Por Luciano Alonso.
Aquí pueden leer un texto de Marcos Vieytes sobre esta película.

Una cosa es hacer una película mala por error y otra cosa muy distinta es hacer una película mala por elección. Hay una inteligencia (malévola, pero inteligencia al fin) en hacer una película mala con ganas. Un lugar donde refugiarse es así, una película que sólo puede ser realizada por un genio, pero un genio adverso. Es decir, una película funcional, realizada con inteligencia estratégica; económicamente rentable, que más o menos conformará a una gran cantidad de espectadores, pero que, a cambio, no hace más que darle al público una serie de convenciones, lugares comunes e imágenes de postal.
           
Por lo demás, Un lugar donde refugiarse ni siquiera llega a ser irritante. Las películas malas, las películas que nos despiertan grandes pasiones, resultan atractivas a pesar de todo. Incluso cuando las odiamos. Digamos que si tuviéramos que ponerle un valor numérico, Un lugar donde refugiarse no sería una película con baja puntuación, sino una película promedio. Pienso que ya es hora de reivindicar a las películas malas que, muchas veces, esconden grandes tesoros. Pero esta película ni siquiera es mala, es insípida, es aburrida. Es algo así como una compleja y gran publicidad de casi dos horas de duración.
           
No hay mucho más para decir respecto a la película. Es una historia de amor, tiene algo de suspenso, hay algo así como un atisbo de trama policial, y no mucho más. Es, fundamentalmente, una película inofensiva. Al menos, es la impresión que nos da en una primera lectura. Una película sin mayores pretensiones, que probablemente nos vendan como una película ideal para ver en pareja, para pasar un rato de ocio o entretenimiento.
           
Sin embargo, bajo la luz de un análisis algo más riguroso, descubriríamos que las “buenas intenciones” de la película dejan de ser tan buenas, y nos encontraríamos con un problema más vasto y complejo. Me refiero al problema de casi todos los autores de best sellers, del culto al optimismo militante, y de la fe ciega que promueven la mayoría de los libros de autoayuda.

La cosa es así: detrás de una película hay una ideología. Podemos estar a favor o en contra de la ideología que promueve, pero no podemos ignorar que hay una ideología detrás de cada película. Respecto a la mala literatura y a su pernicioso efecto, Arthur Schopenhauer lo plantea así: «Los libros malos son un veneno intelectual que destruye el espíritu. Y porque la mayoría de las personas, en lugar de leer lo mejor que se ha producido en las diferentes épocas, se reduce a leer las últimas novedades, los escritores se reducen al círculo estrecho de las ideas en circulación, y el público se hunde cada vez más profundamente en su propio fango

Si extrapolamos las palabras de Arthur Schopenhauer al cine, el mecanismo se repite. El cine malo es perjudicial para la salud. Y que promueva ciertos valores positivos y optimistas no quiere decir que sea menos malo.
           
Antes de proseguir, vale una aclaración. No soy un escéptico interesado en demoler las ilusiones y promesas del cine. Kurt Vonnegut sostenía que los discursos religiosos pueden ser un montón de mentiras, pero encontraba útil, terapéutica y necesaria la posibilidad de creer en algo mejor, que nos trascienda. Es decir, no estoy en contra del cine de Hollywood porque promueve un estilo de vida irreal e inaccesible. Estoy en contra del cine de Hollywood cuando ni siquiera esa promesa es real o efectiva, o cuando esa promesa está planteada sin un ápice de estilo o gracia.
           
En conclusión, no le exijo al cine que sea realista o que se parezca a la realidad. Por el contrario, me parece perfecto que sea totalmente irreal. Lo que no tolero es que sus mentiras sean dañinas. Y la paradoja de Hollywood es que, muchas veces, a los optimistas militantes les sale el tiro por la culata. No digo que la felicidad y el mundo ideal que proponen los libros de autoayuda sea una meta inalcanzable, lo que digo es que hay que tener cuidado con el precio que pagamos por la felicidad, no vaya a ser cosa que al final nos demos cuenta que Aldous Huxley tenía razón, y que la utopía se nos vuelva distopía.
           
Así es como Un lugar donde refugiarse insiste con oponer la intuición a la razón, devaluando los logros de la razón, y detrás de esta premisa hay un discurso que, además de atrasar años, es pernicioso.

Veamos algunos ejemplos: en algún momento, uno de los protagonistas dice: “Lo bueno de la vida es que está llena de segundas oportunidades”.
           
Falso.
           
En algún otro momento, organizan un viaje en canoa, aprovechando que el día está soleado y hermoso. El amigo del protagonista es un “viejo sabio” y les advierte que va a llover, porque le duele la rodilla. El protagonista dice que los meteorólogos tienen radares para medir el clima y que la gente de ciencia sabe más que él. ¿Y qué creen que pasa? Se larga a llover, obvio.
           
Es que la sabiduría popular es más importante. Lo cual es falso.
           
¿Qué más? Sueños premonitorios.
           
Subrayar que la intuición es sabia (hasta el punto en el que está bien que una niña le mienta a un policía).
Y así.
           
Más allá de los ejemplos, la premisa es siempre la misma: de cualquier cosa se puede extraer una moraleja, las coincidencias ocurren por razones divinas, el pensamiento mágico es más importante que la razón y la ciencia.
           
Pues bien, falso, falso y mil veces falso.
           
Y, además de falso, hipócrita. Y, además de hipócrita, suicida.
           
La verdad, no tengo nada en contra de las películas románticas. No soy una persona incapaz de sentir, obnubilado por la razón. Pero todo tiene un límite. Si dejamos que nos manipulen de una manera tan simple, estamos apoyando y promoviendo la abolición de nuestra propia libertad. Me refiero a la libertad de pensar y discernir con criterio.

Si dejamos que nuestras facultades mentales queden embotadas por las promesas del discurso publicitario, el panorama es realmente desesperante y desolador.