Por Nuria Silva

«Los individuos y las cosas existen en cuanto participan de la especie que los incluye, que es su realidad permanente.»
Que Abril en Nueva York haya sido realizada casi de casualidad, en escasos días, poca guita, con una cámara fotográfica y entre amigos, no deberían ser argumentos válidos a la hora de defender una película lisa y llanamente tonta, porque se estaría subestimando a su director, cuyo mayor error fue, precisamente, el de subestimar a un género que, por naturaleza ultra conservador y simplista (osea, algo bobalicón), requiere de mano hábil para no terminar subestimando al espectador. Trabajar bajo las limitaciones lógicas de una producción tan independiente no debería equivaler a desidia creativa. Piroyansky recurre a los más básicos y previsibles lugares comunes sin ningún resquemor. Abril en Nueva York es narrativamente torpe y exhibe una puesta en escena cuyo diseño de arte atrasa al menos veinte años y resulta bastante cercano al de los extranjerizados productos de Cris Morena.
Pablo (Abril Sosa) y Valeria (Carla Quevedo) no parecen dos argentinos peleándola en el centro de una cultura ajena; más bien todo lo contrario, se los ve cómodos y asimilados por la forma de vida estadounidense. Ni siquiera parecen personas, aunque la película tenga algo de “autobiográfico”, sino un cúmulo de clichés de obviedad infantil que hasta a los niños ofendería. No hay un ápice de identidad argentina, ni siquiera en los momentos en que eso debiera ser un punto de inflexión importante, como el casting que ella debe padecer o la ridícula entrevista de trabajo en la que él zafa. El mínimo instante triunfal de Valeria sonriendo porque le dicen que su acento se oye natural deja en evidencia la subjetividad de quien se sueña en otras tierras y otras lenguas. Pablo dice ‘pija’ en público para probar que no conocen esa palabra, pero en la intimidad con Valeria dice ‘pito’. La argentinidad se ve como la reverberación de una mirada trivial y prejuiciosa de la propia idiosincrasia. Niños “bian” con sueños de bohemia que se desenvuelven por Nueva York con la misma soltura con que lo harían por Palermo Hollywood, filmados con el ánimo poético de un Dos Corazones y un sentido cool de dos pesos.

Los diálogos no se corresponden con las imágenes. Los problemas económicos marcadamente enfatizados, y que serán motivo de crisis en la pareja, no coinciden con el estatus de vida que obtenemos visualmente. Lejos de los pisos compartidos, Pablo y Valeria viven en un pequeño pero muy lindo departamento, con carteles escritos en inglés, recortes de revistas de moda yanquis en la heladera y cuadros que, de acá, nada. Y cuanto más avanza la película más se alejan de la posibilidad de hacerse cargo de lo propio para mimetizarse con el sueño americano, ambición coronada con la introducción de un tercero en discordia, típico muchachito estadounidense que, aunque se asume como cliché, no logra instaurar la idea de un discurso reflexivo, ni tampoco lo harán las pequeñas rebeldías del ‘borgeano’ en plan artista atormentado. A Piroyansky le sienta mejor la neurosis paranoica en primera persona de su corto No me amaque este voyeurismo desabrido alrededor de lo que parece un ideal para la puesta en escena de Abril en Nueva York. Tristes ambiciones de un romanticismo pueril. La falta de guión se hace notoria en el peor de los sentidos, y el relato culmina con la vuelta de tuerca más obvia y simplista que este género pueda concebir, abriéndole camino a un final de abc primario, tajantemente superficial, con corridas, música indie en crescendo y abrazo en pleno clímax instrumental.

Abril en Nueva York (Argentina, 2012), de Martín Piroyansky, c/ Abril Sosa, Carla Quevedo, 78’.