La pesadilla totalitaria predicha para 1984 por George Orwell se ha atrasado por casi treinta años; han pasado casi catorce desde el comienzo del nuevo milenio y la dictadura del omnímodo Big Brother no se ha concretado. El mundo no se divide en tres grandes bloques en guerra permanente e intercambiable entre unos y otros; la delación no parece ser la norma de la relación familiar y los ciudadanos eligen libremente a sus gobiernos sin ser víctimas de las mentiras que estos difunden sobre sus rivales en guerra.

 

Orwell imaginó su pesadilla en 1949 años después de regresar de la Unión Soviética, desencantado del régimen al que había adherido hasta entonces; la situó casi cincuenta años más tarde como advertencia y descripción de su esperanza frustrada.

 

La visión optimista del primer párrafo, que se pretende válida para los países centrales de occidente, es solo eso, un brote de ilusión, una fantasía tanto como lo fue la distopía orwelliana. El totalitarismo ha ganado buena parte de la batalla, no solo por la acción de los estados sino de las corporaciones capitalistas, propietarias de nuestros destinos desde el nacimiento a la muerte mediante la blanda tiranía del deseo, cuando no es necesario aplicar otras herramientas más contundentes. Lo hasta aquí dicho a título de convicción personal tiene un parentesco relativo con Reality, la película de Matteo Garrone. Su visión hace válido el paralelo. Quien sea que inventó la franquicia original del Gran hermano televisivo tenía muy presente la idea e intenciones originales de Orwell. El Gran hermano de 1984, la novela, era un ojo inmenso y omnipresente, un sucedáneo de Dios que administraba premios y castigos, tomaba decisiones políticas y se inmiscuía en la vida íntima de cada uno. El uso perverso dado al título y al objeto del programa televisivo y su éxito planetario son una ratificación de que el escritor inglés no erró demasiado en sus pronósticos.
 
Garrone es italiano, su manera de expresar sus conflictos, su interés principal, pasa por el hombre, la familia y su sustento tradicional, el orden religioso. Es probable que al momento de planificar su película no haya tenido a 1984 ni a la religión en el centro de su conciencia. Pero allí están ambas, la novela de Orwell, el sustento espiritual católico y popular, disputándose el cuerpo y el alma de un pobre mortal napolitano.

 


Garrone, no podía ser de otro modo, tiene su costado operístico, le gustan los movimientos de cámara ampulosos, los travellings desmesurados que terminan en encuadres mínimos. Tal el de la primera escena de Reality, una toma que comienza desde lo alto encuadrando a una parte de la ciudad, para ir descendiendo y centrándose en un coche de caballos que conduce a una pareja de novios hasta el lugar en donde festejarán su boda. Una cámara que desciende hacia el mundo desde la altura de algún cielo indiferente. El mundo que descubre está pintado con los colorinches de la divisa kistch e impregnado de la tristeza de un parque de diversiones. En ese mundo brilla Enzo, un saltimbanqui, fugaz animador de la fiesta de bodas, ganador de Gran hermano, una celebridad kitsch en sí misma. Luciano, uno de los invitados, es un histrión de fiestas familiares a quien todos en ese ámbito consideran superior a Enzo. La familia empuja a Luciano a presentarse al casting de la nueva edición. Al principio éste se niega, pero una vez que cambia de idea y compite, ser uno de los seleccionados, entrar a la casa del Gran hermano, se transforma en su obsesión. Abandonar una iglesia por otra, ese es el precio a pagar. La vieja chiesa católica con su ceremonial y su milenaria red de contención material y espiritual; o el nuevo resplandor catódico, cinco minutos de fama, dinero y, sobre todo, exposición, ser visto y adorado urbi et orbi. Rituales vacíos, tristeza para ocultar otro vacío, el de la partida del viejo Dios protector, ausente del mundo o mal refugiado en las iglesias. El viejo Dios y sus apóstoles se van a menudo en las películas de Garrone. En Gomorrauna estatua de San Roque era bajada con poleas desde lo alto del edificio marginal en donde vivían los pobres, la carne de cañón de la camorra; en Reality, cuando Luciano vende su pescadería, Michele, su ayudante, se lleva en brazos la imagen de la Virgenque amadrinaba el lugar. Todos los altares vacíos serán ocupados por la televisión para que Luciano pueda ser uno de los apóstoles de la nueva fe. Como a todo converso, la furia lo acomete y lo lleva al sacrificio para obtener la promesa del nuevo paraíso prometido; paranoia y renuncia a sus bienes materiales son los síntomas. El mensaje del cura al que visita en el punto más alto de su locura no le hace mella: “Jesús es la diferencia entre ser y aparentar…entrar a nuestra casa es ser uno mismo” (la cita no es textual). Como Francisco, el juglar de Dios, Luciano renuncia a todo lo que es suyo, incluso a su familia. A diferencia del ascético santo roselliniano, no hay alegría en su desprendimiento, ni generosidad, ni fe en el transmundo, ni caridad; solo esperanza en la entrada al nuevo paraíso; para lograrlo, Luciano debe recurrir al engaño y la clandestinidad; a diferencia del viejo, los San Pedros que custodian su acceso son falibles. Luciano, recostado en un diván de la gran casa, sonriente en su desvarío, la cámara que se eleva otra vez y recorta el brillo televisivo de la habitación en un espacio de oscuridad absoluta, una estrella que se pierde en el firmamento nocturno. El cierre invierte la toma inicial, de mayor a menor, de abajo hacia arriba, hacia algún lugar en donde, sin embargo, hay un ojo omnímodo capaz de mirarlo todo, aún la casa panóptica del Gran hermano ¿Garrone resguarda la vieja fe?

La tristeza que empapa a toda la historia es también un límite y la comprobación de otra ausencia: ya no hay compasión disfrazada de ferocidad o viceversa a la manera de Risi o Monicelli; ya no están Age, Scarpelli o, sobre todo, el maestro Azcona, para revestir de patética crueldad risible la historia de Luciano y su conversión. Garrone se las arregla con su destreza, que no es poca, para evocar aquel otro paraíso perdido, el de la commedia a la italiana, irrepetible fenómeno, milagro laico que no obstante alumbra con su luz a este Reality contemporáneo. 

 
Reality (Italia / Francia, 2012), de Matteo Garrone, c/ Aniello Arena, Loredana Simioli, Nando Paone, 116’.