unnamed_3Los argumentos de casi toda las críticas escritas a favor o en contra de Placer y martirio, desde el BAFICI a esta parte, curiosamente pivotean sobre los mismos ejes: Campusano es un director del carajo que, como una especie de Sergio Leone (salvando, ¡espero!, las diferencias) del conurbano bonaerense, ha filmado una obra cuyo mayor mérito, además de la intensidad, radica en la valorización de una especie de “estética del error y la improvisación” que le da un aire fresco (“bruto”) al cine argentino actual (especialmente si se lo contrasta con el estilizado y caduco Nuevo Cine Argentino que viene desde la FUC y que ha colonizado, con cierta canonicidad predecible y soporífera, el espectro festivalero reciente del cine argentino); del mismo modo, al ser Placer y martirio una especie de película fallida, precisamente en “lo fallido” es que Campusano parece mantener -¿involuntariamente?- una coherencia con lo que vino haciendo anteriormente, coherencia que extraña y paradójicamente catapulta al director quilmeño como un director con mucho coraje y honestidad autoral a pesar de que su última película sea, verdaderamente, espantosa.

Personalmente, no he visto absolutamente nada del cine de Campusano (apenas el trailer de Fango) excepto por Placer y martirio. No puedo contextualizar, por ello, a su cine ni colocar a esta película dentro de una trayectoria artística particular que la revalorice de algún modo. Sólo vi Placer y martirio y a partir de Placer y martirio, es que puedo opinar.

De allí que, lejos de ser una obra relevante, Placer y martirio me ha parecido una película ridícula, que sólo si uno la toma como parodia (¿De clase? ¿Del cine hecho por el propio Campusano hasta ahora? ¿Del valor crítico que la crítica le ha dado con beneplácito a Campusano en el último tiempo casi de manera unánime?) puede llegar a tener algún valor cómico o simbólico; pero que, si se la toma en serio, es una película sobreactuada, torpemente prejuiciosa y, sobre todo, artificiosamente fallida. Pero fallida no en su ejecución -donde aparentemente estuvo uno de los grandes méritos de Campusano en sus películas anteriores retratando la marginalidad y las relaciones humanas dentro de esa marginalidad-, si no en su consumación(es).

Pues, como consumación de un “retrato de clase”, Campusano pierde ante la gran lección que dio en la literatura, mayormente, el realismo ruso: no importa tanto cómo se retrate en sí a una oligarquía imperante (ya sea desde la visión del “pobre”, del intelectual o de la misma oligarquía retratada según uno entienda una dialéctica maniquea en las luchas de clase para estos retratos), si no la historia -con toda su riqueza argumental- que le da impulso a dicho retrato. La historia de Delfina en Placer y martirio es aburrida, plagada de clichés de clase que no hacen más que derivar en un culebrón sobreactuado de las 3 de la tarde, “pervertida” de sexo vainilla, que lejos, muy lejos, está de cualquier relación sexual mórbida de sumisión, masoquismo o sadomasoquismo que intenta vender la película de manera sistemática (todas las escenas de sexo oral dan gracia, en serio). Como consumación de un drama intimista y psicológico, es tan inverosímil y sobreactuado el personaje de Kamil -y la relación pseudo “vampírica” que establece, en la misma sintonía, con Delfina- que en vez de generar identificación a través del morbo en el público, genera distancia y rechazo. Como consumación de una película diseñada con solvente producción, extremo detalle y crítico profesionalismo (bien merecido por ello para Campusano, el premio a mejor director en el último BAFICI) que se escape, en cierta forma, a ese risueño encanto -¿amateur?- que encontró la crítica en toda esa estética “bruta” de improvisación y error que primó en sus anteriores producciones, falla al mostrar -especialmente en los diálogos y la dirección de actores- una película detallista tan artificiosamente artificial y entorpecida por los lugares comunes que rompe toda empatía con algún tipo de expresionismo con el que uno pudiera identificarse de manera radical según los guiños que la película permanentemente pretende dar (la parte de la máscara de la muerte y de las inyecciones de sangre en la cara de Delfina como los peores/mejores ejemplo al respecto).

