; el momento exacto en que EEUU recibió la posta de parte de los perdedores de la guerra. No se puede filmar la guerra sin saber, con la conciencia o con alguna parte del cuerpo, que la historia ha cambiado, que los marines ya no tienen (en realidad nunca la tuvieron) la tutoría de la libertad mundial.

Dos artistas cercanos al viejo orden, Spielberg e Eastwood (“ciudadano del orden, artista del desorden”, según el crítico español Carlos Losilla) lo entendieron, le pusieron el cuerpo en su cine, sufrieron cada muerte y el costo de la vida que subsiste; Spielberg en Rescatando al soldado Ryan, que termina con una bandera norteamericana ajada; Eastwood en Cartas de Iwo Jima y La conquista del honor; pero también en Gran Torino, una película de posguerra, un crepuscular adiós al orden conservador que el lúcido cineasta Eastwood despide en su cine, mientras el ciudadano Eastwood lo defiende haciendo el ridículo en la convención republicana; una certificación de que la guerra se libra ahora en la ciudad americana y que los enemigos portan la misma bandera.

Tarantino sabe, en cambio, que su patria, su pasión y su amante son el cine. Por eso es capaz de manipular los hechos históricos conforme a sus lúdicas necesidades, matar a Hitler y a todo su estado mayor en el incendio de una sala en la que también se consume el cine nazi; un incendio que recuerda –y Tarantino no debe ignorar este hecho- al del Bazar de la Charité en el París de 1897 en donde murieron 140 personas, casi todas princesas, nobles y aristócratas. Las clases altas francesas no volvieron por mucho tiempo al cine, que se transformó entonces en un fenómeno exclusivamente popular y compitió con el americano al menos hasta la primera guerra. Pasión, salvación y crecimiento por el fuego. La strega brucciata viva. Vidas humanas entregadas en sacrificio –pagano o cristiano- para que otras vidas, reales o de ficción, se realicen. ¡Pavada de comienzo para el biógrafo! Solo el teatro con las sangrientas fiestas dionisíacas puede vanagloriarse de un comienzo parecido.

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Clooney prefiere, en cambio, filmar una película vintage, ignorar lo que ha sucedido en su país y en el mundo en los últimos sesenta años, y hacer como si los valores y la inocencia de entonces estuvieran intactos. Al comienzo, Franklin Roosevelt formula a Stokes una pregunta que es parte de la retórica del clásico cine de guerra: “¿Vale más un cuadro que una vida humana?”; la respuesta de Clooney/Stokes es, como toda la película, ambigua y conciliadora. «Sí pero no», y se reiterará al final con respuesta invertida: «No pero sí». En esa ambiguedad se centra la debilidad de Operación Monumento. Eastwood y (cada vez más) Spielberg pueden ser ciudadanos del orden sin dejar de sentir el valor de cada vida que se va en sus guerras de celuloide. Con ellas se va también la posibilidad de un mundo mejor en el que creyeron alguna vez. Clooney, como los liberals de su estilo, no cree más que en el presente, en su presente para ser más preciso; en su lugar de confort sin riesgos, a partir del cual y mientras ese lugar esté asegurado, se puede ser progresista.

George Clooney supo dirigir películas, si no notables, portadoras de momentos de especial calidez y compenetración con sus personajes. En Buenas noches y buena suerte (2005) su personaje, productor de radio, se acostaba en el suelo para pasarle al locutor estrella los datos del servicio que necesitaba. En Secretos de estado (2011) hay una larga escena en la que el propio Clooney –precandidato demócrata a presidente- viaja en una limusina con su esposa, es de noche y los dos, tomados de la mano, susurran comentarios políticos. Ambas escenas tienen un aura de intimidad y cariño por el otro, por el trabajo que hace cada uno, que dignifica a las películas. Nada de esto está presente en Operación Monumento. Todo atrasa, hasta el bigotito clarkgablesco de Clooney, todo se estira y aburre, los personajes carecen de vida propia, y más bien responden a estereotipos: Cate Blanchett abandona su rol de curadora frígida y se transforma en una francesa seductora y entregada, como se supone que deben ser las francesas; Matt Damon la rechaza porque es un buen muchacho americano, solo preocupado por su misión que incluye la fidelidad a la esposa americana. Ni Damon ni Blanchett se le creen, se limitan a trabajar a reglamento. Esta es la definición más adecuada para toda la Operación Monumento: una película a reglamento, una normativa que, como siempre, viene detrás de la realidad. Nada importante en sí, apenas un síntoma de tantas cosas que el tiempo va olvidando.

Aquí puede leerse un texto de Marcos Vieytes sobre la misma película.

Operación Monumento (The Monuments Men, EUA, 2014), de George Clooney, c/George Clooney, Matt Damon, Bill Murray, Cate Blanchett, John Goodman, 118’.