Por Roberto Pagés.

Fui a ver Samurai. Durante la proyección, me dije: ‘acaso ya no esté para esta languidez, esta ausencia de humor, y esta música pagada de sí’. Más condescendiente con la película, agregué: ‘acaso, sencillamente, estoy viejo’. A la salida, estimulado por quien me había acompañado, me puse a hablar y, como suele pasarme, con las palabras llegaron los pensamientos y las sensaciones.
El prólogo escrito sobre la pantalla informa que hacia 1870 el emperador japonés se hizo fuerte, y seis años después arrasó con la clase samurai con uso de tecnología europea de la época. 1870 es el año en que termina la Guerrade la Triple Alianza, nombrada en el film como la “guerra del Paraguay” por uno de sus protagonistas, Poncho Negro, que ha dejado sus dos brazos en esa guerra. Inútil para la actividad física, le ha quedado el conocimiento del terreno, de los usos y costumbres de su tierra, y el desprecio y la inquina de los otros porque recuerda la guerra como una matanza de la que no se repone, y porque el coronel ganador y la peonada sumisa eligen, al revés de él, la adecuación a las normas del mitrismo triunfante.

Igual que el padre de Takeo (el otro protagonista del film), tironeado entre su propio padre samurai vencido en Japón, que le exige valor y lucha, y la nueva tierra que le impone la supervivencia para él y su familia. Takeo hace causa con el abuelo, defraudando al padre, y con la katana mítica sale en busca del espíritu guerrero samurai. En el encuentro con Poncho Negro aparece la ilusión del film: Poncho Negro será ideólogo y baqueano, Takeo el brazo armado para la recomposición de un orden tal vez perdido, tal vez nunca expresado.

La ilusión del film es la ilusión del espectador durante buena parte del metraje. Acecha, de continuo, la felicidad de la lucha, la pelea entre el representante mitrista –el coronel- y Poncho Negro, que supo y sabe de otras raíces, como el abuelo samurai le ha enseñado a su nieto, pero Takeo no está por la labor. Una sola vez usa la katana y lo hace borracho, matando a un pobre infeliz y dejando una viuda. No hay uso para matar la iguana, que daría alimento, ni para enfrentar al ejército argentino mitrista, que cambiaría el estado de las cosas (entre otras, deslomarse cortando árboles, y dejar la paga en la compra de vino y yerba hecha a los mismos empleadores). Takeo, como el film, es un anhelo, una contemplación, y no más. Takeo no lucha, no besa (a la hija de Poncho Negro, que sí lo besa a él), y al fin, bajo la lluvia, le entrega la katana a su padre, en un ritual tan pomposo como vacío de sentido: el padre, fiel a sus melindres, en ese momento piensa en los diez pesos fuertes que le ofrece el ejército como salida a sus penurias. En términos simbólicos, el padre se ha entregado al mitrismo –el emperador ad-hoc– del lado del laburante: bajar la cabeza y obedecer. ¿Qué otra cosa hace un soldado en un ejército ajeno?

Takeo abandona a su abuelo muerto. Ha perdido para siempre el espíritu samurai que buscaba, que no encontró y ya no busca. Y a Poncho Negro, espíritu de esta tierra, lo han matado los mismos que estaban incómodos con él y su perseverancia. El joven anhelante elige la ruta de su padre: la katana fuerte, viril y orgullosa que recorre el film deviene en un cuchillito que le ofrece un pescador para trabajar en el mar (el pescador lo hace con dudas, inseguro del valor de Takeo para la actividad).
La escena final a orillas del mar, con Takeo internándose con los pescadores en el mar ancho -y tan ajeno como antes lo había sido la montaña y la llanura- es una concesión poética del director del film hacia su personaje, acaso hacia sí mismo. Debería haberlo hecho terminar en una tintorería, hábitat que los japoneses supieron tener en la Argentina, y que también perdieron.
BONUS TRACK: (1) En medio del frío en la noche me llegó una frase, que dejé de lado. Samurai es la antítesis del Juan Moreira de Favio. (y 2): Por enfrente de la Plazade los Dos Congresos, sobre la vereda del Gaumont, donde esa tarde había visto la película, volví a pensar: la épica es difícil, y definitivamente no es para el medio pelo. Lo vemos todos los días en esta ciudad de cacerolas. (y 3): Cada vez que escribí Takeo en este artículo lo hice a la inversa, Kateo, y tuve que corregirlo. Tal vez no sea casual. Takeo, ni el film, son lo que amagan.