image (2)«No me importa lo que son [los zombis]. No me importa de dónde vinieron. Pueden ser cualquier desastre. Podrían ser un terremoto, un huracán, lo que sea. En mi mente no representan nada para mí, salvo un cambio global de algún tipo. Y las historias son acerca de cómo la gente responde o no responde a este y eso es realmente todo lo que han representado para mí. Eso es lo que pensé sobre el libro original de Richard [Matheson], Soy leyenda«.

George Romero en una entrevista de 2007.

Desde que los muertos vivos abandonaron la magia vudú en el cálido Haití y se convirtieron en el producto de «algo que salió mal» (o no tanto), las películas -y las series- que los tenían como tema se convirtieron en la excusa para hablar de algo más visceral: la condición humana, las miserias y las grandezas de hombres y mujeres puestos en situaciones límite; el fin de la civilización tal como la conocemos y la lucha por sobrevivir en un entorno hostil, redefiniendo esencialmente el concepto de «hostil» y situándolo en un mundo postapocalíptico.

Mucho se ha escrito y se ha filmado sobre el tema. En ambos casos el paso del tiempo le ha sumado oscuridad a los planteos. Desde la esperanzadora La tierra permanece de George R. Stewart de 1949 hasta la desoladora La carretera de Cormac McCarthy de 2006.

Con las adaptaciones y el género ha pasado algo similar, sumado a que el cine de terror atraviesa por una etapa de profusa producción (lo que no siempre se traduce en buenos productos) y que el cine de zombis en particular se ha convertido en un subgénero muy visitado aunque, en muchos casos, vaciado de contenido.

Y esto es lo que pasa con El desierto, debut en la ficción del documentalista Christoph Behl, que en una particular lectura del género (porque El desierto se presenta y se plantea como una película de género) nos escamotea la visión amenazante de los zombis que, en última instancia, son quienes hacen posible que la historia transcurra.

Dos hombres y una mujer, todos muy jóvenes, hace «mucho tiempo» que sobreviven en una casa en medio de la ciudad (desierta). Entre ellos se instala cierta tensión previsible provocada por el deseo (¿el amor?). Ellos son: Jonathan (William Prociuk), Axel (Lautaro Delgado) y Ana (Victoria Almeida). Jonathan y Ana son una pareja pero ella se siente enamorada de Axel, que no está convencido de lo mismo. Y así están las cosas. De todo esto nos enteramos a través de un recurso muy poco feliz que es la existencia de una especie de «confesionario», un cuartito en la terraza con una cámara a pilas en el que los chicos graban sus cuitas (que sirve, además, de excusa para las imágenes del tipo found footage y esos planos muy cercanos, casi amateur, tan caros al indie). Fuera de estos momentos sus días son más bien aburridos, escuchan música, toman sol, charlan, se aburren, se pelean y así. Lo que se deteriora notablemente es la posibilidad de sobrevivir y el personaje menos explotado se convierte en el más interesante. Jonathan, el que queda afuera del triángulo y es definido duramente por Ana («es un ingeniero, coge como un ingeniero»), es el único que propone un cambio en las reglas de juego como una forma de salvar la convivencia, que es la forma de salvar la vida, pero no tendrá eco en sus compañeros enfrascados en su drama romántico-pasional.

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La casa y esta «familia» se organizan en torno a una serie de reglas bastante absurdas que nadie cumple. Por suerte, la casa en la que se han refugiado está muy bien pertrechada; a pesar del «mucho tiempo» del encierro hay de todo: pilas, energía, nafta para el generador (¡y un generador!), vino en una bodega maravillosamente provista, comida, insecticida en aerosol, pintura el aerosol y así… todo esto que parece menor es fundamental porque si algo nos enseñó el cine de género es que todo se acaba rápidamente y hay que salir a enfrentar el afuera y el peligro para sobrevivir.

La cosa sigue hasta que llega a la casa lo que le faltaba a esta familia: una mascota. En una de sus (escasas) salidas los chicos se traen un zombi y lo ponen en el living, lo que no modifica mucho la dinámica de la historia.

El desierto desaprovecha el clima opresivo de encierro, la putrefacción del afuera, que ha construido. La presencia de las (muchísimas) moscas en la imagen y en la banda de sonido definen el escenario desde las primeras escenas y nos ubican en un espacio que promete muchísimo más de lo que nos termina dando.

El desierto (Argentina, 2013), de Christoph Behl, c/ William Prociuk, Lautaro Delgado, Victoria Almeida y Lucas Lagré, 98’.