Actriz: Transformarse sin fin, por José Luis Visconti

Lo primero que se advierte en Actriz es un corrimiento del lugar estandarizado del documental. Ni explicativo, ni reconstructivo. La cámara sigue a Analía Couceyro/actriz mientras va construyendo las dimensiones de Analía Couceyro/personaje. Esta cuestión, la del personaje, es crucial para entender que Actriz se mueve en las fronteras genéricas entre documental y ficción, tratando de sostenerse en un frágil, delicado equilibrio. Lo inusual es que en el cuerpo de Couceyro en la pantalla esas fronteras se difuminan, se van borrando al permitir la convivencia de la actriz (el espacio que funciona como documento) y el personaje (la derivación hacia el artificio de la ficción, acentuada por la decisión de filmar en blanco y negro) en el mismo plano.

La actuación, como acto, en Actriz está desprovista de toda explicación. No hay voz off, ni entrevistas, ni explicaciones. La actuación se arma desde el duro trayecto de la memorización de los textos (la repetición y la sutileza de las variantes) hasta la escena plasmada en el escenario. Secuencia que conlleva una transformación que se resume en una de las escenas iniciales: Couceyro se transforma frente al espejo del camarín, en la Coti que saldrá a escena, mientras se maquilla, la peinan, le calzan una peluca, prueba la voz, con una naturalidad absoluta.

Y sin embargo, lo que despega a la película de la descripción son dos elementos cruciales.

El primero, convertir a esa transformación en un proceso ganado por la continuidad sin fin. Couceyro va transformándose una y otra y otra vez en otra. El hallazgo del montaje es encontrar ese punto en el que un personaje y el otro (la Couceyro que ensaya, la que enseña, la que traduce una obra, la voz que suena en la grabación, pero también Coti y Madame Curie en escena) establecen los lazos de esa continuidad señalada y que va llevando de una secuencia a la otra. Hay, en ese sentido, una escena aparentemente trivial, pero clave para entender el concepto. Couceyro juega en el sillón de su casa con sus dos pequeños hijos. Mientras ellos enhebran los datos de un cuento que van intentando construir en el momento, ella cambia su voz, se vuelve un personaje y otro de ese relato. La escena se cierra cuando Couceyro les dice “Quiero ser un rato yo misma”, como señalando la dificultad para salir del juego de la actuación y la mímesis con la construcción permanente de personajes.

El segundo es la insistencia sobre lo que significa actuar. Actuar es ser un cuerpo en un espacio recortado de la realidad. Llevar el cuerpo a un estado objetual (no ser persona, sino representar a alguien) que permita ser manejado por otros. Ceder la personalidad para ser receptáculo. La secuencia de la prueba de luces para la obra que ensaya con Alejandro Tantanian configura un ejemplo al borde de lo extremo: el cuerpo de Couceyro es apenas un objeto, como la silla en la que está sentada, condenado a la quietud y el silencio y que solamente tiene valor en función de las referencias para la iluminación. Pero la prueba mayor de convertirse en un cuerpo manipulado por otros que lo dirigen aparece en la escena del ensayo en el Mamba, de la que participan entre otros Fernando Noy y Paula Maffia: allí están los cuerpos parados, inmóviles, y Couceyro detrás de cada uno de ellos, alternativamente, susurrando las palabras que deben repetir, casi maquinalmente. Objetos, cuerpos, que se vuelven títeres, maleables por la intervención de otro que se esconde detrás de ellos.

Actriz no resuelve el dilema de esa dualidad actriz/personaje porque no lo considera un problema a resolver. En todo caso, expone la formulación de la actuación como algo más complejo que pararse en un escenario o delante de una cámara, sumergiéndose en el mismo juego que plantea. Un concepto que puede resumirse en la frase que desde el escenario, dice Coti/Couceyro: “Esta, mi apariencia, es mi ficción”.

Actriz (Argentina, 2017), de Fabián Fattore, c/Analía Couceyro, Fernando Noy, 81′.

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