“Tantas botellas de este vino que ni siquiera puedo pronunciar.
Chicos súper ricos sólo con cabos sueltos.
Chicos súper ricos sólo con amigos falsos.”
Frank Ocean.

 
Al parecer, el cine de Sofía Coppola ya no sigue ninguna línea estética o estilística. La única característica que se presenta como constante, desde sus primeros trabajos, es esa frialdad objetiva que en Perdidos en Tokio le jugaba a favor porque generaba cierto extrañamiento justamente en un país extraño que, de alguna manera, acompañaba a los personajes en su propia incomodidad. Luego, con el correr de los años, las películas cambiaron y esa frialdad persistió. Su cine se volvió impersonal y apabullante, y hasta podría resumirse en aquella primera escena de Somewhere en la que una cámara fija registra un automóvil dando vueltas en círculos a la distancia (¡qué simbolismo complicado, che!). El cine de Coppola no va a ningún lado, y no parece querer decir nada, porque nunca decidió qué es lo que quería decir. Adoro la fama es el último exponente de esta indecisión.

La película trata sobre un grupo de jóvenes adinerados que viven en Los Ángeles; como todo lo pueden y ya todo lo hicieron, están aburridos. Siguen cursando la secundaria pero, como en una pesadilla ballardiana, a temprana edad ya agotaron todas las posibilidades que la vida les ofrece. ¡Oh, pobres niños ricos! Entonces, ¿qué se les ocurre hacer? Entrar a casas de famosos que habitan la zona y robarles todo lo que el impulso del momento les indique. No roban por necesidad, roban como hobby. Como una versión pesadillesca y bastardeada de Robin Hood, estos niños ricos roban a otros ricos para enriquecerse aún más, cuando ni siquiera lo necesitan, y sólo por el aburrimiento de ser tan ricos. ¡Oh, pobres niños ricos!

Adoro la fama, basada en un caso real, registra las aventuras y desventuras de estos personajes con absoluta indiferencia. No glorifica ni castiga las acciones de estos jóvenes (aunque está un poco más cerca de lo primero), y sólo se limita a mostrar retazos aleatorios del caso que, por momentos, hacen ruido entre sí por la falta de una continuidad conceptual, de una línea ideológica que funcione como soporte. La película intenta hacer juegos temporales (comenzando con un racconto y entrelazando narraciones en off desde lo que sería el futuro/presente a lo narrado) y falla en ese cometido debido a la falta de constancia narrativa: Sofía Coppola se olvida de que está utilizando ese esquema y se cuelga filmando ralentis de momentos aleatorios en los que vemos a los jóvenes, con sus cabelleras al viento, viajando en algún descapotable por Sunset Blvd.

La película intenta abordar todos los temas a la vez y termina sin abordar ninguno. No se centra del todo ni en los jóvenes-ricos-ladrones, ni en los famosos perjudicados, ni en las familias que están en el medio, ni en el juicio y otras consecuencias jurídicas en que deviene la situación. Adoro la fama termina siendo un pastiche superficial con decisiones poco calculadas que no tiene una idea clara sobre absolutamente nada. Como una versión boba de Menos que cero de Bret Easton Ellis, menos existencialista y más negligentemente pop.

El cine de Sofía Coppola, que entregó dos grandes películas en sus comienzos, parece haberse consumido a sí mismo. Y sus últimas tres películas parecen sólo querer decirnos esto: ¡Oh, pobres niños ricos!

Adoro la fama (The Bling Ring, EUA, 2013) de SofÍa Coppola, c/Emma Watson, Leslie Mann, Taissa Farmiga, Israel Broussard, Claire Julien, Katie Chang, Georgia Rock, 95’.