septimo_poster2Advertencia: Este artículo devela toda la trama de la película (que está zarpada o que es la hostia, según la nacionalidad del espectador). 

La hostia y el choripán. Llamen a un guionista. Llamen a Barton Fink. Llamen a Joe Gillis. Llamen al guionista de Cautivos del mal; o al guionista psicópata de The Player; o al de El sueño del mono loco; o a Hank Moody; llamen a Steele de In a lonely place (ese sí que no le esquivaba al bulto). En fin, que llamen a un guionista porque lo necesitan. Era el personaje que más ansiaba que apareciera en la película. Un guionista que viniera a arreglar un poco las cosas. Pues que ya no lo van a llamar ni ya no lo necesitan más, porque han conseguido hacer de Séptimo uno de los guiones más risibles y torpes de los últimos diez años. Cuando Ziembrowski miraba al cielo agradecido, con las manos en el sumiso gesto de la plegaria y el rostro embobado por la gracia, me dije que, claro, había llegado un guionista, a última hora, pero había llegado. No, eran los hijos. Habían encontrado a los hijos secuestrados. Pero a esa altura, eso ya no le importa a nadie, más que a Sebastián (Darín). Bueno, y a Ziembrowski, que es un portero muy, muy, buena gente. 

Séptimo es el producto de la «brillante» idea de juntar a un actor argentino y una actriz española (los dos híper requeridos por el público) en una locación. Ya, «golazo» habrán dicho los productores. El uso de un edificio como locación para matar más de medio metraje en  un solo lugar, con comodidad para filmar. Es por eso que el edificio, a diferencia del de La comunidad no se significa, queda como lo que es: una locación. No es un espacio significante, no es espacio cinematográfico. Pero no quiero detenerme en la brillante idea de la locación y quiero pasar a la segunda brillante idea que tiene Séptimo: una trama hilarante, de verosímil, coherencia y cohesión bufonescos. La premisa es la siguiente: una madre (Belén Rueda) oriunda de España se quiere tomar el pire a Madrid con sus dos hijos, pero como el marido (argentino) no se decide del todo a firmar el divorcio, se le ocurre esta idea desopilante: secuestrar a sus propios hijos porque de ese modo logrará que su marido firme el papel después de haber pasado el peor día de su vida. El plan sería volver loco a un padre con lo que más lo puede llegar a conmover en la vida, hacerle sentir la ausencia de los hijos, algo poderoso y terrible, para que acto seguido deje que la madre se los lleve a España. Así no más. Sin peros, sin pretextos. Es sencillamente risible.

