“Le voy a abrir un agujero así, perdón por mi francés. Lo voy a hacer sufrir, voy a hacer que su madre desee nunca haberlo parido, lo voy a convertir en comida de perro. Es… es un buen chico, y lindo también. Tengo un problema serio, no sé si cagarlo a tropadas o cogérmelo.”

Jake LaMotta

“De cerca la vida se parece a una tragedia, de lejos a una comedia.”
Charles Chaplin

hr_Grudge_Match_8Gente grande, che. En este rincón, 175 libras, Robert De Niro (70). En el otro, 178 libras, Sylvester Stallone (67). Viejos rivales de tiempos de relativa gloria, lucidez y, sobre todo, agilidad, Billy “The Kid” McDonnen y Henry  “Razor” Sharp encuentran, treinta años después, motivos concretos para subirse nuevamente al ring: el desempate luego de haber ganado una pelea cada uno, dinero necesario luego de diversos dispendios que los dejaron al borde de la ruina como a tantos astros del box y, para Sharp especialmente, la oportunidad de ajustar cuentas con el tipo con el que se fue su entonces novia Sally Rose (Kim Basinger), con quien incluso tuvo un hijo.

Con la lógica premisa del choque final de este match del resentimiento y del rencor –traducción aproximadamente literal del título- el film de Peter Segal transcurre, en su mayoría, durante los preparativos del combate. Mientras Razor es acompañado por el ya anciano entrenador Lightning (Alan Arkin, como siempre listo y afilado tanto para un bordado como para un zurcido, con sus breves apuntes como lo mejor del film), con The Kid se encuentran B.J. (Jon Bernthal), y ese hijo al que jamás conoció y que, –ah, esas ubicuas arbitrariedades de guión- al igual que Sally Rose, aparecerán de la nada para insertarse en la zona dramática de este duelo de sesentones interpretados por tipos que ya superaron inclusive esa barrera a la cual ni por asomo llegó George Foreman, que volvió a los 42.

Mojando la oreja al viejo. Este encuentro de dos estrellas del cine que, si bien están de vuelta, no llegaron al subsuelo del olvido como sus personajes,  tiene –más allá del brillo fetichista del afiche y demás merchandising- poca retribución para las expectativas del espectador medio y sin grandes ambiciones que quiere ver qué se traen debajo de la bata estos viejos ídolos que no colgaron los guantes pero cuyas vitrinas, a falta de grandes trofeos que marquen nuevos hitos de su carrera, acumulan dividendos. Ahora bien, cuando uno quiere concentrarse en la historia de Ajuste de cuentas y piensa que pasaron 37 años desde Rocky y 33 desde Toro Salvaje, el mismo film se encarga de proporcionar uno que otro guiño para torturar más aún la memoria cinéfila. Eso es crueldad, Segal. Es que Peter Segal, además de director y uno de los guionistas, es especialista en secuelas y remakes de comedias y, en esta ocasión, se suma al patético subgénero de la autoparodia que es donde, a falta de méritos y originalidades, este combate se suscribe.

Precisamente fue Stallone, en esa suerte de comeback masivo que resultó la saga de Los Indestructibles, quien ha llevado a la exégesis el retorno de los grandes héroes de acción (ahora se suma Harrison Ford, en fin…) en tono de caricatura y burla a su propio estado físico y el paso de los años. Aquí pasa lo mismo: la trama oscila entre la autoconciencia y la comedia y, para no molestar, el mínimo drama familiar se resuelve en una caminata, una charla, una palmada y un abrazo. No íbamos a pedirle peras al olmo, está bien; no es Fat City,tampoco; no esperábamos otra historia de autosuperación como la de Rocky o de autodestrucción como la de LaMotta, pero lo peor de todo es que Ajuste de cuentas termina siendo… aburrida. ¿Una de boxeo aburrida?

GM_09433.dngYou got nothin’! (Capone). Veamos: los diálogos y rencillas entre ex amantes y entre padre e hijo son la cumbre del cliché y el acartonamiento, y ahí perdemos -además de un nudo dramático a priori interesante en el triángulo amoroso-rencoroso que renace- a Kim Basinger, que a los 60 está más buena que el pan con manteca pero que desaparece casi como un cameo haciendo de Talia Shire rubia, así como al joven y (al menos para mí) desconocido Bernthal, que muestra algo de ganas por tirar del carro de tanta monotonía y llegar a congeniar con el viejo McDonnen. En los choques previos de los boxeadores, algo estratégicamente diseminados en el metraje, los one liners se ven venir como golpes de aficionado y, a la hora de los bifes –nunca mejor dicho-, cuando el film de Segal ya fue y volvió como los devaneos de los pugilistas (suspensiones, marchas atrás, disputas varias, etc.) y ya se comieron unos cuantos minutos, llega al fin el esperado match.

Planos cortos, cuidados pero hasta ahí nomás, ágiles pero sin tensión, piñas que van y vienen, round para uno y para otro, el lomo de Stallone versus el de De Niro –que a lo mejor cuando hizo pesas para Cabo de miedo pudo haber estado en la misma categoría, pero ahora 20 años después definitvamente no- sin que, en la supuesta ferocidad de los golpes, se evidencie el odio que Razor y The Kid se guardaron durante 30 años y, menos aún, en los consabidos primeros planos de rostros hinchados entre gong y gong. Cuando se espera el clímax, un espíritu Disney se apodera del ring y con ello la única esperanza cierta de que podía resultar un producto digno de semejantes titanes en el recuerdo. Lo que podría haber funcionado como un sketch de lujo de Saturday Night Live se convierte en casi dos horas de un ajuste de cuentas, con demasiadas cuentas y poco ajuste, que se suma al colectivo “expendable”, reciclaje penoso de la vieja guardia de los años ’70 y ’80.

Ajuste de cuentas (Grudge Match, EUA, 2013), de Peter Segal, c/Robert De Niro, Sylvester Stallone, Kim Basinger, Alan Arkin, L.L. Cool J., Jon Bernthal, 113’.