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Pelo malo cuenta la historia de Junior, un niño de unos 9 años que, en pleno receso escolar, sólo piensa en la foto que se tomará para el nuevo ciclo lectivo vestido de cantante y con el pelo “liso”. En ese tiempo vacío que define a las vacaciones –cuando, como creía Hitchcock, los hombres ordinarios viven aventuras extraordinarias- Junior parece ver fluir sus deseos: su impaciencia por definir su peinado representa, en realidad, elecciones mucho más ambiciosas. Expuesto sobre el marco de una Venezuela mística y militarizada, el conflicto de Junior y su madre recrea un andamiaje presente en varias sociedades latinoamericanas, pero que aquí aparece con condimentos propios de la postura política de su directora (quién se manifestó crítica del gobierno actual de su país). La insistencia en un entorno que invade el conflicto familiar desde el afuera, de a retazos, con boinas rojas, armas y agentes de seguridad que configuran una Caracas sumida en un misticismo pseudo-religioso, que impulsa desde promesas criminales por la salud de Chavez hasta ritos mundanos para bajar de peso, nos permite intuir que se habla de algo más que de la homofobia que aún persiste –en Venezuela como en la mayoría de los países- y que sólo se enmascara con la mera corrección política.

La mirada de Pelo malo sobre una clase tan despojada como consciente de sus posibilidades de subsistencia no deja de tener cierto tufillo paternalista. Aquí tenemos a una madre que no sólo no quiere a su hijo sino que ahoga sus intentos de construir una identidad en conflicto con una sociedad atravesada, todavía, por la intolerancia y el desconocimiento. Lo hace por miedo, por rechazo, no importa la razón. Lo cierto es que los cambios son procesos, nos queda claro, y las sociedades en sus distintos estratos cambian parcialmente y a veces a destiempo. Pero no creo que un consejo como el que le da el médico del hospital –eso de “búsquese un hombre para que el chico tenga un referente masculino” cuando la mujer consulta sobre qué hacer para evitar que su hijo le salga “mariquita”- sea aceptable como representación de otro sector poblacional. La sexualidad de Junior se convierte en una excusa para mirar ese mundo emergente en los sectores pobre de Venezuela con un distanciamiento que aleja a la directora de ese contexto y la autoriza a mirarlo desde arriba.

Pelo malo (Venezuela, 2013), de Mariana Rondón, c/Samantha Castillo, Samuel Lange Zambrano, Beto Benites, Nelly Ramos, 93′.

Publicada en la cobertura del 26º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.