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La trama es tan estúpida que un personaje tiene que explicarlo: “ya está, le hiciste pasar el peor día de su vida, ese tipo está hecho polvo, te va a firmar los papeles”. Y los personajes parece que en verdad leen el guión antes de cada escena, porque saben todo lo que pasa. Después de que el cómplice explica el giro sin sentido de la trama, acto seguido viene Sebastián (ya son Darín y Belén Rueda, lo fueron desde un principio) y le dice a su esposa: “dame, te firmo los papeles”. Hombre, tiraste todo lo que supuestamente te importaba al barranco por esos dos críos, demostraste que tu estereotipado abogado era capaz de sentir, casi matas a tu jefe para conseguir el dinero y pagar el secuestro, les das un solo -uno solo- abrazo a tus hijos y ¿ya estás preparado emocional, psicológica, ontológicamente (se supone que tu identidad cambió, que sos otro, un tipo que se jugó la vida por lo que más quiere, y lo que más quiere en el mundo resultan ser: sus hijos), para abandonarlos, para que en la siguiente secuencia le digas a tu mujer que se los lleve a España? En fin, que hay personas altruistas en el mundo, vale, que puede ser este el caso. Pero espérate, espérate que se viene un giro, que los guionistas te han preparado una revelación, Sebastián, que te va a flipar la cabeza. Que va, te lo digo yo: tu esposa estaba detrás de todo y lo hizo con ayuda del comisario, con la complicidad del comisario, que vaya casualidad vive en tu mismo edificio. Fíjate si no. Fíjate. Anda nomás hasta la puerta entreabierta del departamento del comisario, de quien ya sospechaste antes, los guionistas se han tomado el trabajo de dejártela abierta, (no hay guionistas así de buenos en todas partes) y ¿qué encuentras? No te lo puedes creer ¿eh? ¡Golosinas, envoltorios de golosinas! Que ahí hubo niños, de eso no te queda ni pelín de duda, y que va que encuentras también la sutileza de la revelación, que esto es en verdad tremendo, no te lo esperabas Sebastián, ¡la media tableta gemela de la pastilla que debías darle temprano por la mañana a tu hija! Estos guionistas son la madre. Por supuesto que las comparas, y agárrate chaval: que son iguales ¡son iguales! ¿Que te lo crees? Son iguales Sebastián, Darín, abogado que antes eras soberbio y ya no, ¿que te das cuenta qué significa? ¡Fue tu mujer! Fue la gallega. Y esa Belén Rueda ha estado en cada película que no es de no suponerse que no lo hiciera. Y ahora, date un momento para tener El aura de la anagnórisis helénica, aguántalo de momento, y luego corres, corres Darín a por tus hijos, que estos guionistas no son tontos y pusieron un contrarreloj a la película. ¿Que cuál contrarreloj? Que tu mujer se está llevando a tus hijos a Ezeiza y de allí vuelo directo a Madrid. No me sorprende que no te haya llamado la atención que Belén Rueda sea capaz de hacer eso, porque ya hemos visto las películas que hace, pero ¿no te sorprende un poco que una madre, tu esposa, se lleve a sus hijos derechito a un desarraigo, al otro lado del océano, lejos de la figura del padre, al que no se cansan de decir que adoran (como a los chocolatines) después de haber pasado por semejante trauma? Que los chavalines ni se mosquearon, estos guionistas son tan buena gente que lobotomizaron a tus dos hijos durante todo el secuestro (y durante toda la película; es que un secuestro debe ser una experiencia demasiado traumática). Pero en fin, ¿no te llamó un poco la atención, Sebastián, o quién coño seas? A esta altura eres un personaje que se sabe todo el texto, que ha leído el guión; es que la bondad de estos guionistas es inconmensurable, les dieron a leer el libro entero a todos sus personajes. Que bueno, que sigamos. ¡Corre Sebastián, corre! Súbete a ese auto que no sabemos por qué hostias está metido de sopetón en la película, pero que le mola a Darín, o a los españoles, o a los argentinos, o a Belén Rueda, que aparte está guapísima (Darín se lo dice, palabra), y vas en ese auto con la argentinidad al palo en busca de una estrella española que se lleva a tus hijos Buenos Aires Madrid, sin escalas (un buen próximo título para Patxi Amezcua), y llegas desesperado al aeropuerto. Tus hijos son lo único que te queda en el mundo, pero como no lo sabías, los guionistas te fueron dando una mano (que son dadivosos, ya lo dijimos). Y estás allí, parado en medio de un aeropuerto internacional, y se viene el clímax, abrocharse cinturones que, después de la revelación que tuvo este chaval, el clímax será tremendo. Pues no. No tanto. En verdad, casi nada. Casi… Bueno, que el clímax es fláccido, impotente, pero no importa, porque los tenemos cara a cara a Darín y a Belén Rueda: y Darín, Sebastián, este tío, se acuerda de que es abogado y le demanda a su mujer que deje ya mismo a sus hijos, que si no va presa, “¿qué te pensás? Cometiste varios delitos, hago un llamado y estás presa”. Maravilla de diálogo, el subtexto está funcionando a todo motor, pero es un poco argentino, entonces ella le responde un poco en gallego, y qué escena, qué escena tan confusa. Darín y Belén Rueda lo tienen en claro, los niños siguen lobotomizados, que, ya ves, para los chavalines irse, quedarse, es lo misma cosa (comer chocolatines, que los secuestren, da igual). Pero no se entiende dónde está la emoción. Es el clímax y Darín está ciertamente enfadado. Entonces la buscamos, buscamos la emoción. Estos guionistas no nos van a dejar a pata, si hasta le pusieron un Taunus a Darín; giramos bien, atentos, por todo el aeropuerto, pero el plano es bastante cerrado, ya va a aparecer la emoción de momento a otro. Española o argentina, tiene que aparecer porque es el clímax, vale, y en su código narrativo la película debería estar estallando de emoción como una cazuela arriba de un parrillero. Pero no, es que sería demasiado para esos niños, chavalines, que ya pasaron por tanto, y sin darse cuenta (es la bondad de la dramaturgia). Entonces la madre simplemente se va sola, lo que quiere decir: Belén Rueda se vuelve a Madrid, y Darín se lleva a sus dos hijos a casa, en Argentina (Darín es argentino). Y en el auto los niños le proponen jugar un partido de fútbol en la Play, y entonces sucede lo que es el diálogo de cierre, o sea, las últimas palabras que el espectador va a llevarse de la sala. No les miento si les digo que Darín les propone a los chavales: “¿Hacemos un España contra Argentina?”. ¡Ma – gis – tral! Un diálogo pulido, excelente, que se atiene a los códigos de la película, en la que los personajes son los actores y nunca los personajes. Darín está tan enojado con Belén Rueda, que seguro juega con Messi y caga a goles a la Roja de España. Guión excepcional, puesta en escena lamentable, actuaciones limitadas, mitad argentinas, mitad españolas, algunos estereotipos por aquí y por allá, y dos niños salidos de un comercial de chocolates. ¡Qué madre de película! La hostia y el choripán. 

Aquí puede leerse una nota de Fabián Roberti sobre la misma película.

Séptimo (Argentina/España, 2013), de Patxi Amezcua, c/Ricardo Darín, Belén Rueda, Luis Ziembrowski, Osvaldo Santoro, 88′.