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Placer y martirio retrata la vida de Delfina (interesante trabajo de Natacha Méndez), una mujer cuarentona, deseable, independiente, de clase media-alta acomodada (por herencia y por ser la dueña de un estudio de diseño medianamente exitoso) asqueada de su marido, cansada de su hija adolescente, estresada por sus empleados, adormecida por sus amigas (representantes histéricas, al parecer, de la misma clase social y hasta espiritual de Delfina), que desde la primera escena de la película -ambientada en una coqueta fiesta en Puerto Madero- se obsesiona (¿enamora?) de un tal Kamil: un grotesco personaje mezcla de afrancesado Bruce Wayne sudaca con Rodríguez Larreta morocho que, al parecer, es miembro de una distinguida, refinada y educada clase alta en serio. A partir de allí, la película navega en los caricaturescos avatares que vive Delfina intentando complacer sexual y amorosamente hasta los límites del ridículo al siempre inverosímil y sobreactuado Kamil; a su hija con rebeldía adolescente disfuncional; a su esposo (luego ex) con cara de cornudo siendo, justamente, un reverendo cornudo; a su puñado de amigas aburridas de la vida -como ella- intentando lograr algún cambio de rutina en encuentros sexuales muy agarrados de los pelos que se pretenden matizar como “tórridos”; a su malhumorada empleada doméstica con sus habituales berretines; a ella misma que no para de erigirse como un personaje decadente en permanente y precipitado espiral descendente.

Placer y martirio es una película que habla sobre la soledad y, en especial, sobre el miedo a la soledad en una confusa clase pudiente porteña donde el dinero no es determinante y el sexo, de una manera superficial y lúdica, sí. Madre, hija, esposo, ex esposo, amante, mucama, amiga parecen nivelarse en esa soledad estrepitosa y corrosiva que, al parecer, las define como personas: lejos de mostrar mayores virtudes, todos los personajes de la película se definen por acumulación de miserias. Y es aquí donde falla, precisamente, la consumación más importante que Campusano y su Placer y martirio intentan llevar a cabo: la concentración de miserias humanas como una concentración taxativa (¿y privativa?) de clase. Al parecer, “los ricos” (o esa confusa clase pudiente capitalina a la que Campusano no sabe describir muy bien más allá del cliché mirthalegranezco y las torres de Puerto Madero siempre de fondo) son miserables de esta forma, con estas formas y desde estas formas: son miserables al fallar meteóricamente en la armonización de un núcleo familiar estable, amoroso y fuerte; son miserables al derrochar el dinero de manera desaprensiva y superficial; son miserables al no saber privilegiar una autoestima noble, sin necesidad de autoritarismos; y, sobre todo, son miserables al coger (como fuere) y sentir permanentemente su respectivo placer, con culpa.

placer-y-martirio-500x480La culpa es, precisamente, el martirio que se hace análogo al placer en la película de Campusano. La culpa es ese martirio por el cual Delfina pide perdón siempre (pero siempre) a Kamil por más que Kamil debiera ser el que le pidiera perdón a ella. La culpa es lo que a la amiga de Delfina le hace doler el cuerpo después de haber estado enfiestada con tres tipos. La culpa es lo que lleva a la hija de Delfina a pedirle disculpas a su madre después de cortarle sus mejores vestidos por venganza. La culpa es lo que lleva a que Delfina empastille a su mucama y su mucama acepte estar empastillada. La culpa es lo que, al parecer desde una moralina muy cristiana, hace suponer que el placer es análogo al martirio si al placer, como la película muestra de forma rectilínea sin mayores metáforas, se lo quiere asociar casi de forma directa, con el sexo y la sexualidad desprejuiciada.

Si Placer y martirio fuera, a modo de homenaje quizás, lo que es el cine de Tarantino al cine de Leone, uno pudiera entender un guiño del autor en cuanto a la revalorización lúdica de su cine “bruto” y, a partir de ello, entender a esta película desde un nivel ambiguo que la complemente más allá de la película en sí con todas sus intencionalidades fallidas. Pero, al parecer, de haber guiño, la crítica se lo encuentra nomás pues el propio Campusano en su película, no deja ni uno solo desde donde se pudiera suponer que “lo fallido” en la película, es parte, precisamente, de una estética conciente y consumada que ironice sobre la propia obra del autor. Por ello, lejos de ser una película relevante, corajuda o el “udo/uda” que se le quiera adosar, Placer y martirio es una película artificiosamente hiperbólica, de denso digerido, donde sus “buenas intenciones” no pueden superar sus malas acciones, donde la mirada inquisidora, agresiva y repulsiva que ofrece el chofer de Kamil al principio de la película -cuando su jefe y Delfina se conocen en la fiesta- a toda esa gente adinerada y patética para la cual trabaja, es, precisamente, el peor síntoma que la película en sí desarrollará en su trama argumental: el prejuicio de clase vendido como juicio de la misma.

Aquí pueden leer un texto de Ignacio Izaguire y otro de José Miccio sobre la película.

Placer y martirio (Argentina, 2015), de José Celestino Campusano, c/Natacha Méndez, Rodolfo Ávalos, Paula Napolitano, Aldana Carretino, Myriam Agüero, 100′.